Individualismo

“Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.

Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.

No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que antenoche soñaste.

Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide, el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero Einar Tambarskelver, Luis de León, el librero que engendró a Samuel Jonson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle, un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.

Un solo hombre ha muerto el Ilión, en el Metauro, en Hastings, en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.

Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.

Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.

Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua, el sabor de las frutas y de la carne.

Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.


Norman, Oklahoma.”

 

Jorge Luis Borges

“Tú” (“El oro de los tigres” – EMECÉ – 1972)

 

 

¿Por qué empiezo con Borges? Disculpen, es que siempre, desde que lo descubrí, empiezo y terminó en él. Aún cuando todavía no lo había descubierto, Borges ya daba vueltas en mi cabeza, sin yo siquiera saberlo.

 

Siempre que miraba la realidad, tratando de desentrañar sus misterios y analizar sus detalles, terminaba pensando en personas. Viendo que todo empieza y termina en el individuo. En los individuos, en todos. Él, vos y yo podemos, si queremos, ser Nosotros, pero Nosotros jamás será él, vos o yo.

 

Si una cosa caracteriza a los enemigos de la Libertad, es la de recurrir a los colectivos, a los sustantivos que representan grupos de individuos pero que los invisibilizan. Se estudian los supuestos comportamientos de las personas partiendo de conjuntos, se llega a conclusiones a partir de ese análisis colectivo de la realidad y se termina tomando decisiones que apuntan a esos agregados de individuos, pero que terminan causando siempre graves daños en uno, varios o, a veces, todos los integrantes del grupo.

 

Por eso es necesario encontrar la forma de estudiar y llegar a conclusiones, en el ámbito de las ciencias sociales, desde un punto de vista del individuo. Formulando o descubriendo, en consecuencia, leyes universales que se cumplan más allá de las particularidades de cada individuo.

 

Aún asumiendo que aquel que toma una decisión que afectará a un conjunto de individuos sea honesto y tenga las mejores intenciones, esas decisiones pueden llegar a causar daños terribles a los integrantes del conjunto. Y la famosa búsqueda del “Bien común” se ve truncada porque al final del día habrá quienes no hayan alcanzado ningún “Bien Individual”.

 

¿Hay alguna forma de que todo individuo alcance su propio bien? No, y es imposible saberlo de antemano. Es imposible tener la certeza de que todos estarán mejor. Solo podemos enterarnos del “bien” o el “mal” que causó una decisión colectiva, luego de que fuera llevada a cabo, cuando el daño o el beneficio han ocurrido.

 

Un buen ejemplo de esto son las leyes de Salarios Mínimos.

 

Los gobernantes al ver que grandes sectores de la sociedad están en la pobreza y consideran que es a causa de que sus salarios no cubren necesidades que ellos mismos, arbitrariamente, dictan leyes que establecen un monto fijo y común para los salarios que los empleadores deben pagar a sus empleados.

 

Generalmente, estos gobernantes, sesgados por ideologías, toman estas medidas ignorando que las condiciones previas no son valoradas de la misma manera por cada individuo.

 

En un mercado libre, la oferta y la demanda varían según incontables factores que, sí o sí, escapan de la mirada del gobernante. En ese mercado sin intervenciones gubernamentales, para una determinada tarea, se habrá generado espontáneamente un salario medio que guiará los acuerdos entre empleadores y empleados. De todos modos, seguramente existirán empleados dispuestos a trabajar por salarios menores al del mercado, y seguramente existirán empleadores que no tendrán problemas en pagar cifras superiores.

 

Una vez que el gobernante promulga una “Ley de Salario Mínimo”, estableciendo un monto fijo y común para esa tarea, muchas personas dispuestas a trabajar por menos, ya que entre otras razones, puede que su productividad sea inferior a lo que el empleador espera, quedarán desempleadas.

 

A pesar de las buenas intenciones del gobernante, la situación que él antes veía como “mala”, ahora, luego de su intervención, se ha vuelto peor. Al principio se tenían trabajadores que ganaban bien y otros que ganaban poco y eran pobres. Luego de la intervención, hay quienes siguen ganando bien, otros que siguen siendo pobres, pero se agregan personas que no encuentran empleo.

 

Hay tres obreros, A gana $20, B gana $10 y C gana $5. El interventor establece $10 como mínimo. Entonces A y B siguen ganando $20 y $10, respectivamente, pero el salario de C es de $0, ya que ahora está desempleado.

 

Sugiero que, si les interesa el análisis de las nefastas consecuencias de las leyes de Salario Mínimo, indaguen en profundidad este asunto ya que lo que aquí he expresado no es más que un simple un ejemplo.

 

Ahora bien, pensemos en qué es lo que el gobernante debiera haber hecho y que no, a la hora de analizar la situación y tomar medidas.

Antes de avanzar, y para que no me acusen de anarquista (acusación válida… ¡lo soy!), vamos a asumir que es necesario un gobierno.

 

El gobernante estima que hay pobreza y toma la medida “colectiva” de establecer un valor estándar y fijo para los salarios de los trabajadores. El gobernante está tomando al colectivo “Los trabajadores” como sujeto de estudio, ignorando que el único sujeto real de estudio es el individuo. Hay distintos trabajadores, que perciben diferentes salarios.

 

Pero me dirán: “¡Es imposible que el gobernante conozca la realidad de cada trabajador!”. Y están en lo cierto, ese es el problema que estoy queriendo “solucionar”.

En el ejemplo tenemos solo tres individuos, y la decisión colectiva del gobernante terminó afectando a alguien. Pero la realidad es muchísimo más compleja. Son millones de trabajadores, con una cantidad exponencialmente mayor de situaciones particulares de cada uno de esos obreros. No puede, es imposible que el “Regulador” logre hacerse con toda esa información y por tanto, la medida que tome estará dejando en el camino incontables realidades que él ignora.

