La lucha en la migración:  El sentir no sentir

Se reconoce que la migración posee un efecto transformador en la realidad de los individuos migrantes y no migrantes o aquellos que permanecen en los lugares de origen

Madre e hija despidiéndose en el aeropuerto. Tomada del vídeo LA SORPRESA: Dedicado a todos los que están lejos. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=qxu5W4bj4I8

 

Este texto, a diferencia de otros que he escrito para la revista, tiene una reflexión en torno a mi historia de vida. Inicié con el proceso de reflexión unos meses atrás, cuando en mis lecturas llegó la tesis de maestria de una gran amiga, titulada “Otra cara de la diáspora colombiana: un socioanálisis de una hija de la migración maternal”  (Duarte, 2018). Dicho escrito me sacó más de una sonrisa y una lágrima, aunque suene poético, fue un texto que llegó a lo más profundo de mi ser; la historia, la de ella, la de Tatyana, me permitía identificar muchos elementos sobre mi presente.

En el año 2017 emprendí un proceso de migración, un poco diferente al que viven muchas personas en la actualidad. Migré a México, el país que abrió sus puertas para brindarme la posibilidad de estudiar un posgrado, de hacer mi proyecto de vida encaminado al estudio científico. Como yo, muchos jóvenes han migrado o se han establecido por periodos cortos en otras partes del mundo, ya que las ayudas para estudiar un posgrado en nuestro país de origen son casi nulas, entre otros factores.

Mi estadía en un país diferente cambió la forma de sentir Colombia, de sentir a la gente y de sentir mi cotidianidad. Cuando volví pasados unos meses en son de visitar a mi familia, tuve la sorpresa que aquella realidad que viví por más de 21 años ya no era parte de mi realidad. Comprendí que, en cierta medida, el lugar que concebía como mi hogar era un territorio desconocido, tan desconocido que hasta mi propia cama era algo ajeno para mí. Entendí en ese momento las reflexiones sobre el retorno que presenta Mestries (2013) sobre el migrante, el volver al país de origen pone en juego la capacidad de adaptación y permite visualizar desde una lejanía las oportunidades en un país como el nuestro.

A partir de ello, y de la lectura del texto de Duarte, decidí preguntarles a aquellos amigos que habían migrado por razones educativas, de conflicto, de régimen político, entre otros factores qué sentían a la hora de volver a su país por unas semanas o unos meses, o incluso, qué sentían al no volver. Además, tuve la oportunidad de charlar con algunos chicos que realizaron un intercambio académico, notando que la nostalgia y la reflexión sobre el no sentir el hogar como el hogar era repetitivo, no exclusivo del migrante. En este sentido comprendí en parte lo que Duarte menciona:

Se reconoce que la migración posee un efecto transformador en la realidad de los individuos migrantes y no migrantes o aquellos que permanecen en los lugares de origen. Debido a ello, se ve permeada y transformada la institución familiar, a tal punto que modifica los lazos y las redes sociales que se suscriben a esta, dando lugar a mutaciones objetivas y subjetivas en las trayectorias de vida de por lo menos dos generaciones, y que tienen efectos a largo plazo, especialmente en la moratoria social de aquellas que eran menores de edad al momento del éxodo (2018, p. 29).

Y la transformación de nuestra realidad, de mi realidad, ha sido muy notoria, y más en nuestros tiempos modernos. Las dinámicas sociales cambiaron de manera notable. Muchos migrantes, como yo, Alexander, Laura, Daniel, Karen cambiaron su forma de interactuar con su hogar, con aquellos seres que de una forma u otra los hacen sentir queridos. Aplicaciones como Skype, Hangouts y WhatsApp permiten conectar corazones a la distancia: una charla o una llamada permite que se desarrollen nuevos lazos, nuevas formas de interactuar de una manera casi impersonal. Recuerdo que con mamá intentamos hablar muy seguido, las videollamadas han pasado a ser el elemento que nos permite sentir al otro. De esta manera, un nuevo integrante se sumó a la familia, el celular o el computador entraron a ser parte de la institución familiar.

Pero esto no solo pasa con la familia, sucede con los amigos, con las parejas y con el resto de los seres que entran en la dinámica interactiva de hablar tras una pantalla. Estas mutaciones han llevado a que el éxodo que vivimos sea más tratable en el andar, la inmediatez de las redes sociales y los medios de comunicación nos han ayudado de manera significativa. Siguiendo con Duarte (2018, 31) encontramos que “las mayores consecuencias de la migración recaen de forma directa en la familia”, nuestra situación familiar, la de muchos, se ha fortalecido, el lazo y la oportunidad que se tiene de socializar con la familia es tan limitada, que los momentos valiosos que vivimos con ellos por Skype o WhatsApp nos llenan de alegría y energía; y al regresar por temporadas a casa se percibe esa unión.

