Una defensa liberal del derecho a abortar

 

Una bellota no es un roble, y aunque la bellota tenga en su naturaleza o identidad, la posibilidad de transformarse en roble, aún no lo es. Sostener que son idénticos y que no hay un cambio sustancial entre la bellota y el roble, es absurdo.

 

(Imagen tomada de VIX https://bit.ly/2IbVF7M)

 

El aborto es una de las cuestiones intelectuales más controvertidas hoy. La razón de ello es que en el aborto no se dirime exclusivamente un debate político-legal, también subyacen cuestiones de tipo metafísico, epistemológico y moral que determinan la postura que uno mantenga en relación con el mismo.

 

En esta disertación defenderé una posición en favor del derecho absoluto de la mujer a disponer de su propio cuerpo y del producto de la concepción, a decidir libremente sobre el aborto sin interferencia de terceros.

 

El no nato no tiene derechos frente a la madre, los derechos le corresponden a los nacidos. Por tanto, el aborto ha de ser despenalizado en los ordenamientos jurídicos actuales.

 

Antes de demostrar cuáles son los fundamentos que sustentan el derecho absoluto de la mujer a disponer del producto de la concepción, he de examinar los argumentos usualmente dados por los antiabortistas para defender el supuesto derecho a la vida del feto.

 

El argumento antiabortista es como sigue. De acuerdo con la ciencia, (i) el no nacido es un ser humano, (ii) todos los seres humanos tienen derecho a la vida. Luego, por (i) y (ii), (iii) el no nacido tiene derecho a la vida.


Los antiabortistas, como primer argumento, sostienen que el no nato es un ser humano, un individuo desde el primer día de la fecundación. Ellos (los antiabortistas) argumentan que el embrión tiene 46 cromosomas y un material genético propio diferente de la madre, y eso lo hace un individuo; y que las modificaciones que ese individuo pueda experimentar, tales como formarse durante la gestación, nacer, crecer, llegar a ser adulto, son solo etapas de la vida de un mismo individuo cuya sustancia metafísica y su estatus moral como persona permanecen idénticos.


Bien, uno puede sostener que también un órgano dentro de la madre, como el estómago, los pulmones, los riñones y cualquier tejido u  otro órgano del cuerpo, tiene 46 cromosomas, y no por ello se le conceden de derechos. El criterio implícito para que no le reconozcan derechos es el hecho que el embrión puede nacer y los órganos no, pero ese argumento supone reconocer ya que el nacimiento es crucial. No obstante, ellos sostienen que el momento del nacimiento no es relevante para determinar la naturaleza de persona del ser humano. Así, implícitamente cuentan con el criterio del nacimiento al mismo tiempo que lo descartan. Luego, es una inconsistencia.

 

Se puede responder que los órganos de la madre y los demás tejidos no tienen un material genético diferente, lo cual nos lleva al segundo argumento. El material genético del embrión, su ADN, es una combinación del ADN del padre y de la madre. Si el criterio para negarle a la madre el derecho a disponer del producto de su concepción, es la diferencia en el cúmulo genético, entonces la madre y el padre conjuntamente pueden disponer del embrión, ya que los 46 cromosomas son un producto de la combinación de cromosomas aportados conjuntamente por ambos.


Asimismo, sostener que la vida comienza con la concepción, supone introducir un argumento metafísico-filosófico contrabandeado como biológico, puesto que desde el plano científico-biológico, el espermatozoide y el óvulo igualmente cuentan con t material genético humano, esto es, no están muertos. Así pues, decir que la vida comienza con la concepción, implica sostener la postura anticientífica de que materia inerte, no viva, cobra vida con la concepción, lo cual es ciertamente absurdo. Los gametos masculino y femenino están vivos biológicamente desde antes la concepción.

Los antiabortistas, por ende, tendrían que sostener que cometemos asesinato cada vez que no nos reproducimos.

 

Lo que nos lleva a la siguiente objeción. Los gametos masculino y femenino antes de la concepción no tienen capacidad de autodesarrollarse. Eso pasa por alto el hecho que, desde el punto de vista biológico, un gameto masculino y femenino tienen el potencial de desarrollarse si finalmente se unen —depende de si el padre y la madre deciden o no proveerles del medio—. Igual ocurre con el embrión, se desarrollará si la madre lo permite. El embrión, no obstante, no tiene la capacidad de autodesarrollarse.

