Pelea en un bar entre conductualistas y racionalistas (con contexto para el lector no conocedor)

Kahneman va donde el que estaba hablando por su grupo (conducualistas) y le dice que se calme, que está a punto de actuar con la parte rápida de su cerebro y que eso no va a salir bien.

Imagen tomada de https://bit.ly/2OrEAe5

Tomado de https://www.descartesenbata.com/home/2019/3/22/pelea-en-un-bar-entre-conductualistas-y-racionalistas, publicado por autorización de Andres Mejia Vergnaud, autor del texto.

Quiero relatar esta escena que ocurre en el bar del cielo de la filosofía.

En ese bar, muy concurrido, parece haber una creciente tensión entre dos grupos que concurren allí siempre por separado.

Me dicen que en el primer grupo hay caras conocidas: que están William Stanley Jevons, Gary Becker, James Buchanan, Mancur Olson, Thomas Schelling, y otros. Dicen que a veces incluso pasa y saluda Adam Smith. En el otro grupo, me dicen, hay caras mucho más conocidas y famosas, al punto de que últimamente es normal que se les acerquen a tomarse selfies con ellos y a pedirles autógrafos: allí están Daniel Kahneman, Amos Tversky, Richard Thaler, Dan Ariely, y otros. Como habrá intuido el lector experto, se trata de grupos que se dividen alrededor del problema de la decisión humana, de cómo tomamos decisiones los seres humanos, particularmente en el contexto de nuestra actuación con respecto a otros o en grupos. (Lector no experto, si quieres algo de contexto sobre la discusión, lo puedes encontrar bajando hasta el final del relato, o en otra página haciendo click aquí).

Me dicen que la tensión llegó al rojo vivo una tarde cuando, tras recibir la visita de varios reporteros y firmar varios autógrafos, los miembros del segundo grupo estaban exultantes y un tanto presumidos. Los del primer grupo, callados, los miraban con algo de resentimiento. Hasta que a alguien se le soltó un comentario, y empezó el enfrentamiento que transcribo a continuación. Para no personalizar la cosa, indicaré simplemente el bando del cual venía cada intervención. A los primeros los llamaré racionalistas y a los segundos conductualistas (abreviaturas RATIO y COND).

COND: (Risas) Déjelos. Qué culpa tenemos de ser famosos. Y yo entiendo que estén así de resentidos: total, el trabajo de ellos es muy inferior al nuestro, porque ellos parten de una idea insostenible de racionalidad humana.

RATIO: A ver, a ver, a ver. Pongamos las cosas en su sitio. Que ustedes están de moda, nadie lo discute. Pero incluso ustedes mismos con su “teoría” (risitas) deberían saber que esas modas son irracionales y pasajeras. Son como las fiebres y las burbujas del mercado, pregúntenle a su amigo Shiller.

—Se refiere a Robert Shiller, quien no está en el bar porque está estudiando sus movidas bursátiles de mañana—

COND: Bueno, por favor, vamos bajándole a la agresividad. Aquí no hemos dicho nada que no sea cierto. Lo único que hemos dicho es que ustedes y todas sus teorías están construidas sobre una presuposición falsa, una idealización. Acéptenlo, es verdad, ustedes arrancan sobre la base de que los individuos actúan como “maximizadores racionales de utilidad”, y así construyen ustedes todos sus modelos. ¿Y nosotros qué hemos hecho? Pues demostrar que esa presuposición es falsa, demostrar que no existe esa racionalidad que ustedes asumen.

RATIO: Lo que hay que oír. Dizque “demostrado”. ¿Me puede indicar, por favor, si es tan amable, cómo lo han “demostrado”?

COND: ¿No ha leído nuestros libros? Muy raro porque son tremendos best-sellers. (En voz baja hacia el grupo: no como esos ladrillos de ellos —risas de los amigos). Hasta hemos salido en películas de Hollywood. ¿Se imaginan una película de La lógica de la acción colectiva de Mancur Olson? zzzzzzzzz (risas estridentes).

RATIO: Pues sí, cómo le parece que sí hemos leído todos sus libros, y la verdad muy entretenidos, los felicito. Muy simpáticos. Pero les pregunto: ¿fuera de ser muy entretenidos y muy novedosos, qué valor tienen?

COND: ¿Cómo que qué valor tienen? ¿Le parece poquito haber demostrado que es falsa una presuposición sobre la que se han basado durante doscientos años ciencias como la economía, y las teorías de la decisión? ¿Le parece poquito?

