La Eterna Prisión Historiográfica

Nos guste o no, nuestra sociedad no comparte ni responde a la visión “ilustrada” y “moderna” del mundo producida en Francia, ni tiene por qué hacerlo. Es imperativo asumir el hecho de que los cuerpos de valores y las perspectivas del mundo emanadas desde occidente no pueden seguir constituyéndose en nuestro horizonte de sentido teleológico y absoluto, en el “deber ser” incuestionable al que hemos aspirado desde tiempos inmemorables, en nuestro referente ideológico supremo.   

Imagen tomada de Portillo, Carlos (2018): Opinión: La religión y la política son una composición nociva[1].
Por David Aleans

La política colombiana siempre ha estado íntimamente ligada a la religión. Esta ligazón se manifiesta: 1.) porque la política en sí misma siempre ha sido asumida por los votantes como un acto de fe; y 2.) porque actores del campo religioso han sido capaces de proyectar su influencia sobre el devenir electoral e institucional de la República.

La primera premisa es fácilmente comprobable si se observa la forma en que los votantes colombianos suelen asumir una causa partidista o el liderazgo del caudillo político de turno como una batalla entre el bien y el mal. Tanto es así, que cada contienda electoral parece girar en torno a la elección de un aspirante a Mesías con la capacidad y “la voluntad política” para “salvar a la patria”. Figuras como Jorge Eliecer Gaitán, Álvaro Uribe y Gustavo Petro son tan sólo algunos ejemplos del mesianismo político criollo.

En lo tocante a las conexiones electoral e institucional entre los campos político y religioso, resulta evidente cómo tanto la Iglesia Católica como las Iglesias pertenecientes al Universo Pentecostal han participado activamente en el devenir político de la nación. Esta dinámica es claramente perceptible, para el caso católico, en el rol jugado por esa Iglesia en iniciativas tales como los diferentes procesos de paz adelantados por múltiples Gobiernos nacionales con diversos grupos armados ilegales, o en los debates que se han suscitado a lo largo de los últimos años por cuenta de temas relativos a la moralidad pública.

Por su parte, los pentecostales han enfilado sus baterías hacia la consecución de una mayor visibilidad política en la contienda electoral en la medida en que:

1.) Participan en las elecciones en los niveles locales, regionales y nacionales con sus propios partidos y movimientos políticos.

2.) Eligen a sus propios representantes corporativos integrados en las estructuras de partidos políticos seculares.

3.) Negocian “favores” políticos e iniciativas públicas afines con sus creencias religiosas con actores políticos “seculares”, quienes buscan el apoyo activo de dichas iglesias durante la jornada de votación.

Dicha participación electoral pentecostal se ha convertido en uno de los fenómenos políticos y sociales más analizados por sectores de la academia nacional, quienes la han enmarcado dentro de un fenómeno más amplio catalogado como la “mutación religiosa” colombiana y Latinoamericana. El abordaje de esta mutación fue liderado en un principio por científicos sociales francófonos quienes propusieron todo un cuerpo conceptual que, con el pasar del tiempo, ha sido elevado por investigadores locales a la categoría de canon teórico para el análisis del fenómeno religioso pentecostal en el país[2].

Entre las hipótesis contenidas en dicho canon ―que también podríamos denominar como “prisión historiográfica”― se destacan las siguientes premisas:

1.) La explosión pentecostal en el contexto latinoamericano, sucedida a partir de la década de 1950, es el producto de procesos económicos y sociales ―tales como la implementación del Modelo de Sustitución de Importaciones, la articulación de las economías locales a los circuitos del mercado capitalista internacional, la urbanización de la pobreza, el surgimiento de los cinturones de miseria en las principales ciudades del continente debido a la migración masiva de mano de obra campesina, etc.―, todos los cuales tuvieron como resultado un estado generalizado de “anomia”[3] del que fueron víctimas las masas de nuevos pobres urbanos.

2.) Así, el pentecostalismo habría sido la única opción disponible para que dichas masas campesinas anómicas pudieran reconstituir el tejido social deteriorado por cuenta de una realidad urbana hostil que las habría sometido a la marginalidad social y económica.

