Los siglos de las luces en la Edad Media

Fue durante la Edad Media donde se crearon las instituciones que a la postre permitirían el surgimiento del capitalismo.

Edad Media. Imagen tomada de https://bit.ly/30FjIX0

Sometida a la “cultura de la cancelación” cuando no al oprobio, La Edad Media es como un viejo chiffonier: nadie sabe desde cuando hace presencia en la casa ni el contenido en sus gavetas, aún así tiene marcada la historia de Occidente como el viejo chiffonier tiene registrada la historia familiar. Tal vez quien padezca el mismo afán que posee toda nuera creativa, con un irresistible impulso por deshacerse del viejo mobiliario de la casa, no encuentre razón a este artículo.

Como “Edad Media” los historiadores denominaron al período de tiempo comprendido, más o menos, entre la caída del Imperio Romano Occidental hasta la caída de Constantinopla a manos de los turcos en el Siglo XV. Este período, como su nombre lo sugiere, fue un período de transición, cuyo inicio se dio tras el final de la larga agonía que padecía internamente el Imperio Romano sumada a la presión que ejercían los bárbaros del norte, –éstos a su vez, huían de los bárbaros del oriente–, la gravedad hizo lo propio y Roma finalmente cayó a finales del Siglo V después de Cristo.

La irrupción de los bárbaros en Roma hubiera significado la extinción de una de las mayores civilizaciones sobre la tierra, como lo señala Edward Gibbon “en lugar de preguntar por qué el Imperio romano fue destruido, deberíamos más bien sorprendernos de que haya subsistido tanto tiempo”, pero no ocurrió y la herencia latina fue progresivamente asimilada por los bárbaros al punto de ser conservada como patrimonio propio gracias a su conversión cultural y religiosa. Aunque la facilidad con la que contó Roma al lograr mantener a raya los conflictos religiosos dentro del extenso imperio se dio gracias al carácter sincrético del olimpo latino (Raisbeck, 2019) no ocurrió lo mismo cuando el imperio tomó el cristianismo como religión oficial. A la Iglesia primitiva no le interesaba la “tolerancia” religiosa. El elemento radical del cristianismo a la larga garantizó su supervivencia.

La búsqueda de la salvación sumada a las facilidades que a largo plazo obtuvieron los bárbaros al ceder parcialmente con la conversión se tradujo en la consolidación del cristianismo durante el comienzo de la Edad Media. La Iglesia no podía construir en solitario la civilización Occidental, pero sí tenía sus planos. Desprovistos de la ciudadanía del extinto Imperio Romano, la Iglesia estableció la primera piedra de la nueva unidad europea al convertir las distintas tribus bárbaras al cristianismo, conversión que le garantizó a los bárbaros la necesaria aprobación ante el pueblo romano. La Iglesia también custodió el derecho romano que a la postre sería uno de los pilares de Occidente.

Otra de las contribuciones originarias de la Edad Media fue la separación entre el poder político y el poder religioso. Desde los tiempos de Augusto, el emperador romano ostentaba el título de pontifex maximus, título que le concedía una naturaleza divina, poseyendo una doble condición, siendo suprema autoridad político-militar y máxima autoridad religiosa. Tras el principado de Augusto, el emperador adquirió mayor relevancia religiosa llegando al punto de ser divinizado. En la Edad Media ocurrió un rompimiento con la teocrática condición de la autoridad política romana. El fortalecimiento de la autoridad Papal a partir del Siglo XI marcó una ruptura entre el principado (como autoridad política) y el orden eclesiástico (como autoridad religiosa). La escisión entre poder temporal y poder espiritual evitó que Europa se convirtiera en una teocracia mientras que la figura del Papa garantizó el equilibro entre los príncipes cristianos, fungiendo como árbitro en los conflictos políticos. Equilibrio amenazado por los intentos gibelinos en el Siglo XII de someter a la Iglesia al poder imperial. Fue en ese ambiente medieval de unidad cristiana, bajo un mismo báculo  y confederación política, bajo diversos cetros que Europa se convirtió en un terreno fértil para la competencia política (Ferguson, 2012). Destino contrario tendría su hermano oriental, el Imperio Bizantino, el cual conservó una estructura de diversidad cristiana, en cabeza de muchos patriarcas y unidad política, bajo el manto de un único emperador. Al final, el Oriente cristiano sucumbió a manos de los mahometanos.

Así como en la Edad Media se evitó el estancamiento en un indeseable monopolio político-religioso, a nivel teológico, se logró garantizar cierta libertad al superar el peligroso maniqueismo doctrinal tras incorporar el concepto de “purgatorio” en el ethos europeo, como lo señala el historiador Jacques Le Goff. La asimilación en la Edad Media del purgatorio evitó caer en el fundamentalismo maniqueo, ésto se tradujo a el disfrute de un mayor grado de libertad, pues terminó por resolverse la dificultad inherente del cristiano que no logró expiar sus pecados en vida.

