Los viajes de Zheng He y la necesidad histórica de la competencia comercial en las naciones

Por estos días, cuando las restricciones invaden cada aspecto de nuestras vidas, pero, sobre todo, cuando el noble ejercicio del comercio se ve amenazado por el abuso estatal, vale la pena reivindicar que la riqueza de los países es el intercambio de bienes, la innovación y la solución de problemas sanitarios y tecnológicos.

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Los Ming fueron una poderosa dinastía que gobernó la China entre los años 1368 y 1644. Bajo su gobierno, el mundo presenció una de las mayores épocas de lo que en ese momento era la más grande civilización de la humanidad, orientada bajo una estricta disciplina social, un enorme ejército y la construcción de grandes obras de ingeniería y arquitectura como la Ciudad Prohibida.

El fundador de dicha dinastía había capturado a la edad de once años a un musulmán que fue asignado al cuidado de su cuarto hijo Zhu Di, el sirviente fue castrado y cuidó de quien sería el emperador Yongle quien a su vez, lo nombraría jefe de la gigantesca armada que había heredado de su padre, a partir de ahí, resultaría inscrito en la historia lo que se conoció como los viajes del tesoro de la dinastía Ming y Zheng He.

Y sorprenden los viajes que realizó el marinero más famoso de China, no solo por su esplendor y por las conexiones comerciales que el imperio estableció, sino por la decisión de los sucesores de Yongle de no profundizar las expediciones que la flota más poderosa del mundo – en su época – realizó, Henry Kissinger lo llama “la singularidad de China”, y plantea la poca visión que los emperadores tuvieron de salir a explorar el mundo:

“China comerció con extranjeros y en alguna ocasión hizo suyas las ideas e invenciones del exterior. Pero en general, los chinos siempre han creído que los bienes y los logros intelectuales más valiosos se encontraban en China. Tanto valor tenía el comercio con China, que las élites de este país no exageraban cuando lo describían más que como un intercambio económico corriente, como un tributo a la superioridad China”[1].

En contraste, el mundo vio la astucia de un puñado de navegantes de un pequeño reino de la península ibérica. Comandados por Vasco da Gama, los portugueses conquistaron el océano índico descendiendo por la costa occidental de África para no atravesar la ruta más conocida en ese momento por el Mar Rojo, o por vía terrestre atravesando Arabia y Anatolia [2] y establecer un puerto comercial a orillas del mismísimo rio de Las Perlas cerca de la ciudad de Macao. Con el tiempo, el puerto conquistado pasó a llamarse Cidade Do Nome de Deus Na China[3]  (ciudad del nombre de Dios en China) cuando la corona portuguesa le dio el estatus de ciudad.

Este enclave comercial, sería el primero de muchos que los europeos establecerían en el Reino del Medio, como se le conocía a la China imperial.  Esto daba inicio a la era de la competencia entre los reinos europeos, porque ya en ese momento el reino de España se había lanzado a la conquista del nuevo mundo, y, posteriormente los Holandeses y finalmente los británicos importarían el modelo del libre comercio (algunas veces por medio de las armas).

Las expediciones de Zheng He son un mito que sirve para explicar cómo es que una de las más grandes civilizaciones que el mundo conoció, y abandonó la senda del crecientito y el dominio mundial, para dar espacio a una isla del norte de Europa que dominaría gran parte del mundo e impondría su modelo económico. Más allá de la discusión sobre el lado oscuro del colonialismo Europeo, lo cierto es que este continente no era más que un grupo de pequeños reinos enfrentados entre sí, con baja expectativa de vida, en especial a temprana edad, y con niveles de sanidad casi inexistentes.

Fue la competencia entre ellos, según lo plantea Niall Fergusson en Civilización, occidente y el resto lo que lanzó a los europeos a la conquista de los mares y del mundo allende, y con ello, la humanidad mejoró ostensiblemente su calidad de vida, lo que por supuesto generó desigualdades que no vale la pena negar.

Por estos días, cuando las restricciones invaden cada aspecto de nuestras vidas, pero, sobre todo, cuando el noble ejercicio del comercio se ve amenazado por el abuso estatal, vale la pena reivindicar que la riqueza de los países es el intercambio de bienes, la innovación y la solución de problemas sanitarios y tecnológicos. Y en especial, que el estímulo para las innovaciones se basa en poder desarrollarlas en medio de reglas equitativas de competencia. Es por esto por lo que hay que hacer control de los lobbistas de los gremios, que, sin lugar a dudas, están utilizando su poder político para salir mejor librados de esta crisis en comparación a los demás grupos de ciudadanos que carecen de esta representación política.

Los grupos empresariales organizados siempre buscan el beneficio propio, no hay que idealizar al empresario que actúa según sus intereses, porque poner el Estado al servicio de estos puede traer atraso y aislamiento comercial, pues así quedó demostrado durante la época del almirante Zheng He. Angus Deaton conecta este suceso histórico con el proceso de globalización que la humanidad ha vivido en las últimas décadas:

la globalización de hoy ha lastimado a muchos de estos grupos: importar bienes más baratos del extranjero es como una nueva forma de producirlos, en perjuicio de quienes se ganaban la vida produciendo esos bienes localmente. Algunos de los que perderían con esta importación o temen que podrían ser afectados, son poderosos políticamente y pueden declarar ilegales las nuevas ideas o ralentizarlas. Los emperadores de China, preocupados porque los mercaderes amenazaban su poder, prohibieron los viajes oceánicos en 1430, de suerte que las exploraciones del almirante Zheng He fueron un fin, no un comienzo”[4].

En consecuencia, las medidas económicas que pueda tomar el gobierno nacional a raíz de la actual crisis provocada por la pandemia, pueden ir enfocadas en el beneficio de los gremios que constituyen sus bases electorales, en un juego que siempre va ser de suma cero contra el ciudadano que es el consumidor final y el pequeño comerciante.

 

Notas:

[1] Henry Kissinger, China (Barcelona, Random House Mondadori, S.A. 2012) 32.

[2] Niall Fergusson, Civilización, Occidente y el resto (Barcelona, Random House Mondadori, S.A. 2012) 77.

[3] Fergusson, Civilización, Occidente y el resto, 80.

[4] Angus Deaton, El Gran Escape, salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad (Colombia, Fondo de Cultura Económica, 2015), 27.

 

Bibliografía:

Deaton Angus, El Gran Escape, salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad. Colombia, Fondo de Cultura Económica, 2015.

Ferguson Niall, Civilización, Occidente y el resto. Barcelona, Random House Mondadori, S.A. 2012.

Kissinger Henry, China. Barcelona, Random House Mondadori, S.A. 2012.

 

Autor entrada: Juan Herrera

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Juan Herrera, quien vive en Tuluá, es abogado de la Universidad Central del Valle del Cauca (Uceva).