 

Por otro lado, hacer de la posesión de una determinada estructura genética el estándar para identificar los derechos del hombre, implica obviar que desde el punto de vista genético tenemos un 99% de similitudes con otras especies como orangutanes, chimpancés y ratones, y no por ello los asimilamos al ser humano. ¿Qué hace que 1 % de diferencia otorgue o no derechos? No hay respuesta del lado de los antiabortistas.

Los anti-abortistas igualmente consideran que no existe una diferencia entre el no nato y el bebé nacido, que ambos son igualmente dependientes. Esta tesis evade la diferencia sustancial entre independencia y autosuficiencia.

El no nacido no sólo no es autosuficiente, sino que tampoco es independiente de la madre. Los defensores de la prohibición de abortar sostienen que el cuerpo del feto es diferente del de la madre y la diferencia entre el bebé nacido y el feto, es únicamente de entorno.

 

Pero lo cierto es que el feto forma parte de la madre. Este es una parte orgánica integrada indisolublemente a la madre, hasta el punto que la existencia de esta es un requisito imprescindible para el mantenimiento de la vida del feto —no ocurre así con el bebé nacido—.

El feto está unido indisolublemente a la madre hasta el momento de su nacimiento y sigue la suerte que corra esta: si la madre muere, el feto muere. En cambio, un bebé únicamente necesita cuidados exteriores, alimento, vestido, refugio, pero no está vinculado al cuerpo o a la vida de la madre: si esta muere, el bebé nacido puede recibir cuidados de otro. La diferencia entre un bebé o un niño de corta edad y un adulto es de autosuficiencia, el bebé nacido no es autosuficiente, el adulto sí, pero ambos son individuos estructuralmente independientes.

 

Una vez demolidos los argumentos pseudocientíficos que sustentan la posición antiabortista, hemos de analizar los fundamentos filosóficos que demuestran que solo el ser nacido y, en este caso, la madre y, en segunda instancia, el padre, gozan de derechos.

 

Metafísicamente la postura antiabortista evade la diferencia entre acto y potencia. Aristóteles sostuvo que todo movimiento es una actualización de las potencialidades de un ente, no siendo idéntico el momento en el que un movimiento se da en acto, y el momento en el que se da en potencia.



Una bellota no es un roble, y aunque la bellota tenga en su naturaleza o identidad, la posibilidad de transformarse en roble, aún no lo es. Sostener que son idénticos y que no hay un cambio sustancial entre la bellota y el roble, es absurdo.

 

Los antiabortistas, al negar que el nacimiento supone la actualización de lo que está en potencia, están aceptando la doctrina de la Escuela de Megara que recogió Platón y el cristianismo. Según esta, no hay diferencia entre lo potencial y lo actual. Ellos ven el criterio del nacimiento como irrelevante e igualan un potencial, el embrión, con una realidad actual, el hombre nacido y la mujer.


Asimismo, algunos conservadores sostienen que la mujer embarazada es depositaria de un bien jurídico superior. Esta tesis hunde sus raíces en una doctrina metafísica originada en el misticismo de oriente, transmitida a los órficos griegos, a Pitágoras de Samos y al platonismo.

 

Una doctrina que sostiene que la reproducción de la especie es superior a la autorrealización del individuo, supone colocar la forma, el proceso, por encima del objeto procesado. Proceso sin objeto, reproducción sin el objeto reproducido.

 

Colocar la primacía en el proceso reproductivo de la especie por encima de los individuos reproducidos, supone negar el principio metafísico de que existencia es identidad, Ser es ser algo específico. Reproducción presupone el individuo reproducido y el individuo que reproduce. Presupone que uno respete al individuo. Sostener el proceso reproductivo como primario, implica, por tanto, sostener una abstracción, la especie, sin los concretos que le dan identidad. Es negar lo cualitativo en beneficio de lo cuantitativo, el objeto o el individuo medido en beneficio de un proceso de medición. La medición como fin en sí mismo. La forma sin materia tal y como exige el platonismo, tal es la raíz metafísica de la doctrina de que la reproducción de la especie es el fin supremo del individuo.

 

Una palabra ha de decirse sobre la naturaleza metafísica del ser concebido. Concepción viene del latín conceptum, es decir, concepto. Un concepto es una idea, un proyecto que aún no se ha completado o materializado. Sostener el igual estatus metafísico del no nacido y de la madre, es sostener la primacía de un concepto, de una idea por encima de una realidad, lo cual supone sostener el principio metafísico de la primacía de la consciencia, de las ideas, sobre la existencia. Un principio que niega el absolutismo de la realidad: un proyecto no puede ser equiparado a una realidad, como hacen los antiabortistas.

