La libertad como meta. Las utopías: motor de la evolución de las ideas

por Gastón “El Tucu” Gardella.

Sin dudas, vivimos el mejor momento de la historia de la humanidad y muchos sabemos que lo que viene será aún mejor. Pensar de aquí a diez años es casi como escribir una novela de ciencia ficción.

A pesar de todos los vaivenes de la política y la economía, el mundo sigue avanzando; sigue marchando a paso firme hacia un destino ideal. Pensar en cómo sería vivir en 2019 -sólo cien años atrás- era tarea de teóricos de la utopía y novelistas fantasiosos. Pero estamos aquí; llegamos a pesar de que muchos destrozaron a los locos que hablaban de un mañana mejor.

Esas utopías irrealizables del pasado -esos imposibles que tanto atormentaban a quienes nos precedieron- con el correr del tiempo se fueron convirtiendo en hitos de la historia humana y ni siquiera nos dimos cuenta cuando muchos de ellos dejaron de serlo. Es tal el grado de avance logrado, que un descubrimiento, una invención, una técnica hasta ayer cuentos de hadas, hoy son cosas tan cotidianas que pasan desapercibidas; no reparamos en su presencia, ni nos preguntamos siquiera cómo funcionan o cómo llegaron hasta aquí.

 

Lo que nos atañe, el mundo de las ideas, no escapa a este proceso de acelerada evolución.

No caben dudas de que las ideas son las que empujan todo ese proceso de avances y descubrimientos: el Curiosity paseándose por las áridas tierras de Marte y mandando twits, es algo concreto ¡Está allá, rodando por el rojo suelo marciano!

Sin embargo, todo ello fue alguna vez una idea loca en la cabeza de algún científico loco, digno de la más loca caricatura. Del mismo modo que de una idea nació el rover que se saca selfies en Marte, la forma en que la sociedad se organiza también proviene de ideas elucubradas por la mente de hombres y mujeres que imaginaron un mundo mejor.

Obviamente, hay ideas que superan a otras; que cuando son llevadas a la práctica producen efectos más o menos beneficiosos. El caso más notable de superioridad en la práctica es el de las llamadas Ideas de la Libertad.

Sólo unos cuantos siglos de vida le bastaron al Liberalismo para que diera grandiosos frutos. Y en solo los últimos dos, gracias a la defensa de las libertades individuales, la idea del mercado libre y el capitalismo, la humanidad comenzó a transitar el camino hacia la erradicación de la pobreza en la faz de la Tierra.

Pero no fue fácil ese camino. No fue fácil llevar a la práctica las teorías que estaban en los papeles, ni lo fue en el plano de la batalla de las ideas.

Cuando sobre el Viejo Mundo la oscuridad de los señores feudales aplastaba todo intento de evolución (avance social, económico y cultural) fueron las fuerzas indetenibles de las ideas que surgían desde abajo, las que llevaron al colapso a aquellas sociedades. Por entonces, a un sufrido siervo agricultor, solo le quedaban sueños y fantasías después de que el recaudador pasara a buscar “su parte”.

Así nació la marea burguesa que, sin importarle nada, acabó con aquella milenaria oscuridad, a fuerza de empresarialidad y comercio.

Sin dudas, para aquel siervo, la idea de un mercado entre dos pueblos, donde él y otros cientos de personas intercambiaran libremente los frutos de sus trabajos, era una inalcanzable y hasta inimaginable utopía.

Con el tiempo, nuevas oscuridades se cernieron sobre la humanidad. Los monarcas absolutistas interpusieron barreras difíciles de franquear. Fueron los idealistas liberales quienes afirmaban que los individuos eran capaces de derribar esas barreras y construir un mundo mejor. Utopía tras utopía, la Libertad ganó la batalla.

El sistema en el que vivimos hoy, es el resultado de la evolución de las ideas que acabaron con el absolutismo. La libertad del individuo dio rienda suelta a millones de pequeñas utopías, hasta dar forma al mundo de portentosas maravillas tecnológicas actuales. Esa indetenible carrera, sin un aparente final, arrancó con una revolución en la que no se disparó una sola bala, ni se desenvainó una sola espada. Una revolución de vapor, chimeneas y engranajes: la Revolución Industrial.

¿Y de dónde salió esa locura de pensar que un poco de vapor haría mover un artilugio mecánico? De las ideas y sueños de algún hombre. ¿A quién se le ocurriría qué endemoniadas cosas hacer con ese artilugio? A cientos de hombres que estaban a la búsqueda incesante de concretar sueños. Y, de nuevo ¡otras utopías!

Me gusta imaginar a los Hermanos Wright contándole a sus paisanos la loca idea de un “aparato que vuela”. Las burlas y críticas por parte de los parroquianos ¡a la orden del día! Sin embargo, cuando el sueño es grande, la empresa es imparable y el éxito es solo cuestión de tiempo y algunos moretones. Hoy, el cielo está atestado de “metálicos monstruos alados” yendo de un lado a otro, acortando distancias, mezclando culturas, generando riquezas.

Nadie, de repente, dice fríamente: “Voy a crear una máquina que vuele” Todo creador, primero sueña, luego proyecta, y finalmente concreta.

La utopía de aquellos dos locos hermanos, fue el motor que echó a andar la maquinaria de las ideas dentro de sus cabezas. Es imposible que, sin el sueño, la idea aparezca.

El sistema de organización que hoy domina al mundo, fue muy útil para salir de las tiránicas formas con las que el absolutismo mantenía presa a la humanidad. La República, el Estado, los Derechos Individuales, la Democracia y los parlamentos, fueron un gran hito en nuestra historia; una gran invención de los pensadores y defensores de la Libertad. Fueron ideas en la mente de sabios que lucharon contra todo y contra todos, con la única utopía de devolverle a la sociedad algo de la Libertad arrebatada.

