El Imperialismo del Aire Limpio

Peter Schrank (2008): Illustration. The hot air of hypocrisy. Print Edition: Europe. En The Economist, 3/19/2008. Disponible en: https://www.economist.com/europe/2008/03/19/the-hot-air-of-hypocrisy, revisado 8/13/2019.

David Aleans

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, había acordado reunirse con el ministro francés de relaciones exteriores, Jean-Yves Le Drian, el lunes 29 de julio del año en curso para tratar temas relativos al tratado de libre comercio que la Unión Europea y el Mercosur han estado negociando durante un largo tiempo. En el marco de esa conversación, el Ministro tenía previsto transmitirle al presidente brasileño la exigencia de su homólogo francés de que el gigante suramericano debía respetar los compromisos sobre protección medioambiental consignados en el Acuerdo de París, y suscritos por la anterior administración Carioca. Para ser más específico, Francia, abanderada de la diplomacia europea en lo referente al medio ambiente, quería presionar al presidente de Brasil para que aquel continuara implementando medidas rigurosas de protección sobre la selva amazónica.

De manera inesperada y aduciendo asuntos “urgentes” que debía atender, Bolsonaro canceló la reunión el mismo día en que ésta debía realizarse. Lo llamativo de la situación fue que a la misma hora en que la reunión estaba agendada, el presidente brasileño transmitió en vivo por Facebook su sesión de corte de cabello[1].

El domingo 11 de agosto de 2019, es decir menos de un mes después del desplante al gobierno francés, el mismo Jair Bolsonaro desestimó públicamente la amenaza alemana de cesar la ayuda financiera para la protección de la Amazonía[2].

Sería ingenuo suponer que el presidente Bolsonaro, poseído por el celo nacionalista y en aras de proteger la dignidad de su patria y de su pueblo, hubiera decidido poner a los pedantes e irrespetuosos europeos en su sitio, recordándoles que Brasil es un país soberano, etc… La verdad es que “el Trump Brasileño” ha estado incurriendo en este tipo de desplantes simplemente para proteger los intereses económicos de diversos actores privados interesados en explotar los recursos de la selva amazónica, lo que demanda el rechazo tajante de cualquier injerencia europea tendiente a preservar esos recursos.

En todo caso, estos incidentes también invitan a una reflexión respecto de los esfuerzos europeos por imponer sus criterios de protección medioambiental y de la respuesta que dicha pretensión debería inspirar entre los países dueños de los recursos que inspiran el celo de París o Berlín.

Durante los últimos quinientos años, Europa ha estado en una continua lucha en aras de salvar “algo” o “a alguien”. Así, los españoles y portugueses justificaron su invasión del llamado “nuevo mundo” con el argumento, entre otros, de que era su deber evangelizar a los indios americanos; en otras palabras, la misión de la civilización ibérica era salvar a los indios paganos de irse al infierno. Por su parte, los ingleses, franceses, belgas y alemanes invadieron y colonizaron África y Asia en función de salvar a los africanos y asiáticos de sus costumbres y prácticas barbáricas que los tenían sometidos bajo el yugo de una naturaleza casi animal[3].

De la anterior disquisición se desprende que, además del uso descarado que han hecho del altruismo como excusa para imponer y justificar su dominación sobre sociedades “esencialmente inferiores”, los europeos también se han acostumbrado a marcar el paso de los acontecimientos en el orden global durante la mayor parte de los últimos cinco siglos. Esa hegemonía casi incuestionable fue finalmente puesta en entredicho por los EE. UU. y la URSS después de 1945. No obstante, la psique europea nunca pudo asumir la realidad política internacional resultante de la Segunda Guerra Mundial.

A partir de la conformación de la Unión Europea, las potencias del llamado “Viejo Continente” han estado intentando desesperadamente recuperar la hegemonía internacional perdida por causa de sus problemas vecinales y el surgimiento de actores internacionales mucho más potentes que ellas mismas. La bandera escogida por Europa para relanzar su candidatura como amo y señor del mundo es el ambientalismo. Fiel a su tradición de justificar su pedantería imperialista sobre una supuesta superioridad moral ―salvar algo o a alguien―, y abrogándose el derecho divino de aleccionar al resto del mundo en materias terrenales y celestiales, la Unión Europea ha delineado una serie de criterios de protección del medio ambiente que tienen que ser seguidos a rajatabla por los restantes actores políticos y sociales del orbe. El objetivo final de Europa es literalmente “salvar al mundo”, esto es, salvar al planeta tierra y, por descarte, a quienes lo habitamos.

En este punto, Europa se ha topado con dos problemas inimaginables antes de 1945: 1.) La hegemonía buscada por Europa es también disputada y/o cuestionada por países como Estados Unidos, China, India o la misma Rusia. 2.) Sin el músculo militar que le permita respaldar “con la fuerza bruta” sus pretensiones hegemónicas, cualquier iniciativa europea tendiente a recuperar su primacía internacional resulta muy limitada, por no decir ridícula. A los dos puntos anteriores hay que adicionar un tercer punto que podríamos denominar como el de la hipocresía europea. Y no es que los imperialismos europeos anteriores a 1945 no estuvieran caracterizados por una hipocresía supina, sino que a los europeos nunca se les había echado en cara su hipocresía de forma directa y ruidosa.