RATIO: Por ahora no le voy a discutir la expresión “demostrado”, de eso hablamos más tarde. Lo que está por verse es para qué sirve esa supuesta demostración.

COND: ¿Perdón? ¿Cómo que para qué sirve? Pues para desenmascarar ese presupuesto falso sobre el que están basadas tantas teorías de la decisión, y sus aplicaciones en la economía, en el estudio de los conflictos, las negociaciones, la toma de decisiones colectivas, en fin, tantas teorías basadas sobre un supuesto falso. Todas las teorías de ustedes.

RATIO: Me alegra que me dé la razón.

COND: ¿Perdón? No le entiendo.

RATIO: Gracias por pronunciar la palabra clave: “teorías”. Supongamos que admito en gracia de discusión que el presupuesto de la racionalidad individual no se sostiene en la experiencia. Y no le niego, tiene muchos problemas, es verdad que en la práctica la gente toma decisiones que no siempre siguen ese postulado. Pero por lo menos nosotros hemos hecho teorías: hemos construido modelos generales de la decisión humana, sí, en todos esos dominios que usted mencionó. Y le cuento: son modelos bien elaborados y sofisticados, aplicables, y muchos están en uso.

COND: Pues me perdona pero no sé qué gracia tiene eso. ¿Si el fundamento es débil y problemático, de qué sirven los modelos basados en ese fundamento?

RATIO: Veo que ustedes por andar saliendo en películas no han reflexionado sobre lo que es una teoría científica. La ciencia no puede ser una colección de anécdotas. El conocimiento científico consiste en modelos, teorías, que son generalizaciones en el buen sentido de la palabra: contienen enunciados generales sobre lo que pasará con cierta cosa, dadas ciertas circunstancias. ¿O es que nunca estudiaron física o química en el colegio? Así son las teorías científicas: no le dicen lo que pasó ayer con esta galaxia o con esta molécula, o cómo salió tal o cual experimento, sino le dan una generalización de cómo se comportan las galaxias y las moléculas en ciertas condiciones. Nosotros tenemos eso, tenemos teorías. A ver, ¿dónde están las teorías de ustedes?

COND: Esto sí es el colmo. Venir ustedes a hablarnos de ciencia. Me parece que el que no estudió en el colegio fue usted. Venga le aclaro algo: la ciencia es empírica y experimental, y lo de ustedes no tiene nada de empírico ni de experimental. ¿No dijo que había leído nuestros libros? Pues no parece, porque si los hubiera leído habría visto todos los experimentos que documentamos ahí.

RATIO: Le repito, los he leído y me han parecido muy entretenidos. Y no le voy a negar que los experimentos me han parecido hasta cautivadores. Algunos son sorprendentes. Pero cierra uno el libro, llega al final, y no encuentra la ciencia. ¿Qué encuentra uno? Una serie de relatos de lo que pasó en tal o cual experimento. Casi que un anecdotario.

COND: Pues ahí están los experimentos. Esa es la ciencia. No sé qué más quiere.

RATIO: Teorías. Lo que falta son teorías. ¿Se imagina que los libros de física fueran relatos de experimentos y experimentos? No, usted lo que encuentra en un libro de física o de cualquier ciencia son teorías. Que seguramente arrancan con observaciones y con experimentos. O que se ponen a prueba con observaciones y con experimentos. Pero son teorías, son modelos construidos con generalizaciones, y le recuerdo que esas generalizaciones se llaman leyes. Los libros de ustedes son llenos de historias con experimentos que han hecho dizque para probar que los humanos somos irracionales, pero se quedan ahí, en los casos: no han podido dar el paso a la teoría.

–En ese momento llega un mensaje de voz por WhatsApp de Robert Shiller, que transcribo: “A mí me hacen el favor me dejan por fuera de eso. Yo sí tengo teoría, o por lo menos he tratado de hacerla. Yo sí propongo generalizaciones, en mi caso sobre la conducta de los participantes del mercado de valores. Y les pongo un ejemplo: que cuando un activo sube de precio, la gente tiende a creer que va a seguir subiendo”.–

Racionalistas y conductualistas se quedan callados un rato. Hasta que vuelve a empezar la discusión:

COND: Bueno pues, a ver, “señor teoría”. ¿Entonces a usted qué es lo que le serviría? ¿Según usted qué tenemos que hacer?