Cuando emprendí el proceso de hablar sobre la migración, conocí a Alexander, un amigo de un viejo amor que me contó parte de su historia, la cual la tituló migrar:

Justo a mi regreso a Rennes, Francia, donde vivo hace un poco más de un año, me encontré con una charla de Ted en donde se sugiere no preguntar: ¿De dónde eres? y mejor preguntar: ¿De dónde eres un local? La presentadora en varias frases remarca la idea de que si bien nosotros venimos de un país, este país no nos representa, nos representan las experiencias que tenemos, nuestras costumbres y personas con las que nos relacionamos en el día a día y cuando en mi día a día, […] es fácil llegar a la conclusión que soy un ciudadano no del mundo sino de mundos y que la nacionalidad no define quien soy o quien seré porque constantemente estoy cambiando de acuerdo al lugar en donde esté y que con ello cambian mis costumbres, ideas y formas de expresarme. (Ferreira, 2019)

Ese pensar de Alexander lo compartimos muchos migrantes, los cuales nos presentamos como ciudadanos del mundo, creando lazos de fraternidad con más migrantes de diferentes partes del mundo. Esos lazos los pude ver en mi país, Colombia ha sido uno de los países donde más migrantes venezolanos han llegado, personas que han tenido que guerrear constantemente contra la xenofobia y la falta de oportunidades que les presenta los países que los acogen. En esta historia de Venezuela, resalta la historia de Daniel, un chico que conocí por redes sociales que me contó parte de su historia, de aquella trayectoria que tuvo que vivir para establecerse en un país diferente, un joven actor que salió huyendo de la dictadura de Nicolás Maduro. Él, como miles de migrantes venezolanos saben lo difícil que es salir de su hogar, así sea por gusto o no, de dejar su historia inconclusa en un país y empezar una nueva en un lugar totalmente desconocido.

La historia de Daniel y la de miles de migrantes me hizo reflexionar que, a fin de cuentas, todos los que hemos decidido migrar tenemos la convicción de hacerlo para mejorar nuestra situación y la de nuestra familia, de buscar nuevas oportunidades. En los países, en los aeropuertos, todos los extranjeros somos iguales, los llantos nos identifican como seres de lucha, como seres que tendrán que sufrir la burocracia, la xenofobia y la falta de cariño por estar lejos del hogar. En estos momentos recuerdo aquella canción de Reymar, la artista venezolana que pasó la frontera para ser la voz de todos los migrantes – o al menos así lo he sentido. La letra dice así:

Y yo decía: ¿Cómo carajo se hace esto?
Dejar mi casa, mi familia, mis afectos
Dejar mi tierra y mis amigos
Porque no todos se vienen conmigo

[…]

Ser inmigrante no es jodedera
Y el que diga lo contrario que lo diga desde afuera

Y es así, la lucha del migrante, la del sentir no sentir, se convierte en el pan diario, somos ciudadanos del mundo, hemos derramado lágrimas en los aeropuertos y terminales, hemos contado historias dentro de nuestro andar y hemos dado los abrazos más sinceros que nunca se pueden dar al despedir nuestra familia, al despedir esa parte de nosotros que se queda en nuestro lugar de nacimiento, el cual se transfigura como un lugar más de todos aquellos donde viviremos, ya que al volver no le sentiremos como nuestro, ya no sentiremos que ese sea nuestro lugar.

Hoy finalizo este escrito, un poco anecdótico, recordando con lágrimas aquel último abrazo que le di a las personas que me despidieron en el aeropuerto, en especial a mi mamá, al ser que permitió que los afectos crecieran y que emprendiera la lucha de ser parte de la migración en busca de cumplir los sueños. Para mis hermanos migrantes, un abrazo caluroso que nos recuerde la tierra del olvido, para Alexander, para Laura, y para todos aquellos que compartieron parte de su historia. En el futuro, el reencuentro será la posibilidad de que recordemos aquel sentir silencioso.

Referencias

Duarte, T. (2018). Otra cara de la diáspora colombiana: un socioanálisis de una hija de la migración amternal [Tesis de maestría]. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Ferreira, A. (2019). El migrar. Renes: Documento inédito.

Mestries, F. (2013). Los migrantes de retorno ante un futuro incierto. Sociológica (México). Obtenido de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-01732013000100006

 

Autor entrada: Miguel Ángel Montáñez Pardo

Miguel Ángel Montáñez Pardo
Miguel Ángel Montáñez Pardo es Lingüista de la Universidad Nacional de Colombia.