3.) No obstante, el pentecostalismo también estaría reproduciendo la dinámica de la Hacienda tradicional en el contexto urbano, siendo el pastor de la iglesia pentecostal el equivalente del gamonal que controlaba la vida y destino de las comunidades campesinas.

Sin embargo, las comunidades de fe formadas bajo el liderazgo autoritario del pastor-gamonal también se habrían visto favorecidas por la reconstitución de las redes familiares, de amistad y de compadrazgo características del ámbito rural pero deshechas por las dinámicas sociales inherentes al contexto urbano.

El problema con dicho cuerpo teórico es que su adopción ―prácticamente acrítica― por parte de los académicos nacionales ha condicionado el análisis del problema político-religioso de manera importante. Así, muchas investigaciones locales sobre el asunto en cuestión están atravesadas por un marcado elitismo intelectual toda vez que sus autores ni siquiera se esfuerzan por disimular sus prejuicios[4] contra las multitudes de creyentes a quienes suelen reducir a la calidad de “rebaño electoral”[5] manipulable por un líder carismático que ejerce sobre la turbamulta una capacidad de control casi sobrenatural[6]. A este coctel teórico-prejuicioso podemos sumar el sesgo ideológico ―marxista― de una comunidad académica que tradicionalmente ha caracterizado al pentecostalismo como la punta de lanza de la invasión ideológica que “los Yankees” supuestamente han estado pretendiendo llevar a cabo desde hace décadas[7].

El análisis del fenómeno pentecostal en Colombia, marcado por los sesgos someramente descritos, ha ramificando sus apreciaciones hacia problemáticas tales como el clientelismo político, la consolidación de un orden político democrático o la secularización. En cuanto a la secularización, es llamativa la manera como los analistas sociales se han comprometido con una suerte de calistenia conceptual en aras de disimular el fracaso del paradigma secularizador. Así, ellos no parecen tener ningún problema en hacer caso omiso del hecho de que dicho recurso teórico fue concebido desde sus inicios para explicar el proceso de superación del sentimiento/pensamiento religioso tanto en el ámbito público como en el privado. El fin último de éste proceso era el destierro de toda explicación teológica del mundo del universo mental de los individuos modernos para remplazarlo por procesos eminentemente racionales de comprensión y de toma de decisiones.

Huelga decir que este proyecto de racionalización del cuerpo social nunca tuvo lugar ni en Colombia ni en ninguna sociedad del llamado Sur Global[8]. Sin embargo, los defensores locales del meta-relato secularizador, lejos de resignarse a modificar su andamiaje conceptual en aras de aproximarse a la realidad social colombiana desde apreciaciones teóricas que correspondan con las circunstancias locales, se han empecinado en producir análisis forzados a partir de teorías que nunca fueron pensadas para responder a las circunstancias del entorno suramericano. Así, tenemos que el concepto de secularización ha sido arbitraria y convenientemente mutilado y/o “re-formado” por algunos investigadores, quienes se niegan a abandonar su dependencia teórica respecto de los centros académicos de poder en los cuales cursaron sus estudios de postgrado[9].

En su afán por forzar a la sociedad colombiana a encajar dentro de los moldes teóricos producidos en el llamado “primer mundo”, y ante la decepción resultante de tamaña incoherencia, muchos académicos han optado por “explicar” la ausencia de secularización apelando a la denuncia de la intervención/intromisión pentecostal en el campo político que, a juzgar por los juicios producidos por algunos de estos académicos, parece constituir una aberración anacrónica. Así, este acto de denuncia ha propiciado la caracterización del pentecostalismo como un “peligro” para la construcción de un orden político y social democrático[10]. La evidencia de dicha apreciación se encontraría, según los “entendidos”, en la manera como actores individuales y colectivos pentecostales han adoptado al clientelismo como práctica política normativa, sumada a la ya mencionada incursión directa de esos mismos actores pentecostales en el juego electoral.