RATIO: Muy sencillo. Sobre la base de sus observaciones y de sus experimentos, hagan una teoría de la conducta humana y de las decisiones humanas. Empiecen con unas primeras leyes y vayan haciendo conjeturas sobre sus derivaciones específicas. Así arman un modelo general, con leyes, y eso es lo que es una teoría científica. Si quiere le prestamos nuestros libros para que aprendan cómo se hace.

COND: No muchas gracias, ya me leí sus “librozzzzzz” (risas). Y no necesitamos que nos pongan de ejemplo teorías como las de ustedes que no tienen el elemento empírico, no tienen observaciones ni experimentos, sino que se inventan un supuesto y a partir de ese supuesto hacen deducciones. Así cualquiera. Aprenda de nosotros, que sí nos hemos puesto las botas y nos hemos metido al barro, y en vez de suponer cómo es la conducta humana hemos ido a ver en la experiencia cómo es realmente (aplausos del grupo).

RATIO: Hombre, vea. No le voy a negar que el intento tiene mérito. Pero les recomiendo que dejen ya de andar alardeando de sus tales métodos empíricos. ¿O es que cree que no nos hemos enterado de que mínimo la mitad de sus tales experimentos son inservibles?

COND: (Furioso) ¿Inservibles??? ¡Me hace el favor y respeta!!

RATIO: Pues que pena si se sintió ofendido pero mire nada más lo que estaba leyendo esta tarde. Un artículo sobre la “crisis de la replicación en las ciencias sociales”. Experimentos mal diseñados, resultados alterados, redondean los números para que den lo que ustedes quieren, experimentos que no logran replicarse luego… en fin… Y mire: sin irnos tan lejos, no nos vengan a decir que unos experimentos que hacen con unos grupos pequeñitos, casi siempre de estudiantes universitarios, van a poder arrojar conclusiones sobre cómo deciden y actúan los seres humanos. Un poquito de seriedad, por favor.

En ese momento sube la tensión y parece que va a haber pelea. Kahneman va donde el que estaba hablando por su grupo (conducualistas) y le dice que se calme, que está a punto de actuar con la parte rápida de su cerebro y que eso no va a salir bien. En el otro lado, Mancur Olson está calculando qué grupo será el primero en movilizarse hacia la pelea, como función del tamaño del grupo y de los incentivos individuales para actuar con el grupo o irse por su propia cuenta. La cosa solo se calma cuando Thomas Hobbes, cliente del bar, dice que la única solución es llamar a la policía.

Desde afuera, otro grupo de amigos observa la pelea, con ganas de intervenir. Ellos sostienen que uno y otro lado se equivocan, y que el comportamiento social puede estudiarse de manera física, del mismo modo como se modela el comportamiento de las moléculas de un gas, valiéndonos de nuestra cada vez mayor capacidad de procesamiento de datos. Pero no se les dejó entrar al bar por ser menores de edad.

La noche termina. El bar se va desocupando. El dueño del bar se queda pensando en todas las peleas similares que ha visto en su larga vida, tan larga como la eternidad. Solo espera que a la salida se pongan a conversar los dos grupos, ya calmados los ánimos. Que tal vez mañana desayunen juntos. Y quién sabe, que tal vez empiecen a trabajar en conjunto para producir, dentro de unos años, una teoría de la decisión humana que modele de verdad la manera como tomamos las decisiones, y que esa modelación pueda dar origen a una teoría estructurada, con sus leyes, con sus matemáticas, y con todas sus aplicaciones en la resolución de problemas sociales.

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Algo de contexto:

La ciencia trata de entender realidades de todo tipo, y trata de hacerlo mediante modelos a los que llamamos teorías científicas. Una de las realidades más difíciles de modelar es la de las decisiones humanas, particularmente cuando ellas ocurren en contextos grupales o sociales: cuando tenemos que tomar decisiones cuyo resultado también dependerá de las acciones de otros. Esto, que en principio suena tan abstracto, es la realidad subyacente y fundamental de la economía, la política, los conflictos, la organización social, el comercio, todo tipo de transacciones, las negociaciones, los acuerdos, en fin, todo aquello cuyo resultado dependa de las acciones y decisiones de varias personas.