 

Epistemológicamente los antiabortistas son racionalistas epistemológicos y desintegradores cognitivos.


Son racionalistas epistemológicos pues seleccionan arbitrariamente determinados hechos científicos-biológicos dándole una importancia cardinal, al mismo tiempo que silencian o desdeñan otros hechos científico-biológicos, con el fin de probar de antemano la tesis que habían aceptado a priori, con independencia de la experiencia.

En lugar de su tesis fluya de los hechos a las generalizaciones a través de inducción, sostienen una tesis a priori y ajustan los hechos a la conclusión previamente aceptada.

 

E. g., cuando declaran que la posesión de un material genético diferente al de la madre, prueba la individualidad del embrión y su estatus de ser humano distinto y separado de la madre, se enfocan selectivamente en ese hecho, ignorando el hecho fundamental de que el ser nacido puede sobrevivir con independencia de la madre y el no nacido no.

 

También cometen la falacia de caída de contexto o ignoratio elenchi, al introducir de contrabando como biología lo que son tesis metafísicas. Por una parte, sostienen que la vida comienza con la concepción, cuando de hecho, biológicamente, la vida es un continuo  —los gametos están vivos—. Por otra parte, niegan la diferencia entre acto y potencia, que lo discuten como un argumento biológico.

Esto nos lleva al otro vicio epistemológico en el que incurren los antiabortistas, la desintegración cognitiva. Ellos toman la biología como punto de partida para sostener sus tesis, ocultando que sus asunciones son también de tipo metafísico. Por tanto, desintegran el conocimiento en compartimentos estancos, en vez de reconocer que el análisis de cualquier tema dado, presupone una unidad cognitiva entre la filosofía y las ciencias especializadas.

Desintegración que también está presente cuando sostienen estándares metafísicos distintos en un caso y en otro. Niegan que el nacimiento suponga un paso definitivo de una realidad potencial a una realidad actual, al mismo tiempo que cuentan implícitamente con esa diferencia (de acto y potencia) cuando le reconocen al embrión y al feto derechos porque va a nacer, y no, en cambio, a un tejido u órgano de la madre o a un conjunto de células tumorales debido a que no puede nacer.

El criterio del nacimiento, entonces, lo aceptan implícitamente para diferenciar al embrión de otras estructuras que hay dentro del cuerpo de la madre. Pero, luego, dejan caer ese criterio al no diferenciar sustancialmente entre el embrión y el ser nacido, aplicando un estándar en un caso y luego no en otro caso. Incurren en contradicción.

 

Antiabortistas, como Gabriel Zanotti, diferencian el tumor y el embrión en el hecho de que son un conjunto diferente de células, en el caso del tumor canceroso se trata de una división celular desordenada a partir de una o varias células diploides —esto es, con el total de cromosomas de la especie—. Mientras, en el caso del embrión se trata de una división celular ordenada fruto de la unión de dos células haploides —esto es, que contienen la mitad de cromosomas de la especie—. Él cita ese hecho como si fuese algo esencial, pero sin explicar por qué.

 

Este es en un acto de desintegración epistemológica. Es la asunción del criterio de la posesión de 46 cromosomas que toman aisladamente sin explicar por qué eso es esencial para determinar la naturaleza de un ser como hombre.


La diferencia esencial desde el punto de vista ontológico-metafísico de naturaleza o identidad entre el embrión-feto y el bebé nacido o la mujer, es el hecho de que solo el ser nacido es un individuo separado de la madre.

El feto no puede sobrevivir con independencia de la madre. Si esta muere, el feto muere. El bebé nacido puede sobrevivir y su vida no está ligada (necesariamente) a la de la madre, solamente necesita cuidados que un adulto responsable puede proporcionar.

El feto está integrado como una pars orgánica en la madre. De acuerdo con los Primeros analíticos de Aristóteles, aquello que está indisolublemente ligado a un todo más grande, pertenece a ese Todo, y tiene primacía, ya que el Todo es antes que las partes y es mayor que cualquiera de sus partes.

Ahora bien, el problema básico de la postura antiabortista es que asumen que el tema de los derechos y del valor de la vida es algo autoevidente. Los antiabortistas argumentan que si demostramos que el no nacido es un ser humano, sigue que este tiene derecho a la vida frente a la voluntad de cualquier persona, incluida su madre.