En el ámbito geopolítico, la delimitación de las fronteras estuvo marcada por los accidentes lingüistícos. Fue en la Edad Media donde se establecieron las lenguas vernáculas. Estas lenguas constituyeron las distintas ramas de la familia romance. Contrariamente, el imperio chino, –tal vez la sociedad más sofisticada de aquella época–, había logrado igualar los distintos reinos feudales, unificar la moneda y establecer una única lengua. Como lo señala Niall Fergusson, producto de esta homogenización el imperio chino se volvió rígido ante los cambios y vulnerable ante sus enemigos. La barrera idiomática transformó a Europa en un pedregal de lenguas vernáculas mientras que el latín cumplía la función de ser la lengua globalizadora.

También en la Edad Media se perfeccionó el concepto de propiedad. Contrario a lo que se suele creer sobre la posesión de las tierras, existió a lo ancho de Europa instrumentos que garantizaron el disfrute de la propiedad por parte de los campesinos. En cuanto a la nobleza, el vínculo entre el noble y la tierra estaría vigente siempre y cuando el noble cumpliera con sus obligaciones de servicio. El vasallaje no se trató de una institución parasitaria y unidireccional, los rangos y títulos existían en la medida que se cumpliera con los deberes que la tierra y su gente demandara. En lo que respecta al catastro, hubo casos de titularidad campesina sobre las tierras. También florecieron durante la Edad Media las ciudades libres, como es el caso de las ciudades de la Liga Hanseática, una red comercial que se desarrolló en las costas del mar Báltico al estilo de las antiguas polis griegas sobre el mar Egeo durante el período clásico.

Fue durante la Edad Media donde se crearon las instituciones que a la postre permitirían el surgimiento del capitalismo. La banca, el papel moneda y los depósitos sirvieron de soporte para el desarrollo comercial, si bien es cierto que, en cuanto a la actividad prestamista existía un rechazo que condenaba a quien ejerciera tal actividad, dicho rechazo no fue un producto medieval, pues la fobia fue heredada del concepto aristotélico de usura. Para Aristóteles:“se aborrecerá la usura, porque en ella la ganancia se obtiene del mismo dinero y no de aquello para lo que éste se inventó, pues el dinero se hizo para el cambio, y en la usura el interés por sí solo produce más dinero. Por eso se llama en griego “tokos”, pues lo engendrado  es de la misma naturaleza que sus generadores, y el interés viene a ser dinero de dinero, de suerte que de todas las clases de tráfico éste es el más antinatural” (La Política). Esta tesis se mantuvo formalmente durante la Edad Media con ciertos cambios, donde los teólogos afirmaban que solo de Dios provenían los frutos del tiempo, por tanto cobrar intereses (el precio del dinero en el tiempo) implicaba el robo a Dios. No obstante, dicha tesis radical fue modulada por Santo Tomás de Aquino quien proporcionó una salida conceptual al cobro de intereses al argumentar que el interés era el precio que se recibe de la lesión que tiene que soportar el prestamista al desprenderse de su dinero al transferirlo a un tercero. En realidad, los prestamistas siempre fueron aceptados soterradamente por las autoridades religiosas y las autoridades políticas pues terminaban por financiar todo tipo de empresas religiosas y políticas.

En la Edad Media floreció la diversidad política. Existieron reinos, ducados, condados, confederaciones, ciudades libres, ligas y pequeñas células de comunidades políticas. De hecho Suiza,  tal vez el país con la democracia más perfecta, debe gran parte de su éxito a la Edad Media, cuando en 1292 los cantones de Uri, Schwyz y Unterwald se unieron mediante un acuerdo de alianza perpetua para constituir la Confederación Helvética. También existía múltiples jurisdicciones que en la práctica garantizaban la posibilidad de recurrir una decisión o al menos que dicha decisión no estuviese en manos de un único juez. Desde el Siglo XII la Iglesia instauró un sistema judicial procedimental, donde existiera sumario cuya iniciativa investigativa estaba en cabeza del juez. También se dio mayor relevancia a la confesión, tal vez del impulso cristiano sobre el arrepentimiento, la justicia medieval fue en gran medida inquisitiva.

La Edad Media como aquel viejo chiffonier aún tiene mucho por aportar a nuestras vidas. Tal vez requiera de nuestra paciencia y del apaciguamiento de aquel afán de nuera recién llegada producto de su incapacidad por abrir las gavetas  del viejo mobiliario

Autor entrada: Juan Antonio Pretelt

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Juan Antonio Pretelt es estudiante de Jurisprudencia en la Universidad del Rosario. Liberal Clásico.