La Gran Guerra y la ruptura del orden

¡Estudiantes! Las musas guardan silencio. La solución es la batalla, la batalla a que nos obliga la cultura alemana, que se ve amenazada  por los bárbaros del este, y los valores alemanes que nos envidia el enemigo del oeste. (Keegan, 1994).

 

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El derecho exclusivo que, en cabeza de toda dinastía, hasta el Siglo XIX, residía el llamado a la guerra se disolvió definitivamente con el matrimonio entre el progreso y la guerra. Esta es la tesis principal de Ernest Jünger en su ensayo La Movilización Total.  La industrialización y el surgimiento de la economía de escala agrietó el marco donde orbitaba aquel orden que observó y ayudó a crear el Káiser Federico II, en el Siglo XVIII.

 

El derecho para hacer la guerra tras el silencio de las musas surgió de la vocación presente del pueblo alemán, la cual llevaba cultivando durante años aquella idea romántica —casi idealista— de la batalla. Al menos, esa es la versión más reconocida sobre la causa de la Gran Guerra.  La manifestación más patente de aquella vocación militarista prusiana, es, al mismo tiempo, el factor generador del propio Estado alemán. A saber, el Alto Estado Mayor Alemán que consolidó los principios básicos de la guerra de movimientos, la batalla de aniquilamiento y la autonomía del mando en el momento de la acción operacional y táctica, principios que le permitieron cosechar al ejército teutón legendarios éxitos en el campo de batalla y al Alto Estado Mayor Alemán una merecida buena fama.

 

El proyecto de constituir una élite militar con amplia capacidad técnica, teórica y hermética de los avatares de la política encajó en una formidable organización que subsistió hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta casta guerrera prestaba un excelente servicio a la hora de organizar y gestionar todo el aparato bélico disponible, pero se limitaba a la frontera de lo posible delineada por la monarquía a la cual le servía. Si se dijo que el llamado a la guerra es una prerrogativa exclusiva del monarca, las funciones del monarca no se limitaban solamente a declararla. Jünger lo manifiesta en la fórmula de la Movilización parcial, aquella que, en el orden monárquico conocido previamente a la Gran Guerra, agotaba rápidamente la manifestación de hostilidades, pues dicho orden no buscaba una victoria aplastante sobre el enemigo, sino que se saciaba con conducir una derrota honrosa. Este concepto de rendición honrosa y movilización parcial en las guerras, se puede revisar en la victoria de la Santa Alianza en su campaña libertadora. Aunque toda Europa estaba comprometida –ya fuese como aliado o enemigo declarado de Napoleón–, el eje que enfrentó al emperador no dudó en recurrir a todos los recursos sociales, económicos y morales. Pero jamás quiso ni pudo movilizar a toda la sociedad europea en aquella empresa de contención.

 

La Santa Alianza, en vez de imponer como condición la eliminación total de Francia o el pago extraordinario de una sanción privatiba que hubiese comprometido seriamente la estabilidad macroeconómica de ese país (como efectivamente ocurrió en la Alemania de Weimar tras la firma del Tratado de Versalles) se limitó a reducir las fronteras de Francia –siempre en disputa­–  y a restaurar la monarquía borbónica en el otrora trono imperial. De esta forma, la versión más extrema de guerra previa a la Gran Guerra, ni quiso ni buscó el aniquilamiento del enemigo: fue una empresa restauradora.

 

Por su parte, Napoleón, tras sus conquistas europeas, no fungió como agente exportador de la revolución. Aunque de su brillante carrera al servicio de la revolución, primero como oficial, luego como general de la república y finalmente como cónsul y dictador, nunca se presentó como un antagonista natural de las monarquías (o lo que oliera al ancien régime). Napoleón fue sorprendentemente pragmático. No solo no dudó en recurrir a ellas, sino que se hizo partícipe de forma directa –bien sea aliándose con algunas monarquías europeas o, lo que es más diciente, convirtiendo a su propia casa, los Bonaparte, en toda una dinastía–. Así, ni la Santa Alianza ni Bonaparte quisieron romper el orden establecido, ambos, a su manera, propusieron ciertas reformas a aquel orden.

