¡“La godarria” sigue avanzando!

El PT fue uno de los partidos más castigados por el electorado brasileño, si no el más castigado, porque los electores pusieron su fe y esperanzas en ese partido más que en cualquier otro.

Boligan (2017): Crisis de la izquierda latinoamericana. Foreign Affairs Latino América (FAL 16-3). Available online at http://revistafal.com/boligan-18/, checked on 1/22/2019.

Por David Aleans*

En una columna de opinión publicada el 31 de octubre de 2010 en el periódico El Tiempo,[1] Daniel Samper Pizano —escritor colombiano— vaticinaba, con ocasión de las elecciones legislativas que tendrían lugar por esas fechas en los Estados Unidos, que “la godarria” avanzaba. En su columna, el autor colombiano definía a “la godarria” como “aquellos grupos, personas y partidos que veneran el capital, proclaman el lucro como filosofía, combaten la presencia reguladora del Estado, ceden el control de nuestras vidas a los mercados, desconfían de los pobres y los distintos, meten a Dios en la cama y defienden valores de clase, intolerancia, insolidaridad y discriminación”.

El domingo de la siguiente semana, es decir el 07 de noviembre de 2010, el mismo autor publicó en el mismo diario otra columna de opinión[2] en la que, con el tono elitista y soberbio típico de muchos burgueses “neogranadinos” que suelen adoptar idearios de izquierda por cuenta de su mala conciencia —la familia Samper, de la que hace parte el susodicho Daniel, es una de las más tradicionales y opulentas de Colombia—, el autor colombiano intentó hacer un ejercicio de reflexión respecto de la cuota de responsabilidad que le cabría a la izquierda por el avance de su odiada “godarria”.

En lo personal, debo decir que no me gustó cómo le quedó el ejercicio a Daniel Samper, no solo por lo forzado del mismo —pareciera que lo hizo a regañadientes, casi como cuando un niño admiten entre dientes que ha cometido una falta—, sino además por la contradicción —por no llamarla hipocresía— en la que incurrió el escritor al pretender englobar a “la godarria” en una categoría reduccionista y claramente despectiva, mientras que a “las izquierdas” (en plural) Samper las reconocía en su diversidad para, posteriormente, sugerir que el movimiento en su conjunto no debería ser responsabilizado por los “pecados” de algunas de sus vertientes.

No obstante, lo verdaderamente relevante de esas dos columnas fue el llamado hecho por Samper para constituir lo que él denominó como una “Nueva Izquierda” de alcance global, nacida de las ruinas dejadas por la hecatombe electoral del 2010, que se alzara como adalid de valores como la democracia, los derechos humanos y la inclusión social, y que fuera liderada, entre otros, por Luis Ignacio “Lula” da Silva quien, por entonces, era el equivalente político de un “rock star”.

Las ínfulas de superioridad moral, la pretensión de poseer la verdad absoluta, y la deshumanización del rival político —quien suele ser retratado como poco menos que un animal ignorante e incapaz de empatizar con sus semejantes—, son algunos de los componentes de un complejo de superioridad moral y política que, lejos de ser exhibido únicamente por individuos como Daniel Samper, se ha convertido en un fenómeno extendido a lo largo y ancho del mundo occidental —pero que es particularmente notorio en muchos sectores de “las izquierdas”.

Lo anterior se puso claramente de manifiesto con ocasión de la elección del candidato de derecha, Jair Messias Bolsonaro, como presidente de Brasil durante las elecciones generales del último año. A la pregunta, por demás bastante legítima, de ¿por qué ganó Bolsonaro?, se le dieron múltiples respuestas, muchas de las cuales pueden ser condensadas en la siguiente idea: “porque el pueblo brasileño esta sumido en el oscurantismo y el analfabetismo. Porque Brasil es un país machista, xenófobo y homófobo, cuyos habitantes no han tenido reparos en ubicarse del lado equivocado de la historia, exhibiendo así su bajeza moral y su incapacidad política”.

Aquello no supondría mayor inconveniente si semejante despropósito hubiera venido de un par de compadres ebrios que suelen hablar de política en algún antro de mala muerte, o de algún “guerrero del teclado” —el tipo ideal del ciber-cobarde del siglo XXI— que aprovecha la distancia y el anonimato proveídos por la internet para descargar todo su veneno en las secciones de comentarios de los artículos de periódicos y revistas en línea. El problema es que ese exabrupto fue enunciado, palabras más, palabras menos, por periodistas de distintos medios de comunicación, así como por personalidades de las esferas política y social tanto en América Latina como en Europa.

Ciertamente, Bolsonaro es un personaje bastante controversial, por decir lo menos. Juzgo innecesario entrar en detalles sobre su historia como personaje público dado el cubrimiento intensivo y extensivo del que fueron objeto tanto la elección brasileña de 2018 en general, como la candidatura del Capitán (r) del Ejército Brasileño en particular. No obstante, no puedo dejar de expresar mi extrañeza ante la falta de talante democrático, de sentido autocrítico y de altura moral de una “nueva izquierda” que, paradójicamente, suele ubicarse a sí misma en lo más alto del pedestal de los valores democráticos. Y no lo digo por la falta de alborozo por la victoria del candidato de derecha exhibida por los representantes de la izquierda internacional, lo cual es comprensible.

