La historia de las “víctimas”

 

Ser la eterna víctima de los españoles, de los Yankees, del FMI, del destino, nunca empoderó ni empoderará a nadie.

 

Por Qué en España se enseña tan poco sobre la conquista y colonización de América. Tomado de “El Universal”. https://www.eluniversal.com.mx/mundo/por-que-en-espana-se-ensena-tan-poco-sobre-la-conquista-y-colonizacion-de-america, consultado el 06 de agosto de 2019.

 

David Aleans

 

La historia siempre ha sido un campo de batalla. La anterior sentencia, acuñada por algún historiador versado en las implicaciones políticas y sociales que se derivan del quehacer del historiador[1], se ha convertido en una de las perogrulladas predilectas de las selectas masas de pseudo-intelectuales, sabios de sillón, guerreros del teclado y demás papanatas que pululan en las diferentes redes sociales[2].

 

A pesar de ello, la vulgarización y banalización de la frase no le resta validez. La producción historiográfica está efectivamente supeditada a los avatares políticos y sociales que condicionan a los historiadores desde el instante mismo en que empiezan su formación profesional, hasta el momento en que presentan sus investigaciones a las casas editoriales para que sean aprobadas como material publicable. Ninguna etapa en el proceso que tiene como finalidad la publicación de un libro de historia está exenta de las influencias del equipaje personal e ideológico que todo historiador profesional carga consigo.

 

Uno de los campos de batalla que siempre me llamó la atención fue el del proceso de conquista y colonización del continente americano por parte de los españoles. No encuentro necesario el extenderme en explicaciones sobre los sectores en conflicto en este asunto en particular. Basta con recordar que los defensores de la llamada “leyenda negra” ―quienes defienden la tesis de la invasión criminal, genocida y expoliadora perpetrada por los sanguinarios ibéricos sobre los “pobres indios”― están enfrentados con los apologetas de la “leyenda rosa” ―quienes arguyen que la conquista y posterior colonización fueron, de hecho, empresas civilizadoras que cambiaron para bien los destinos de los habitantes del continente.

 

Ambas visiones de la historia tienden a idealizaciones absurdas que deshumanizan a los actores individuales y colectivos involucrados, además de simplificar las dinámicas sociales evidenciadas entre los siglos XVI y XIX, al punto de reducir todo el proceso a una masacre y posterior robo sistemáticos, o a la introducción de “la civilización” en el continente americano sin la cual todavía nos vestiríamos con taparrabos.

 

Estas dos leyendas ―pero especialmente la negra― han encontrado asidero en las mentes y corazones de amplias multitudes cuya pereza intelectual los incapacita para reflexionar, aunque sea someramente, sobre el problema en cuestión más allá de los lugares comunes antes referidos. En razón de lo precedente, resulta reconfortante saber que la Academia, además de producir cheerleaders tituladas para animar determinadas causas ideológicas, también ha sido capaz de formar investigadores como Serge Gruzinski o Matthew Restall, quienes se han dado a la tarea de cuestionar los mitos absurdos que han contaminado el campo de batalla histórico casi desde el momento mismo en que las repúblicas Latinoamericanas alcanzaron su independencia. En este sentido, tanto el texto de Gruzinski sobre Mestizaje en América Latina[3], como el libro de Restall sobre los mitos que tradicionalmente han rodeado a la conquista española[4], buscan aprehender a los actores y las dinámicas propias de aquellos fenómenos socio-históricos en toda su humana complejidad.

 

Ninguno de los dos autores contempla siquiera el desconocer tanto la brutalidad como las injusticias perpetradas por los invasores ibéricos durante la conquista y colonización. Por el contrario, los historiadores no dudan en retratar aquellos acontecimientos como una hecatombe de proporciones bíblicas que costó millones de vidas, sobre todo indígenas. Sin embargo, ni Gruzinski ni Restall detienen su análisis allí, sino que, por el contrario, ambos historiadores se esfuerzan en sus investigaciones por desvelar el complejo entramado de conflictos, alianzas e incluso accidentes que plagaron la historia de la incursión española en territorios de la actual América y que determinaron, en mayor o menor medida, el exitoso proceso de asentamiento y posterior dominación ibérica del continente.

 

El aporte historiográfico más importante hecho por ambos autores es el reconocimiento de la humanidad del indígena. Esto es, tanto Restall como Gruzinski van más allá de mostrarnos a los pueblos amerindios como las pobres víctimas indefensas a merced de los sanguinarios españoles. Por el contrario, el mito del “buen salvaje” que condenó al indígena a la eterna minoría de edad, es reemplazado por la clara identificación de los nativos como agentes históricos. Ellos jugaron un rol determinante en la destrucción del orden social precolombino, en su reemplazo por un orden social colonial ibérico, y en la concepción de estrategias para resistir el nuevo orden favorecido por los colonos españoles.

 

Ambos autores identifican en los indígenas del continente a actores políticos plenos. Estos, haciendo uso de la totalidad de sus facultades mentales, procuraron desenvolverse política y militarmente en un intrincado entramado de alianzas y rivalidades, que reñían con las ya existentes en sus propias civilizaciones complejas. En ese sentido, el aporte de las huestes indígenas a las derrotas tanto del imperio Nahua como del Tahuantinsuyu fue tanto o más importante que lo aportado por las tropas españolas, quienes en muchas instancias se habrían limitado a jugar el rol de administradores de los conflictos políticos y sociales ya existentes antes de su llegada al territorio americano.