La cuestión de los derechos, no obstante, no es autoevidente. El filósofo británico David Hume argumentó que no podemos derivar juicios de valor, a partir de meros hechos de la naturalez. Esa tesis ha recibido el nombre de dicotomía entre hecho y valor, y es un azote insuperable para cualquier doctrina moral fundada en valores intrínsecos, como es la doctrina moral sustentada por los antiabortistas sobre el valor de la vida.

 

Los antiabortistas sostienen que la vida es un valor intrínseco, autoevidente, que no requiere explicación. Los cristianos lo sostienen sobre la base de una revelación Divina.

 

Es la voluntad de Dios la que obliga a respetar toda vida humana, incluida la del feto. Los antiabortistas seculares, en cambio, sostienen que es autoevidente que la vida es un valor supremo. De ahí que no discutan el asunto del derecho a la vida y de su fuente o legitimidad.

Esta doctrina del valor intrínseco o intricisismo ético, sostiene que el valor existe en sí, por sí y para sí, con independencia de los beneficiarios, que existe en ciertas cosas o acciones. Es una doctrina que sostiene valor sin valuador y sin estándar de valuación: el valor es revelado al hombre en las cosas en sí valiosas.

 

El intricisismo ético es fruto de no entender que los valores en el hombre provienen del hecho de que este es un ser conceptual, un ser de facultad racional.

 

Es sostener que el valor es automático del mismo modo en que, para el resto de seres vivos, la cuestión del valor es automática. El mecanismo valuador en un animal es automático, en una planta igual, por no hablar de organismos más simples como las bacterias y demás organismos unicelulares, no así en el hombre.

El hombre tiene la capacidad de actuar contra sus propios intereses, de actuar como su propio destructor, y así es como ha actuado la mayor parte de la historia.

 

El hombre no tiene un conocimiento automático de lo que es bueno y malo para él, debe descubrirlo e identificarlo a través de su facultad racional, siendo la razón la herramienta básica de supervivencia del hombre y la fuente de su facultad moral.

 

El valor es objetivo. Es el producto de una relación causal entre las cosas valoradas y la identificación racional del valuador, de acuerdo con un estándar racional de valor conforme a la lógica y a la razón.

 

Los antiabortistas sostienen que la vida es un valor intrínseco al defender que no está en juego la vida de la madre, sino únicamente la vida del feto: solo el feto muere. Esta tesis, que mantiene un criterio materialista de la vida como insignificante supervivencia, ignora los requerimientos objetivos de la naturaleza humana, ignora que el hombre al ser un ser conceptual, no puede mantener la sola supervivencia física como estándar de valor. El hombre necesita aspirar a valores conceptuales-espirituales. Dado que es un ente dotado de razón, la supervivencia física no tiene valor, si lo único que puede aspirar es a una existencia animal, de supervivencia ciclo a ciclo.

La vida del hombre no puede ser vivida del modo en que los antiabortistas sostienen cuando arguyen que no está en juego el derecho a la vida de la madre, sino únicamente el del ser no nacido.

Este criterio supone que un hombre no debería arriesgar su vida para derrocar una tiranía o defender a su país de una invasión militar, arriesgar su vida por aquéllos que ama, sabedor de que la vida sin ellos carecería de sentido y resultaría insoportable, o que da lo mismo si un hombre vive en un país libre donde puede aspirar a valores escogidos por él o como un engranaje dentro de un colectivo, que da lo mismo si la persona a la que ama vive o muere, que da lo mismo si vive una vida de logro continuo en una carrera que ama o una vida estancada en una caverna con un trozo de carne cruda y reproduciéndose sin fin, para garantizar mayor cantidad de vida.

Para los antiabortistas, ¡da lo mismo que a una joven soltera embarazada que de repente es abandonada por su amante, esté condenada a una vida de miseria por un hijo tenido en forma prematura y da lo mismo si la mujer puede realizar sus sueños profesionales o ha de tener un hijo no deseado o un hijo que era deseado pero que por ahora supondría una gravísima carga económica!

 

Esta doctrina materialista del valor intrínseco meramente sostiene que la madre sigue viviendo y el no nacido no.

 

La moral que sanciona tal monstruosidad es la moral del altruismo cuyo mayor difusor a lo largo de los siglos ha sido el cristianismo. Una doctrina moral que invierte los grados de perfección, y pone a los últimos por encima de los primeros.