No se puede negar que muchas iglesias y partidos pentecostales han incurrido en prácticas clientelistas en función de favorecer sus intereses políticos corporativos e individuales. No obstante, también es pertinente preguntarse, ¿hasta qué punto es el clientelismo una práctica exclusiva de los pentecostales? Si la respuesta a ese interrogante es que el clientelismo es en realidad una práctica generalizada entre los diversos actores políticos colombianos, entonces cabría cuestionar la aseveración según la cual los pentecostales constituirían una “amenaza” para un sistema político que está atravesado por el clientelismo generalizado al punto de que su funcionamiento depende decididamente de esa práctica electoral.

En lo concerniente al paradigma secularizador, es muy difícil que los pentecostales constituyan una “amenaza” para una separación entre las esferas Civil y Religiosa que podría ser fácilmente caracterizada como “poco clara” o “factualmente inexistente”. Lo cierto es que, para el caso colombiano, la religión siempre ha jugado un rol relevante en todos los ámbitos de la vida pública. Lo anterior puede ser ilustrado por el hecho de que cualquier candidato que aspire a tener opciones reales de ganar la presidencia de la república debe contar con el apoyo de actores sociales religiosos ―lo que se pondría claramente de manifiesto con la “bendición” que la Iglesia Católica solía brindar al candidato del Partido Conservador; con los intentos del Liberalismo por aplacar la condena teológica y moral que el catolicismo había impuesto sobre esa colectividad[11]; o, con los apoyos concertados por el actual presidente de Colombia con sectores del pentecostalismo durante la última campaña electoral.

Ya va siendo hora de que los científicos sociales colombianos dejemos de comportarnos como los eternos hijos de las academias occidentales que prefieren vivir bajo el abrigo proveído por la comodidad conceptual de “mamá Sorbonne”, en vez de asumir el compromiso de producir categorías y cuerpos teóricos realistas, que den cuenta de la sociedad en la que vivimos. Nos guste o no, nuestra sociedad no comparte ni responde a la visión “ilustrada” y “moderna” del mundo producida en Francia, ni tiene por qué hacerlo. Es imperativo asumir el hecho de que los cuerpos de valores y las perspectivas del mundo emanadas desde occidente no pueden seguir constituyéndose en nuestro horizonte de sentido teleológico y absoluto, en el “deber ser” incuestionable al que hemos aspirado desde tiempos inmemorables, en nuestro referente ideológico supremo. Es necesario adoptar la actitud cervantina que expresó, por boca del Quijote, lo siguiente:

“[E]l grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino; en resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos…”[12].

 

Referencias:

[1] Latin American Post. Available online at https://latinamericanpost.com/es/21030-opinion-la-religion-y-la-politica-son-una-composicion-nociva-, updated on 5/13/2018, checked on 3/15/2019.

[2] Las investigaciones de d’Epinay y Bastián son los mitos fundacionales sobre los que descansan casi todos los análisis del fenómeno pentecostal colombiano y Latinoamericano. Lalive d’Epinay, Christian (1968): El refugio de las masas. estudio sociológico del protestantismo chileno. Santiago de Chile: Editorial del Pacífico. Bastián, Jean-Pierre (1997): La mutación religiosa de América Latina. Para una sociología del cambio social en la modernidad periférica. 1. ed. México: Fondo de Cultura Económica (Colección popular, 529).

[3] Se entiende por “anomia” el estado generalizado de crisis cultural y moral producto del desarraigo al que fueron sometidos los individuos venidos de un contexto rural e insertados en un entorno social, cultural e incluso espacial absolutamente enajenante ―como, hipotéticamente, lo sería la ciudad―. Lo anterior, sumado al rechazo sufrido por estas nuevas masas urbanas por parte de las estructuras económicas de la sociedad formal, habría degenerado en la descomposición del tejido social tradicional en el que solían desenvolverse los campesinos en el ámbito rural. Ravagli, Jorge (2010). El pentecostalismo y su llegada a América Latina y a Colombia. In Tejeiro, Clemencia (Ed.). El pentecostalismo en Colombia. Prácticas religiosas, liderazgo y participación política. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, p. 51.

