Sobre el acto de mentir

 

La mentira guarda en sí misma toda una psicología, la cual centra su atención no solo en la conducta del victimario y la víctima, sino también en los procesos neuronales que hacen a esta posible.

 

Imagen tomada de https://bit.ly/2OnZ0Z8

 

El acto de mentir, como bien lo afirma Paul Ekman¹ se ha convertido en algo característico y central de la vida. Por lo tanto, es posible afirmar no solo que las mentiras abundan, sino también que nadie está exento de ser engañado, debido a que la evolución misma, como proclama Robert Trivers², se ha encargado de convertirnos en sujetos que, con el fin de sobrevivir a los divergentes ambientes de la vida, nos vemos forzados a saber mentir. De modo que la comprensión del acto en sí resulta ser una parte fundamental del análisis de la manera en la que funcionan las relaciones en la vida cotidiana. No obstante, el saber mentir no es una acción fácil, pues está medida tanto por aspectos internos como externos del individuo. 

 

La mentira guarda en sí misma toda una psicología, la cual centra su atención no solo en la conducta del victimario y la víctima, sino también en los procesos neuronales que hacen a esta posible. Frente a esto, diversas proposiciones pueden ser planteadas teniendo en cuenta que las circunstancias en las que se miente pueden ser infinitas, por lo que los procesos mentales de quien miente y quien es engañado pueden responder a estas. Por ejemplo, Ekman considera que las mentiras pueden ser descifradas si se pone especial atención a las microexpresiones y microademanes de quien miente, mientras que Trives considera que los individuos, como respuesta evolutiva, se mienten a sí mismos para poder mentirle a los demás. 

 

Con base en lo anterior, el presente artículo pretende dar cuenta de algunas de las consideraciones más relevantes de cada autor y la manera en la que estas se relacionan, dando paso a una serie de preguntas. 

 

Para comenzar, Ekman plantea que una mentira tiene lugar cuando el receptor no ha pedido ser engañado y el remitente no le ha dado una notificación previa de su intención de mentir. Lo que bien podría ser cuestionado, pues es poco probable que quien engaña previo a la mentira planee decirle al receptor de esta, debido a que se perdería por completo el sentido de la mentira misma. Por otro lado, Ekamn distingue entre dos tipos de mentira, la que se da por ocultamiento y la que se da por falseamiento. El primero se limita a ocultar cierta información sin decir nada que falte a la verdad, mientras que quien decide usar el segundo va un poco más allá y presenta información falsa como verdadera. Cabe aclarar que Ekman no presenta una diferenciación entre engaño y mentira, para este pueden tratarse de conceptos intercambiables, en la medida en que quien miente lo hace con la intención de engañar a otro. Acto seguido, pasa a considerar la capacidad de las personas en función de poder controlar los mensajes que transmiten cuando mienten, aun en estado de perturbación. Se pregunta si el comportamiento —no verbal— es suficiente para delatar lo que estos intentan esconder en las palabras, ya sea por señales de desesperación, una sonrisa, la indiferencia misma, parpadear menos o hablar pausadamente, etc. 

 

Paralelamente, Trivers señala algunas de las señales que permiten detectar el engaño entre seres humanos, a saber, el nerviosismo, el control y la carga cognitiva. El primero de ellos resulta ser uno de los elementos menos importantes a la hora de determinar si hay engaño, debido a que tanto quien intenta dominarlo como quien trata de detectarlo, están al tanto de que el nerviosismo es un indicio de la intención de engañar. El control, por su lado, puede producir efectos secundarios que delaten al sujeto, ya sea porque este sobreactúe o dé la sensación de que ha ensayado el acto en cuestión. Mientras que la carga cognitiva, es decir, el verse obligado a suprimir una verdad y edificar una falsedad creíble se consolida como el aspecto más relevante y crítico a la hora de determinar si alguien está mintiendo. Entre más grande sea la carga cognitiva, más probable es que se exterioricen procesos involuntarios. Pero quien planea mentir, ¿no está ya mentalmente reparado para asumir la carga que esto implica? Esta persona podría incluso saber manejar la situación basada en la experiencia de mentiras previas. No obstante, Ekman asegura la posibilidad de pasar por alto cada una de estas señales en aquellos casos en los que la víctima desea ser engañada y entra en complicidad con el embustero, pues desea evitar las terribles consecuencias que podrían acarrear sacar a la luz la verdad. De donde cabe preguntar, ¿la mentira debe ser considerada como tal si quien es engañado conoce no solo las intenciones de quien lo engaña sino la verdad que este intenta evitar? Sin embargo, existen casos en los que la víctima se beneficia cuando las mentiras son expuestas, pues no tienen nada que perder. Aquí resulta interesante pensar en lo casos en los que la víctima no se vería beneficiada tras el descubrimiento de la mentira, ¿no son todas estas ideadas con el propósito de ocultar algún tipo de beneficio?

