El Estado o la voluntad

“¿Qué sucedió con los gobiernos?”, se preguntaba un personaje de un cuento de Jorge Luis Borges y el otro personaje le contestaba “fueron cayendo gradualmente en desuso”.

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Todo gira en torno al Estado, al gobierno, a las decisiones de un grupo muy reducido de personas que, con el título de “políticos”, hacen y deshacen nuestras vidas de acuerdo con sus particulares intereses. Da igual las afiliaciones políticas o ideológicas, los métodos (democráticos o de otro tipo), las características (autoritarias o un poco más condescendientes) y las intenciones (buenas o de las otras), siempre son lo mismo: quienes sufren las consecuencias son los individuos que se quedan fuera de esa selección de iluminados líderes y representantes.

Debajo de esa estructura, grande y pesada, queda sepultada y oculta la realidad: la potencia de la voluntad individual y las maravillas del intercambio voluntario. Intercambios de todo tipo, que no son otra cosa que la sangre misma de aquello que llamamos sociedad. El problema se gesta cuando muchos confunden sociedad con Estado, recitando el famoso verso: “El Estado somos todos”, cuando, en los pasillos gubernamentales, el canto del monarca absolutista nunca es… “El Estado soy yo” [1].

Estos “políticos” no representan, no defienden, no arbitran. Simplemente cuidan sus intereses, protegen sus castas violan derechos individuales, juzgan y castigan acorde a oscuras conveniencias.  Sin importar como argumenten, “el Estado son ellos”. Nosotros, los que no entramos al Palacio, no somos más que su fuente de riquezas; tal como las personas que, conectadas y dormidas, alimentan a la “Matrix” [2] .

El relato aristocrático dice una cosa, y todos creen y obedecen, sin darse cuenta que sus mentes y su creatividad, que sus manos y su voluntad, están forjando la realidad. No hay “Matrix” posible sin cuerpos generando energía. Es cuestión de despertar y cortar el cable que une nuestra voluntad, nuestra fuente de energía, a la maquinaria de opresión.

En la mente del individuo habitan los sueños, los proyectos, las ideas e intuiciones de cómo llevarlos a cabo. En la razón de cada uno están los problemas y las soluciones, los costos del hacer y los beneficios que el hacer puede traer. Y en las manos, la fuerza y la habilidad para lograr lo soñado y lo planeado. En ello nada tiene que ver, saber, decidir, hacer, intervenir o regular el monarca. Nada le importa y nada debería importarle.

Su palacio se cae a pedazos si el fruto de nuestras manos se queda en nuestras manos o en las de aquellos a quienes elegimos para intercambiar nuestras riquezas. Todo cuanto hay en este mundo, salvo lo que fue creado por la naturaleza, es obra de las mentes y manos de millones y millones de individuos, por la fuerza de sus propios intereses y voluntades. Absolutamente todo, incluso aquello que se adjudican los moradores del palacio.

No hay ley de papel capaz de crear nada. No hay decreto ni ordenanza que pueda soñar y proyectar. Son solo los hombres, empujados por esa milagrosa fuerza del espíritu emprendedor, los que dominaron el fuego y se lanzaron a conquistar las galaxias.

El momento que le toca vivir a la humanidad ha desnudado todas las miserias del estatismo. Algunos lo confirmamos, muchos lo descubrieron o lo están descubriendo con la realidad golpeándoles la cara. Pero todavía son demasiados los que aún no se despiertan, que siguen conectados a la “Matrix” y defienden la absurda idea de que esa es la única realidad posible. Todavía no se dieron cuenta que son ellos la fuente de energía, no se dieron cuenta que todo aquello que les dieron o less prometen dar, primero se lo quitaron, con violencia, con amenazas.

Me preguntan siempre, qué leer, qué estudiar, a quién seguir para poder abrir los ojos y ver la realidad y así poder despertar de este largo sueño. Yo les contesto: “nada en particular“. Que simplemente se miren al espejo y que ese individuo que ven en el reflejo sea su líder… aquel que mejor sabe cómo sacar adelante sus vidas. Les digo que escarben en sus mentes, porque es allí donde están los libros, las universidades… en sus verdades. Y que duden siempre del poder, pues la melodía que viene de los pasillos lujosos del palacio, son sólo canto de sirenas.

No hay que eliminar el Estado o derrocar gobiernos violenta o pacíficamente, simplemente hay que dejar de validarlo, de justificarlo… de “usarlo”. “¿Qué sucedió con los gobiernos?”, se preguntaba un personaje de un cuento de Jorge Luis Borges, y el otro personaje le contestaba “fueron cayendo gradualmente en desuso”[3].

Referencias

[1] “El Estado soy yo” (en francés “L’État, c’est moi”) es una frase atribuida a Luis XIV Rey de Francia. (1655 aprox.)

[2] “Matrix” es una trilogía de películas de ciencia ficción escritas y dirigidas por las hermanas Wachowski, entre 1999 y 2003. Ficha IMDB: www.imdb.com/title/tt0133093

[3] Jorge Luis Borges, “El libro de arena” en Obras completas III (Barcelona: Emecé, 1996), p. 55. Fragmento: “–¿Qué sucedió con los gobiernos? –Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen.”

[4) “Una revolución interior…” fragmento de la entrevista al Prof. Jesús Huerta de Soto, en el podcast “Bailando con lobos”, (https://youtu.be/qX2BoEHDGCs)

(5) Inspirado en el fragmento del discurso de John Galt, en “La rebelión de Atlas”: “…El mundo que deseas puede ser ganado, existe, es real y posible; es tuyo.”

Autor entrada: Gastón Gardela

Gastón Gardela
Gastón Gardella es analista de sistemas, diseñador gráfico y escritor. Nació en CABA en 1973 y vive en Tucumán desde 1987. Se considera liberal libertario anarcocapitalista. Su blog personal es El Blog del Tucu.