 

Ahora me dirán: “Pero dijiste que es necesario un gobierno… ¿Para qué es necesario, entonces?”

Sin dudas que para establecer un arbitrario salario mínimo, este gobierno no es necesario. Ya que el Mercado lo ha regulado previamente. Debido a su superioridad moral, el Mercado, a pesar de establecer espontáneamente un salario medio, deja libertad a los actores de cobrar menos si quieren o de pagar más si lo desean.

Entre algunas de las poquitas funciones que se le podrían permitir a este acotado gobierno, podríamos destacar la de velar por el cumplimiento de los contratos.

El contrato genera derechos y obligaciones al momento de firmarse. Derechos que deben respetarse y obligaciones que deben cumplirse. Pero sabemos que el ser humano tiene una naturaleza particular y entre sus características se encuentra la de ser irrespetuoso de los derechos ajenos y la de esquivar obligaciones.

Esto es así, no podemos pretender una sociedad de hombres todos buenos y honestos. Debemos jugar con estas reglas naturales.

 

Este gobierno debe estar atento para el momento cuando las normas que se generan de los contratos voluntarios entre los individuos sean incumplidas, intervenir y subsanar dichos problemas. ¡Ojo! No debe regular los contratos, simplemente debe recibir las denuncias de incumplimientos de los mismos.

 

Los liberales, libertarios, anarquistas liberales, etc., no negamos la existencia de los colectivos, pero sabemos que no es una existencia ontológica. Ningún grupo de personas existe si no tiene personas “dentro”.

 

Argentina no exporta trigo, hay algunos individuos dentro del “colectivo” llamado Argentina que exporta trigo. Como así también hay otros individuos que exportan otras cosas, otros que importan y otros que no hacen ninguna de las dos cosas.

 

Los liberales no están en contra de la existencia del Estado, “habemos” liberales que queremos abolirlo, otros que lo quieren reducido a su mínima expresión y otros que lo quieren cumpliendo algunas cuantas funciones más.

 

Por lo tanto, debido a la multiplicidad de realidades individuales, toda medida colectiva terminará siendo siempre dañina para el conjunto de individuos en su totalidad o en parte.

 

Los liberales somos acusados de individualistas, hasta se nos señala como atomistas. Pero la realidad es otra, completamente distinta.

 

Dentro del ideario liberal está la defensa de los intercambios voluntarios como base de todo el sistema capitalista y de libre mercado. Por tanto, para que existan esos intercambios tiene que participar más de un individuo.

 

El capitalismo, en una definición sencilla, es un sistema por el cual llevar adelante los proyectos de vida del individuo. Su esencia se encuentra en conceptos e instituciones como el trabajo, el ahorro, la inversión y los resultados (ganancias y pérdidas). Pero todos esos conceptos no se pueden explicar si no existe una sociedad alrededor del individuo que “hace capitalismo”.

Una persona trabaja para generar bienes que serán consumidos por otros. Podría hacerlo para consumirlos él mismo, es verdad, pero una vida en solitario, trabajando de sol a sol para cubrir la mayor cantidad posible de necesidades (que se cubrirán muy pocas e ineficientemente) sería una vida miserable.

El ahorro, la inversión y la producción, carecen de sentido si la persona no es parte de una sociedad. Las ganancias y pérdidas se explican por el beneficio que la persona aporta a esa sociedad.

Cuando hablamos de Mercado hablamos de sociedad, por tanto, el tan anhelado Mercado Libre, no es otra cosa que la Sociedad Libre.

 

Pero de nuevo, al analizar lo antes dicho, no debemos caer en el error de hacerlo desde “lo colectivo”. Los capitalistas, los trabajadores, el Mercado, la Sociedad, son simples grupos de individuos y nada tiene sentido si no se tiene en cuenta esto.

Y volvemos al principio de todo, al tiempo en el que Adam Smith dijo:

 

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.”

 

Sin dudas, son acciones individuales, que a pesar de estar impulsadas por intereses propios, privados y hasta en algunos casos, profundamente egoístas, las que al final causan un bienestar concreto a la sociedad.

 

En conclusión, si el derecho, la economía y tantos otros aspectos de la vida en sociedad, fueran analizados desde un punto de vista “individualista” y se obrara en consecuencia, respetando en todo sentido y momento al individuo y sus derechos, otra sería la historia.

 

Pero hay un grave problema: Los individuos a los cuales los liberales queremos llevarles estas ideas, están convencidos de que la cosa funciona así. Convencidos de que cualquier colectivo es más importante que ellos mismos. De que el “Bien Común” está por encima del propio.

Este convencimiento que tiene todas las características de adoctrinamiento, ha provocado que los individuos olvidaran una de las palabras más poderosas del universo: “Yo”.

 

 

Al igual que Borges dio vueltas siempre en mi cabeza, aún antes de haber leído un solo párrafo de sus obras, la inigualable Ayn Rand, también lo hace y los hizo siempre:

 

“Y aquí, en el portal de mi fortaleza, grabaré en piedra la palabra que ha de ser nuestra antorcha y nuestra bandera. La palabra que nos hablará de nuestra bendición y de nuestro valor. La palabra que no morirá, aunque pereciéramos todos en la lucha. La palabra que no puede morir sobre esta tierra, porque es su corazón, su espíritu y su gloria. La palabra sagrada:

Yo.”

Ayn Rand

(“Anthem” – 1938)

 

Autor entrada: Gastón Gardela