Lo que otrora fue una solución, con el tiempo se convirtió en un problema. El crecimiento del Estado -desmedido y hasta monstruoso- nos llevó a atravesar nuevas etapas oscuras. El Siglo XX fue testigo de varias de esas aberraciones: soviéticos, nazis, fascistas, y toda clase de tiranías, bañaron de sangre el planeta entero. La Sociedad y la Economía se vieron devoradas por la avidez del Leviatán.

Aquella magnífica herramienta que supo devolver algo de libertad a los individuos se convirtió en cadenas. El Estado es hoy el nuevo absolutismo: invadido de señores feudales que esclavizan a la sociedad toda, dirige hasta el último aspecto de la vida de las personas, frenando el veloz avance que experimenta la humanidad, desde aquella revolución de vapor y engranajes. El sistema actual de organización de la sociedad está colapsado.

 

Es el pensamiento libertario quien plantea una nueva utopía. No son pocos los locos teóricos de la libertad, que llenan páginas e inundan de palabras el ciberespacio, hablando de un extraño mundo sin Estado. Un mundo donde una idea, la del AnarcoCapitalismo, termine por fin de devolverle a la humanidad toda la libertad que por naturaleza le corresponde.

 

¿Es una utopía el anarcocapitalismo? Sí.

¿Es irrealizable? Quizás: en algunos aspectos y solo por ahora.

¿Debemos dejar de pensar en él? ¡No! No creo que los hermanos Wright, luego del primer moretón hubieran querido abandonar la empresa. Es evidente que no desistieron.

 

El ala “realista” del liberalismo, gasta sus fuerzas en criticar y defenestrar a los (no) pocos locos que andan buscando las puertas de acceso a “Ancapia”, diciendo que la realidad es lo único que importa; que debemos dejar de pensar en fantasías impracticables, y que nos aboquemos a tratar de que el “Monstruo Estado” nos devore de manera más eficiente. Y que es una locura procurar que deje de devorar.

Sin ánimo de ofenderlos, amigos liberales, se están pareciendo a los viejos conservadores del antiguo régimen, que se retorcían al pensar que el absolutismo fuera a acabarse.

¿Fue una utopía? Sí. ¿Qué valor tiene entonces esa utopía en las luchas libertarias actuales? El enorme valor de haber sido un objetivo y de ser hoy una meta con la que debemos soñar. ¿Aunque no la alcancemos? Exacto; aunque no la alcancemos (por ahora)

En el camino hacia la libertad absoluta con la que soñamos, innumerables cadenas que hoy nos atan, podrán ser cortadas porque la lucha libertaria siempre funcionó así. No es una vana teoría, es la historia misma de la humanidad.

Pensemos en el nunca bien ponderado regateo en un mercado de chucherías de cualquier plaza, de cualquier barrio, en cualquier parte del mundo:

Yo, vendedor de una baratija, quiero sacar el máximo beneficio posible. Pienso para mis adentros que $100.- son suficientes para volver contento a casa. Pero tengo que tener en cuenta que los posibles compradores van a “tirar” para su lado, queriendo pagar mucho menos. Y van a pelear por ello.

De manera que debo pensar en el mejor escenario posible: que el comprador no tenga ganas de regatear. En consecuencia, pido $200.- porque lo más probable sea que el comprador sí se lance a regatear y, encima, sea bueno en eso.

En el ir y venir de ofertas y contraofertas, el comprador accede a pagar $150.- Sin dudas, aquellos $100.- que me hubieran dejado contento han sido superados. No tuve tampoco, que ceder pretensiones y vender a menos de $100.- No son los $200.- pero, sin dudas, a $150.- aquella chuchería fue muy bien vendida.

 

En el mercado de las ideas, al regateo lo llamamos Política. Así, al ring de la política debemos subirnos con la mayor de las expectativas para que, al finalizar las ofertas y contraofertas, volvamos a casa con más de lo que teníamos.

Estas ideas tienen un valor adicional: “pensar con el chip anarquista puesto” -como dice Jesús Huerta de Soto- nos hace ver la realidad de otra manera.

Nosotros, los libertarios, los anti-Estado, al despreciarlo, al saberlo dañino para la sociedad actual, vemos las problemáticas sociales y económicas desde otro punto de vista.

Quien ve al Estado como algo bueno, o al menos como algo soportable, comienza el regateo político desde muy abajo en sus pretensiones. Si triunfa en la batalla, volverá a casa con mucho menos de lo que hubiera preferido.

Las enredadas batallas de economistas liberales, con fórmulas y gráficos complejos, inentendibles, muchas veces terminan siendo improductivas. Y la razón de esa improductividad, es que se busca, a toda costa, la eficiencia a una intervención estatal. Eficiencia que los libertarios sabemos que no es tal. Cuando discutimos la eficiencia estatal, nos metemos en terreno enemigo, en medio de las ideas nefastas de nuestros rivales liberticidas.

Sin embargo, si vamos a la pelea con la idea fija de que la intervención debe ser “cero”, al final del día habremos logrado, luego del regateo, más de lo que teníamos. Poco importará si dicha intervención se ubica en tal o cual sector del gráfico.

 

En fin: los liberales hemos creado la más bella de las teorías sociales, el AnarcoCapitalismo ¡No la desperdiciemos! Usémosla como soga para tirar del carro empantanado de la realidad. Traigamos el campo de batalla de las ideas, más próximo a la Sociedad Libre con la que tanto soñamos.

 

 

Autor entrada: Gastón Gardela