[4] Algunos autores no tienen ningún reparo en reducir la experiencia de fe de millones de Pentecostales a las categorías de “delirio” y “manipulación”. Gómez, Eduardo Ignacio (2009). Del MIRA como movimiento político: o de las relaciones pecaminosas entre el campo político y el campo religioso. In Corpas de Posada, Isabel (et al). Diversidad y Dinámicas del Cristianismo en América Latina. Memorias del II Congreso Internacional, Vol. 1. Bogotá: Universidad de San Buenaventura, p.257-258.

[5] La catalogación de la feligresía pentecostal como “rebaño electoral” suele ser una práctica común entre los círculos académicos suramericanos. Lacerda, Fábio (2017). Pentecostalismo, Eleições e Representação Política no Brasil Contemporâneo, p. 20, 82.

[6] Cabe anotar que Gómez (2009) sustenta sus hipótesis en las propuestas de Cepeda van Houten. Cepeda van Houten, Álvaro (2009). La Cristianización de la Política en Colombia en los últimos veinte años: elementos de análisis para América Latina. In Corpas de Posada, Isabel (et al). Diversidad y Dinámicas… Op.Cit., p. 271-272.

[7] Brusco, Elizabeth (1993). The Reformation of Machismo: Asceticism and Masculinity among Colombian Evangelicals. In Garrard-Burnett, Virginia; Stoll, David. Rethinking Protestantism in Latin America. Philadelphia: Temple University Press, p.199-200.

[8] Ciertos autores han llegado a afirmar que dicha secularización ni siquiera ha llegado a presentarse en las sociedades del Norte Global, en donde la religión organizada ha sido reemplazada por diversas opciones de “espiritualidad”. A ello se suma el hecho de que, con las olas migratorias venidas del Sur Global, la religión organizada (el islam) está recobrado parte del rol que solía tener en tiempos pretéritos. Casanova, José (2006), “Rethinking Secularization. A Global Comparative Perspective”. The Hedgehog Review (Spring-Summer). Available online at http://iasc-culture.org/THR/archives/AfterSecularization/8.12CCasanova.pdf, checked on 21/03/2017, p. 7.

Stark, Rodney (1999), “Secularization, R.I.P.”, Sociology of Religion 60, no. 3. Available online at http://www.jstor.org/stable/3711936, checked on 21/03/2017, p.249-250.

[9] Por ejemplo, Beltrán se vale del concepto de secularización de Tschannen, quien apela al eclecticismo para tratar de disimular la irrelevancia de la secularización como categoría de análisis de un mundo marcado por la presencia de la religión en el ámbito público. Lo curioso es que, con todo y eso, dicho concepto es incapaz de dar cuenta de la relación problemática que la religión y la política tiene en el caso colombiano. Beltrán Cely, William Mauricio (2013): Del monopolio católico a la explosión pentecostal. Pluralización religiosa, secularización y cambio social en Colombia. Primera edición., Bogotá Colombia: Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá (Lecturas CES), p. 23.

[10] Siepierski, Paulo D. (1997). Pós-Pentecostalismo e Política no Brasil. In Estudos Teológicos, v. 37, n. 1, p. 47-61, 1997, p.56.

[11] Uribe Uribe, Rafael (1912): De cómo el Liberalismo Político Colombiano no es Pecado. Edición dispuesta por el Cuerpo de Consejeros de la Dirección Nacional del Partido Liberal para su distribución gratis. Bogotá Colombia: Casa Editorial de “El Liberal”. Available online at http://babel.banrepcultural.org/cdm/ref/collection/p17054coll10/id/2342, checked on 3/15/2019.

[12] Cervantes Saavedra, Miguel de (2015): Don Quijote de la Mancha. Edición conmemorativa IV centenario Cervantes, reimpresión corregida y aumentada. Madrid: Real Academia Española; Asociación de Academias de la Lengua Española, p. 667.

Autor entrada: David Aleans

David Aleans
Historiador de la Pontificia Universidad Javeriana. Sociólogo de la Humboldt-Universität zu Berlin.

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