 

Los autores citados también logran aproximarse a las huestes españolas desde perspectivas que diluyen los mitos del conquistador sanguinario o del bienintencionado civilizador. Así, ambos autores retratan al invasor ibérico ―en sus facetas de hombre de armas, sacerdote, aventurero o simple artesano― como a un cazador de fortuna curtido en el arte de la guerra por cuenta de un estilo de vida adquirido en la Península Ibérica durante el extenso proceso de la Reconquista. Lo anterior, sumado a la tradición sincrética tan característica del culto católico, arrojaría luces sobre las tácticas de dominación empleadas por las huestes ibéricas entre los pueblos amerindios, quienes experimentaron en carne propia tanto las tácticas de conquista ―de carácter político y militar― desarrolladas por los españoles en su larga guerra contra los moros, como las iniciativas de corte político y diplomático tendientes a integrar a los indios a las dinámicas productivas y sociales que emergieron del choque y posterior mezcla de civilizaciones que darían origen a la actual América Latina.

 

Los libros antes referidos son sólo dos ejemplos de múltiples textos que ofrecen una visión mesurada y realista de lo que ocurrió en el llamado “nuevo mundo” a partir de 1492, por lo que se puede afirmar que las ideas antes expuestas no son extrañas para muchos de los que estamos inmersos en el mundo académico. Lo que resulta extraño ―y preocupante― es que sean sólo las voces de los fabricantes de víctimas, de los exotistas y de los “social justice warriors” las que tengan mayor presencia en el sistema educativo, en los medios de comunicación y en millones de cuentas de Facebook y Twitter. ¿Cómo se puede explicar esto? ¿Podemos afirmar que la proliferación de las leyendas negra y rosa, y especialmente de la primera, es el producto de una conspiración internacional o algo por el estilo?

 

Soy de los que piensa que las teorías conspirativas, además de ser ridículas, les adjudican demasiados méritos a los supuestos conspiradores. Me inclino por una explicación que en mi opinión es más realista. Creo que vivimos en una época en la que la pereza intelectual ha llevado a muchas personas, dentro y fuera del ámbito académico, a aceptar sin más una serie de fórmulas doctrinales prefabricadas y disfrazadas de rigurosa investigación histórica y social. Esa pereza intelectual, potenciada por el analfabetismo funcional hecho posible por sistemas educativos ineficientes, se confabulan para formar individuos cuya única meta “intelectual” es la de adoptar o construir soluciones cómodas y explicaciones atractivas para los problemas que determinan a las sociedades del presente. Así, la leyenda negra, por ejemplo, ha encontrado un amplio público en América Latina, en donde millones de personas manifiestan una gran avidez de encontrar responsables puntuales para los problemas acuciantes que los aquejan en el presente. Por supuesto, no se le puede achacar la responsabilidad a los antiguos colonizadores ―de quienes se heredó una mentalidad supuestamente retrógrada que ha conducido a Latinoamérica hacia el subdesarrollo― si primero no se los retrata como bárbaros sanguinarios cuyo único objetivo en América fue el saqueo y el asesinato en masa. Así, la deshumanización histórica de los agentes colonizadores, y la idealización del “buen salvaje” colonizado, servirían como base para la construcción de una mitología historiográfica cuyo último fin sería el de adjudicarles a terceros las responsabilidades por los problemas actuales que padecen los latinoamericanos.

 

Es curiosos como la psicología colectiva ha sido capaz de ejecutar semejante ejercicio de gimnasia mental con el único objetivo de evadir el hecho de que somos los primeros y únicos responsables por las situaciones que se presentan en nuestro propio continente. Es una pena que la evasión generalizada e infantil de las responsabilidades que nos atañen haya sido glorificada en los ámbitos académico, político y social del continente al punto de haberse convertido en doctrina hegemónica.

 

Ojalá algún día los latinoamericanos podamos asumir la realidad de que, en más de una ocasión, si no en la inmensa mayoría de los casos, nunca hemos sido víctimas de nada, sino voluntarios en nuestras propias desgracias. Es en el hecho de hacernos cargo de nuestras decisiones como individuos y como sociedades, y de asumir las consecuencias que estas últimas han tenido sobre nuestro presente y nuestro futuro, en donde realmente podremos encontrar el empoderamiento que nos permita mejorar nuestras circunstancias. Ser la eterna víctima de los españoles, de los Yankees, del FMI, del destino, nunca empoderó ni empoderará a nadie.

 

Referencias

 

[1] Traverso, Enzo. La Historia Como Campo De Batalla: Interpretar Las Violencias Del Siglo XX. Primera edición en español. Sección de obras de historia. Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2012.

[2] La otra perogrullada favorita de los sabios de la internet es aquella que dice que “la historia la escriben los vencedores”.

[3] Gruzinski, Serge. El Pensamiento Mestizo: Cultura Amerindia Y Civilización Del Renacimiento. 1a. ed. en la colección Bolsillo. Bolsillo Paidós 10. Barcelona: Paidós Ibérica, 2007.

[4] Restall, Matthew. Los Siete Mitos De La Conquista Española. 3. ed. Paidós orígenes 46. Barcelona: Paidós, 2010.

Autor entrada: David Aleans

David Aleans
Historiador de la Pontificia Universidad Javeriana. Sociólogo de la Humboldt-Universität zu Berlin.