 

En cambio, la Gran Guerra sí desmanteló el orden preexistente y necesitó de la movilización total de todos los recursos disponibles. Fue el preludio de una empresa de vocación totalitaria. Es aquí donde se disuelve el derecho exclusivo para hacer la guerra. Inicialmente, la guerra dejó de ser un asunto propio de la monarquía y pasó a ser un asunto de aquella élite capacitada, que, habiendo demostrado su efectividad en el campo de batalla, también invadió la arena política. Al lograr deshauciar a los antiguos reyes de su derecho sobre la guerra, esta élite sucumbió ante las masas que, de forma ingenúa e inconsciente, se dejaban conducir a las fauces de los regímenes totalitarios. El aparato de guerra demandó y consumió todos los recursos disponibles. Burgueses, obreros y estudiantes se enlistaron en sus respectivos ejércitos nacionales y corrieron a su muerte en las insalubres trincheras. En el ámbito económico, se suspendió el patrón oro para que los países pudiesen financiar el aparato de guerra sin el corset que le suponía mantener el depósito del metal.

 

En Alemania, la dupla Hinderbug-Ludendorff eclipsaba el poder del Káiser Guillermo II. Ludendorff, quien abogaba por la unificación del mando militar y político bajo una sola autoridad, lo había logrado. Lo cierto es que –y a pesar de que la propaganda extranjera de la época responsabilizara al kaiser Guillermo II por la carnicería de la guerra– en Alemania se había instalado una especie de estratocracia cuyo sustento espiritual residía en el Alto Estado Mayor Alemán, que transformó la economía en una gran factoría armamentista conocida como El Programa Hindenburg y había logrado despojar al último de los Hohenzollern de autoridad real.

 

 

Pero no solo en Alemania existía una propensión natural hacia la guerra en aquellas fechas. Francia aún resentía las heridas tras su estrepitoso fracaso en la guerra franco-prusiana de 1870. Y desde el gobierno se instaba a las masas a entrar en el conflicto. En Francia, por ejemplo, reconocidos pacifistas expresaban que “[Era] necesario matar a la guerra en las entrañas de Alemania” (H. Barbusse). También fueron usuales las manifestaciones de nacionalismo que ensalsaban los valores revolucionarios dentro de todos los partidos políticos. Rápidamente, la socialdemocracia alemana y francesa se pusieron al servicio de la guerra e incitaron el alistamiento masivo.  Fue entonces cuando los comunistas –con su apostolado– quienes se opusieron en primer término a la muerte del proletariado por el proletariado en causas burguesas. Aquella consigna pacifista de los comunistas no disimulaba su espíritu revolucionario, el cual señalaba de forma acusatoria el vetusto régimen zarista como el causante de aquel inédito apocalipsis. Lo cierto es que poco tuvo que ver el régimen zarista, y por extensión, sus pares, las monarquías occidentales europeas con el despliegue de aquella fuerza avasalladora desconocida hasta el momento. La guerra industrializada, la que escupía fuego de artillería aborbotones había secuestrado a las monarquías europeas. De tal forma, la guerra fue consecuencia de la fatiga de las antiguas monarquías europeas –las cuales fueron incapaces de contenerla– y no un subproducto no deseado de las mismas. El poder real residía en un régimen militarista impulsado por pensadores, nacionalistas, políticos, artistas, estudiantes y, en fin, todo lo que constituyese la opinión pública.  De tal forma, fueron las masas quienes animaban y exigían el inicio de las hostilidades.

 

De este escabroso espectáculo bélico ningún país ni ninguna generación quedó bien librada. La historigrafía más conocida señala como responsables de aquel cataclismo a la  generación de mayores que gobernaba al momento. Pero ni inocentes ni engañados fueron aquellos jóvenes que inicialmente se enlistaron como voluntarios en los ejércitos. Aquella generación que iniciaba a probar las dulces mieles de la producción capitalista -que había elevado los estándares de vida- tuvo que probar también el acero y el plomo de una guerra nunca antes vista. Los jóvenes, embriagados en audacia cuando no de irresponsabilidad, pasaron de ser infantes a engrosar la infantería en el frente. Aunque no existía conscripción obligatoria para los estudiantes prusianos, gran parte del alumnado germano se enlistó, y en escasas tres semanas, perecieron más de treinta y seis  mil jóvenes en el frente. Sus cuerpos convirtieron a Ypres en una enorme fosa común, y a Langemarck, en un solo cementerio. El bando aliado también participó activamente de aquella sangría, pero fue el antiguo Imperio zarista quien aportó más víctimas. En el caso de Rusia, a los supervivientes de la Gran Guerra les esperaba en casa una guerra civil. Para aquellos que no perecieron en las trincheras, atestiguaron el advenimiento de los campos de concentración como la fase final de la movilización total.

Autor entrada: Juan Antonio Pretelt

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Juan Antonio Pretelt es estudiante de Jurisprudencia en la Universidad del Rosario. Liberal Clásico.