La doctrina del altruismo sostiene que la vida y felicidad del individuo deben ser sacrificadas en aras de un bien pretendidamente superior. El yo como estándar del mal, y la renuncia a uno mismo, como el estándar del bien.

En este caso, el receptor de los sacrificios es el no nacido, y más propiamente dicho, la especie humana como un todo. La reproducción de la especie es el fin ante el cual la vida y felicidad de la madre deben ser colocadas en el altar supremo del sacrificio.

 

Lo débil, lo imperfecto, lo pequeño, lo deforme, lo no aún, tiene primacía sobre lo fuerte, lo perfecto, lo grande, lo formado, lo pleno. Así, la madre ha de ser sacrificada por lo que aún no existe plenamente.

 

La inhumanidad de la doctrina antiabortista se manifiesta en el absoluto desprecio a la mujer, a la vida y valores de la mujer. La despersonaliza y considera un animal de cría o, peor aún, un útero de carne y hueso al que debe subordinarse el juicio de su mente.

La mujer entonces es reducida a la condición de un animal y, en algunos casos, al de un vegetal moral. Los antiabortistas frecuentemente declaran que la diferencia entre un no nacido y un bebé nacido, es solo de entorno, siendo así la mujer deviene en objeto. Se niega la naturaleza racional de la mujer y se le convierte en una no persona o en una incubadora, puesto que el feto podría vivir en un útero artificial —no hay diferencia alguna, dicen ellos—.

 

Dos dogmas inhumanos del cristianismo es su fundamento: el pecado original y la inmaculada concepción.

 

El mito del pecado original, el mito de la impotencia innata, el mito de la naturaleza depravada del hombre, sostiene que desde Adán, la humanidad es pecadora, su pecado fue comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Su pecado fue adquirir la facultad de juicio, la facultad de juzgar, su pecado fue adquirir inteligencia, su pecado fue  pretender “ser como Dios”, su pecado fue adquirir autonomía moral, su pecado es poseer un juicio racional independiente.

Se le condenó como depravado por su  propia naturaleza como ser racional, su pecado es pensar, su pecado es ser independiente, su pecado es no vivir por instintos como los animales, su pecado es no renunciar a su facultad conceptual.

Esa es la raíz de las declamaciones de los antiabortistas que sostienen que el embrión es inocente y, por implicación, que la madre y el padre son culpables, culpables de haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, culpables por su racionalidad, culpables de ejercer su juicio racional independiente. En cambio, el feto deforme, débil, imperfecto, carente de juicio, es inocente, merece suprema consideración moral, él no posee juicio alguno.

 

El otro dogma es el mito de la inmaculada concepción. Este dogma sostiene que la virgen María nació sin pecado original porque ella fue consagrada a engendrar al hijo de Dios.

 

La gloria moral de la mujer es sacrificar su vida y su felicidad, su derecho al goce sexual, su derecho al placer autoafirmativo, convertirse en un ser despersonalizado, carente de juicio, al servicio de la reproducción de la especie humana. Los cristianos lo llaman la mujer como portadora de la misión de crear vida.

 

La mujer debe ser como la virgen María, únicamente buscar como objetivo supremo de la vida, la reproducción de la especie humana para ganar la corona de las virtudes.

 

Tal es la base moral por la cual los antiabortistas niegan el valor y el derecho a la vida de los nacidos.

 

Sólo las personas tienen derechos, y el no nacido no es persona, no es un ser humano pleno, perfecto.

 

Una persona, en palabras de Boecio, es una sustancia individual de naturaleza racional. Una sustancia individual es una entidad completa, es decir, un ser nacido, y es un ser nacido y dotado de facultad racional.

 

Sólo el ser nacido tiene derechos. Siendo los derechos, principios morales que sancionan la libertad de acción de un hombre en un contexto social.

Los derechos protegen la libertad de un hombre y, en este caso, de una mujer, a ejercer el juicio de su mente sin ser forzado físicamente por otros hombres, la libertad de su mente y de su ser para perseguir aquellos valores que hacen posible su autorrealización personal.

 

Un feto claramente no se encuentra en un contexto social, pues ni siquiera existe en el mundo exterior, en la sociedad.

 

Por tanto, las barbáricas leyes antiabortistas han de ser abrogadas y reconocer el derecho absoluto de una mujer y de su pareja a su vida y felicidad como fines en sí mismos sin ser tratados como medios para ningún otro fin.

Autor entrada: Miguel Roldán

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