Es en este contexto de multipolaridad, de rivalidades con potencias emergentes, consolidadas o decadentes (EE. UU.), y de subalternidades altaneras que se niegan a jugar bajo las reglas de Bruselas ―o si juegan, lo hacen de mala gana―, en el que Europa está tratando de imponer su visión y misión del mundo. Este estado de cosas frustra a los gerifaltes en París, Berlín y Bruselas, quienes esperaban encontrarse en una situación al menos parecida a la que sus antepasados estaban acostumbrados; después de todo, ¿quién podría ser tan atrevido e ignorante como para oponerse a la razón civilizadora de instituciones y pueblos cultural y políticamente superiores al resto?

Así, tenemos que cada vez son más las voces que le echan en cara a Europa el hecho de que predique y demande de otros países mayor compromiso con la causa medioambiental, mientras que los alemanes utilizan carbón para producir un porcentaje importante de la energía que consumen[4]. Cada vez son más lo líderes locales, como Bolsonaro, que cuestionan no sólo las políticas europeas en lo tocante al medio ambiente, sino que también ponen en tela de juicio las motivaciones de los europeos para imponer su agenda[5]―porque, como se sugirió en párrafos anteriores, una de las características más notorias del imperialismo europeo y, por extensión occidental, es su doble moral, su hipocresía, sus motivaciones egoístas disfrazadas de altruismo[6]―.

A final de cuentas, para nadie es un secreto que los países “en vías de desarrollo” económico tienen que consumir recursos naturales para alcanzar el mencionado “desarrollo”, tal y como los europeos hicieron en su momento con los recursos naturales disponibles en su propio continente ―así como con los recursos naturales de los demás― en aras de desarrollar las economías de las que hoy disfrutan. En ese orden de ideas, el ambientalismo europeo se presenta como un recurso maniqueo disfrazado de bien supremopor medio del cual los pseudoambientalistas del “viejo continente” buscan abortar o, por lo menos, retrasar las iniciativas de los países del tercer mundo que buscan el desarrollo de sus tejidos productivos. Por supuesto, los europeos no quieren tener que competir con países subdesarrollados venidos a más como ya tienen que hacerlo con países como China, India o los llamados “tigres asiáticos”.

Las políticas medioambientales en función de preservar ecosistemas y recursos naturales no son nocivas en sí mismas, por lo que no deberían generar mayor oposición. Lo que los gobiernos y sociedades del tercer mundo tienen que combatir y rechazar tajantemente son los intentos de la Unión Europea por minar la soberanía de los países poseedores de los recursos naturales y ecosistemas que deben ser protegidos. Los países de América Latina en particular, y especialmente aquellos en cuyos territorios se localiza la selva Amazónica, deben tener el derecho de decidir qué hacer con sus recursos naturales a partir de un debate de carácter nacional, y las políticas a seguir tienen que ser definidas e implementadas siguiendo los parámetros determinados por los países poseedores del territorio y en función de sus propios intereses. Europa ―y su club de fans en el tercer mundo― debe enterarse de una vez por todas de que su tiempo en la cima de la jerarquía internacional terminó y de que sus opiniones ya no son un canon, ni sus preceptos son de obligatorio cumplimento.

Referencias:

[1] Sofia Sanchez Manzanaro (2019): Bolsonaro elige cortarse el pelo antes que discutir las líneas rojas de Francia sobre Mercosur. En Euronews. Disponible en: https://es.euronews.com/2019/07/31/bolsonaro-elige-cortarse-el-pelo-antes-que-discutir-las-lineas-rojas-de-francia-sobre-merc, revisado 8/13/2019.

[2] DW (2019): Bolsonaro: Brasil “no necesita” a Alemania para preservar la Amazonía. En Deutsche Welle. Disponible en: https://www.dw.com/es/bolsonaro-brasil-no-necesita-a-alemania-para-preservar-la-amazonía/a-49988392, revisado 8/13/2019.

[3] En este punto, y extendiendo el análisis al mundo Occidental como tal, también podríamos hablar de los estadounidenses, quienes han justificado sus invasiones e intervenciones a lo largo y ancho del planeta durante los últimos sesenta años o más, con la excusa de que los países invadidos debían ser salvados de sus talantes autoritarios, es decir, debían ser “democratizados”.

[4] Oliver Pieper (2019): ¿Se despedirá Alemania del carbón? En Deutsche Welle. Disponible en: https://p.dw.com/p/3KjJx, revisado 8/13/2019.

[5] Bolsonaro acusó a Alemania de querer comprar la Amazonía. El País (2019): Bolsonaro dice que Brasil “no necesita” la ayuda alemana para preservar el Amazonas. En El País. Disponible en:  https://elpais.com/sociedad/2019/08/12/actualidad/1565611784_710065.html, revisado 8/13/2019.

[6] En lo personal, no tengo ningún problema con que cada país busque favorecer sus propios intereses de manera egoísta; es más, creo que todo gobierno está en la obligación de ser egoísta por el bien de sus ciudadanos. No rechazo al imperialismo como opción política. Lo que desprecio del imperialismo occidental es la manera como pretende engañar a otros pueblos fingiendo motivaciones altamente morales para sus abusos, intromisiones y pillajes, con lo que no sólo despojan a los subalternos de sus territorios, de sus riquezas, e incluso de sus vidas, sino que además los despojan de su dignidad al tratarlos como si fueran estúpidos.

Autor entrada: David Aleans

David Aleans
Historiador de la Pontificia Universidad Javeriana. Sociólogo de la Humboldt-Universität zu Berlin.

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