 

Ahora bien, volviendo a la noción de mentira por falseamiento planeada por Ekman es pertinente resaltar que este ha de ser el método predilecto cuando lo que se debe ocultar son emociones, debido a que una emoción falsa puede salvar a un mentiroso de la autodelatación. La sonrisa, por ejemplo, resulta ser un buen método de enmascaramiento, mientras no se deban ocultar emociones negativas, pues llevar a cabo esto es más complejo que el acto de enmascarar emociones positivas. Sin embargo, no queda del todo descartada la posibilidad de mentir en lo referente a lo que causa la emoción, al igual que decir la mentira de un modo retorcido, o incluso decir la verdad a medias. Como consecuencia de esto, es posible plantear que si un sujeto desea hacer uso del falseamiento, e incluso del ocultamiento, debe haberse autoengañado previamente, pues solo de esta manera le será posible convencer a su interlocutor. Pero, ¿cómo puede un sujeto autoengañarse y actuar en función de esto si está al tanto de que el autoengaño es simplemente un paso previo a la mentira en cuestión?, ¿no provocaría esto incluso más problemas a la hora de mentir? Pues ahora son dos mentiras las que el sujeto debe ser capaz de ocultar. 

 

Tomemos como ejemplo a una paciente suicida que desea ir a casa el fin de semana bajo la afirmación de que sus deseos de matarse han desaparecido y se siente mucho mejor. Mary debe ser capaz de convencer a su doctor de que realmente se siente mejor, pero para lograr esto antes tuvo que crear un relato personal falso, además de que debe sentir que controla la situación; de lo contrario, el éxito de su mentira puede estar en peligro. Estos dos tipos de autoengaño, de los nueve descritos por Trivers, determinan el futuro de Mary, pues si, por un lado, no se ha ocultado a sí misma la realidad en su memoria consciente y, por el otro, no tiene la ilusión de controlar la situación en la medida en la que sea capaz de determinar los resultados de esta, será incapaz de llevar a cabo la mentira. Por consiguiente, lo anterior nos permite considerar el autoengaño como una condición necesaria de la mentira, si quien engaña desea tener éxito debe en primera instancia autoengañarse. Sin embargo, no queda del todo claro por qué una ilusión debe ser considerada un autoengaño. 

 

Adicionalmente, parece ser que el autoengaño no debería considerarse como una característica adaptativa del individuo, ya que el hecho de distorsionar una realidad conocida para luego sobreponerla a la auténtica solo podría acarrearle problemas al individuo, pues no poseer una representación verídica del entorno en el que se encuentra incrementa exponencialmente la probabilidad de no adaptarse correctamente a él. Frente a esto, Trivers explica que la funcionalidad evolutiva del autoengaño, tal y como él la presenta, debe entenderse como una herramienta que permite engañar a los demás. La capacidad de un individuo de reestructurar sus pensamientos sobre la realidad de mil maneras falsas, pero creíbles, lo sitúa en una posición de ventaja evolutiva sobre quienes carecen de esta

 

Finalmente, aunque la relación aquí establecida entre los planteamientos de Ekman y Trivers es complementaria, esta no descarta del todo la posibilidad de ser problemática. Por un lado, Trivers no tiene en cuenta la posibilidad de que el autoengaño y, por consiguiente, el engaño se presente de diversas maneras teniendo en cuenta el contexto en el que se desenvuelven los sujetos evolutivos. Lo que haría imposible el establecer un método universal que permita identificar los rasgos característicos de quien miente, tal y como lo propone Ekman. Por lo que es verosímil preguntarse qué tan acertados son sus planteamientos en una relación de interculturalidad. Por el otro, los autores tampoco descartan la posibilidad de que un sujeto responda de manera diferente a la misma situación y también en diferentes contextos, lo que imposibilitaría, consecuentemente, determinar si este miente basado simplemente en lo que dice y su conducta. Con todo, quedan más preguntas que respuestas, pues aunque la mentira implique en sí misma toda una psicología no hay que ser un experto en esta para poder llevar a cabo el acto de mentir. Por último es preciso preguntarse si preocuparse por la psicología de la mentira resultaría beneficioso o perjudicial para quienes mienten. ¿Están al tanto de esta los mejores engañadores de la actualidad?

 

¹ Ekman, Paul (2009). Cómo determinar mentiras: una guía para utilizar en el trabajo, la política y la pareja. 1st ed., Madrid, Espasa Libros, S. L. U.

² Trivers, R., & Foz, S. (2013). La insensatez de los necios: La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana. Madrid: Clave Intelectual.

Autor entrada: Laura Forigua

Laura Forigua
Laura Forigua es estudiante de de Filosofía con opciones en literatura y fotografía. Parte del equipo editorial de la revista La Cicuta de la Universidad de los Andes.