Desde finales del siglo XVIII, empezó a tomar fuerza una alternativa: la de arrancar por un cierto supuesto sobre la decisión humana, y a partir de allí elaborar teorías. Se asume ese supuesto porque parece autoevidente, parece que no necesita prueba: el supuesto es que los humanos, al tomar decisiones en estos contextos, hacemos lo posible por llevar al máximo aquello que queremos o valoramos, y en ese sentido decidimos. La idea no es ni siquiera moderna (se le menciona -y de hecho se le cuestiona- en el diálogo Protágoras, de Platón). Es una idea que además parece sensata y lógica: ¿quién no va a actuar en pos de lo que le conviene? En el siglo XIX ese proceder tomó vuelo, y sobre su base se dio el gran desarrollo que la teoría económica vivió en ese siglo, la llamada “economía neoclásica”, que al día de hoy sigue siendo el paradigma dominante en el análisis económico. El fundamento de sus teorías suele ser el supuesto de que los individuos, al tomar decisiones (decisiones de consumo, por ejemplo, o de empleo de sus recursos) se comportan como “agentes racionales maximizadores de utilidad”, es decir, sus decisiones consisten en hacer un cálculo sobre cuál es la alternativa que más elevará su bienestar, y decidir en esa vía.

En el siglo XX estas teorías se siguieron desarrollando, y de manera muy intensa. Pasaron a muchos otros dominios de análisis, como los conflictos y las guerras, las negociaciones, la sociología, y la política. Ejemplos: la teoría de juegos, que busca modelar de manera formal la toma de decisiones en contextos donde hay otros actores: esta teoría ha tenido múltiples aplicaciones, desde lo comercial hasta el análisis de las guerras (en lo que se destacó Thomas Schelling, mencionado en el relato); la teoría de la decisión pública (Public Choice), que busca modelar la manera como los humanos decidimos en el ámbito político (se debe sobre todo a James Buchanan y a Gordon Tullock); el análisis de la decisión humana en el contexto de acciones colectivas, debido principalmente a Mancur Olson; Gary Becker extendió este método de análisis a problemas sociales como el crimen y la droga.

Sin embargo, como podrán imaginarse, ha habido siempre algo de inquietud acerca del supuesto sobre el que se basan estas teorías. Todos, intuitivamente, hemos experimentado momentos en los que no actuamos racionalmente: actuamos con ira, con miedo o con valentía; actuamos sin considerar nuestro bienestar de largo plazo; actuamos manifestando preferencias no racionales, por ejemplo hacia cosas que simplemente nos gustan. En la segunda mitad del siglo XX, varios investigadores empezaron a trabajar en el estudio de estas fallas de la racionalidad usando métodos experimentales. Los pioneros de este trabajo fueron los israelíes Daniel Kahneman y Amos Tversky, y sus hallazgos fueron fascinantes, pues observaron muchas circunstancias en las que las decisiones efectivas de los sujetos experimentales se alejaban del postulado de decisión racional. Les siguieron muchos otros, y al día de hoy existe un campo muy en boga llamado “economía conductual” (behavioral economics), que aplica estos métodos al análisis de problemas económicos. Tal vez donde más avances ha hecho esta disciplina es el análisis de los mercados de capitales, pues estos permiten ver muy fácilmente la existencia de fenómenos irracionales colectivos, como lo que llamamos burbujas especulativas. Por cierto, un precursor de la economía conductual es el periodista y escritor escocés Charles Mackay, quien en 1841 publicó un voluminoso libro cuyo título me encanta: Recuento de delirios populares extraordinarios y de la locura de las masas (Memoirs of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds).

Nos encontramos, hoy día, en una situación que podría describirse así: todos sabemos que el postulado de decisión racional es falso, o al menos no funciona en todos los casos. Sin embargo, a pesar de esto, las teorías que le asumen como fundamento han llegado a ser muy sofisticadas, y si bien no en todos los casos funcionan, han resultado útiles para entender numerosos fenómenos sociales, y para actuar en ellos. En otros no tanto. De nuevo, el caso más prominente es el mercado bursátil, donde el postulado de acción racional, manifestado en una teoría a la que se llama “hipótesis del mercado eficiente”, es inútil para entender y predecir movimientos muy importantes de esos mercados. Por otra parte, todos los avances en el análisis experimental de la conducta nos han convencido, y nos seguirán convenciendo, de la necesidad de revisar o reformular nuestras presunciones sobre la decisión humana. Pero hasta ahora, esos análisis experimentales casi no han dado lugar a teorías más estructuradas.

Con este contexto, espero puedan disfrutar del relato.

Autor entrada: Escritor Invitado