Lo que no comparto, lo que me exaspera, es la pretensión de que dicha victoria electoral fue el producto de un lavado masivo de cerebros, de la apelación, por parte del candidato, a los sentimientos más básicos de una población políticamente incompetente, o del apoyo de una “mano negra” oligárquica —local e internacional— que finalmente inclinó la balanza en favor de la campaña del candidato “fascista”[3].

Lo que más me preocupa es que esa pretensión, absurda y maravillosa al mismo tiempo —o, si se quiere, maravillosa por lo absurda que es en sí misma—, parece ser el producto de una tendencia ideológica que, voluntaria y/o involuntariamente, ha perdido contacto con la realidad social y política que la rodea; una tendencia cuyos líderes e “intelectuales orgánicos”[4] se han negado a reconocer que su falta de propuestas concretas a problemas reales ha empujado a millones de ciudadanos, personas comunes y corrientes, a votar por la opción que, entre otras cosas, proponía soluciones puntuales, aunque aquellas no fueran las más deseables.

Estoy convencido de que los resultados electorales del pasado octubre en Brasil son el producto de múltiples causas, entre las que hay que resaltar la crisis de liderazgo en la llamada “nueva izquierda”; crisis materializada en la postulación, por parte del Partido dos Trabalhadores (PT) de un candidato presidencial que ciertamente no gozaba de las simpatías de muchos miembros de ese partido, así como de un amplio sector de electorado “petista”; la candidatura de Fernando Haddad solo sirvió para poner en evidencia la “Lula-dependencia” crónica que está aquejando al que fuera el partido de izquierdas más importante de América del Sur lo que, a todas luces, jugó en su contra dada la imposibilidad jurídica de apelar al único referente “petista” digno de ese adjetivo.

A la carencia de liderazgos aglutinantes y propuestas sólidas, el PT tuvo que sumar los escándalos de corrupción que dinamitaron su credibilidad a la lista de problemas que, finalmente, determinaron su destino electoral y favorecieron la victoria “Bolsonarista”.

Habrá quien diga que el PT no fue el único partido envuelto en escándalos de corrupción, lo que prueba que la controversia en torno a este hecho es una estratagema amañada por la “mano negra” que controla a los medios masivos de comunicación. A lo cual yo respondería que el PT fue uno de los partidos más castigados por el electorado brasileño, si no el más castigado, porque los electores pusieron su fe y esperanzas en ese partido más que en cualquier otro. Nadie espera que Michel Temer —el político que reemplazó a Dilma Rousseff como presidente en 2015— no sea corrupto, es más, todo el mundo cree saber que lo es, o por lo menos nadie se extrañaría si se llegara a comprobar que efectivamente lo es; no así con “Lula” y sus amigos del PT, de quienes la gente esperaba mucho más. No fue la corrupción como tal, sino el hecho de haber generado expectativas tan altas para después defraudarlas lo que ha provocado la atmósfera de repulsión y rechazo hacia “Lula” da Silva y sus partidarios. En otras palabras, “la nueva izquierda” y su caudillo fueron víctimas de su propio invento.

Jair Messias Bolsonaro se posesionó como presidente de Brasil el 1 de enero de 2019 gracias a la multiplicidad de factores políticos y sociales que se confabularon para favorecer su candidatura —una candidatura por la que nadie hubiera apostado ni un duro hacía tan solo algunos meses—. Bolsonaro es otra manifestación de lo que, parafraseando a Samper, podríamos denominar como la “avanzada Godarriana” a nivel global —que cuenta entre sus más ilustres representantes a Donald Trump, Rodrigo Duterte, el AfD alemán, entre otros—.

¿Qué ha hecho la izquierda brasileña e internacional por contrarrestar este movimiento? Nada. O por lo menos nada significativo ya que la táctica escogida para enfrentar tamaño desafío político parece haber sido la de hacerse los de la vista gorda con los problemas sociales y políticos que esa misma izquierda ha contribuido a generar, hacer oídos sordos al clamor popular en lo tocante a temas controversiales y con un alto potencial conflictivo, pero cuyas consecuencias son experimentadas por la ciudadanía en el transcurso de la vida cotidiana.

En el caso particular de Brasil, problemas como la inseguridad, especialmente en las grandes ciudades, del estancamiento económico y de la corrupción política, son percibidos por la población como los que requieren medidas de choque y control más urgentes. No obstante, para abordar estas y otras circunstancias igualmente controversiales, la “nueva izquierda” optó por proponer las mismas recetas que venía imponiendo desde hacía años, con la convicción clara pero incomprensible de que aplicando la misma fórmula una y otra vez se iban a generar resultados diferentes de los que ya se estaban evidenciando. Dicen que la definición de la locura es “hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”.

*David Aleans, Historiador de la Pontificia Universidad Javeriana. Sociólogo de la Humboldt-Universität zu Berlin.

P.D. Parece que en España se está presentando un fenómeno parecido con un partido de derecha denominado VOX. Según he leído en algunos medios, dicho partido—marginal hace tan solo algunos meses— se está convirtiendo poco a poco en una fuerza polít