En defensa de la filosofía: la construcción de un sujeto moral y un modo de vida

El saber no es algo adquirido, se encuentra en el alma misma y es el individuo el que ha de descubrirlo una vez ha averiguado que su saber estaba vacío.

 

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A lo largo de la historia la filosofía se ha configurado como un sistema de razonamientos expuestos por un pensador, sin embargo, es preciso señalar que esto no ha sido siempre de esta manera y que, por el contrario, la filosofía, en principio, estaba íntimamente vinculada con un modo de vida. Para Sócrates, por ejemplo, esta se trataba de un ejercicio, no de algo inherente al humano. De modo que acoger un estilo de vida filosófico era escoger el mejor modo de vida posible. Sin embargo, frente a esto es posible plantearse diferentes preguntas, con relación a la manera en la que Sócrates, quien decía saber que no sabe nada, fue capaz de llegar a tal conclusión. Adicionalmente, podrían resultar inquietantes las implicaciones que tiene esto en la acogida de un modo de vida filosófico. Con esto en mente, el presente artículo pretende dar cuenta del razonamiento socrático que permite defender la filosofía como algo más que el conocimiento de los razonamientos planteados por diversos pensadores y, por lo mismo, señalar la importancia de la filosofía en la actualidad.

En primer lugar, con el fin de comprender la famosa afirmación socrática es menester advertir sobre el origen de la creencia de que Sócrates era un hombre sabio. Si bien Sócrates se dirige a hombres que tienen sabiduría, es decir, a aquellos que poseen un saber hacer, tales como artesanos, poetas y políticos, llega a la conclusión de que estos solo creen saber lo que no saben, por lo que la concepción de sabiduría se transforma. Aquel que sabe no vale nada en lo que se refiere al saber, es más sabio quien no cree saber lo que no sabe. Lo que hace de Sócrates el hombre más sabio, es pues no solo no asegura tener conocimiento sobre lo que no sabe, sino que no teme a la muerte, pues no se puede temer sobre lo que no se sabe, la muerte podría ser el mayor bien de los hombres y no el mayor mal, como se tiende a creer. De esta manera, la figura del filósofo que representa Sócrates es la figura a la que todos deben aspirar, es una figura paradójica entre el resto de los hombres. La tarea que este ha de llevar a cabo es la de hacer que los hombres tomen conciencia de su no sabiduría, por medio del diálogo. Pero, ¿es esto posible en un mundo en el que se han llevado a cabo iniciativas con el propósito de eliminar la filosofía de la malla curricular? Yendo un poco más lejos, ¿hoy en día adquirir conciencia de lo que no se sabe sería deseable teniendo en cuenta el afán que se tiene por ser capaz de tomar parte en discusiones sobre cualquier tema de interés común?

Ahora bien, dejando a un lado lo problemático de las anteriores preguntas, es preciso considerar previamente a lo que Sócrates hace alusión cuando asegura que no sabe. Cuando este afirma tal proposición hace lo que Pierre Hadot denomina la ironía socrática, la cual se basa en una ignorancia fingida que lleva a su interlocutor a descubrir que no sabe nada respecto a lo que estaba seguro de saber. Diálogo que tiene lugar, en principio, debido a que Sócrates rechaza la concepción tradicional de conocimiento y, además, al hecho de que interroga a sus interlocutores por la simple razón de que no tiene qué decirles. El saber no es algo adquirido, se encuentra en el alma misma y es el individuo el que ha de descubrirlo una vez ha averiguado que su saber estaba vacío. Es el individuo quien está en juego, no sobre lo que se habla. Así, el ser capaz de interrogar a los demás y cuestionarse los propios saberes es importante no solo para alcanzar un saber, sino que allí se encuentra la base para guiar la vida de manera filosófica. Examinarse, en otras palabras, tomar conciencia de sí, es preciso para generar un interés en sí, de modo que el cuestionamiento de sí no hace más que abogar por la superación de la individualidad, una superación guiada a la elevación de la generalidad que representa el lógos común a todos los interlocutores.

Claro, esto parece ser del todo complicado dada la situación actual. ¿Es posible salvar la filosofía si se presenta como una actividad problemática que más que posibilidades plantea imposibles? ¿No son los sujetos actuales capaces de someterse al reto intelectual que supone el llevar un estilo de vida filosófico? Este parece no solo ser el problema, sino también el punto en cuestión. Es momento de preguntarse no solo por el origen y el sentido de la vida misma, sino de preguntarse, de entrada, si se está dispuesto a poner bajo la mira concepciones previamente adquiridas y presentarse como sujetos desconocedores en medio de una sociedad ansiosa de conocimiento, atiborrada de afirmaciones que, en ocasiones, no poseen fundamento alguno. Hasta este punto, solo quienes sean capaces de deshacerse de todos sus conocimientos serán capaces de buscar (y encontrar) el conocimiento mismo.

Sin embargo, ¿ha perdurado la concepción de conocimiento con los años? ¿Conocer algo implica lo mismo ahora que en la Antigüedad? Teniendo en cuenta la explicación y el análisis de Hadot la respuesta a la segunda pregunta es negativa. Tanto el no saber como el saber no hacían referencia a conceptos, sino a valores, a saber, el valor de la muerte, que no conoce, y el valor del bien y el mal moral. Sócrates conoce el valor de la acción moral y de la intención moral ya que dependen de su elección, tienen origen en sí mismo. Por lo que el saber no es una serie de proposiciones sino la certeza de una elección y el no saber es un saber-lo-que-hay-que-preferir, es decir, un-saber-vivir. De modo que se tiene un conocimiento por medio de un descubrimiento personal que procede del interior mismo. Entonces, ¿a dónde nos lleva esto si parece que conocer ahora tan solo implica el ser capaz de dar cuenta de una lista de proposiciones sobre un tema en particular?

Por otro lado, a la hora de hablar de conocimiento no se han de dejar por fuera cuestiones tales como el comportamiento y las acciones guiadas por factores tanto internos como externos. Para Foucault, el cumplimiento al que tienden las conductas morales está mediado por el propósito de la constitución de una conducta moral que lleve a los individuos no solo a realizar acciones conforme reglas y valores sino con ciertos modos de ser característicos del sujeto moral. Por lo que se trata, pues, de una relación consigo mismo, no es simple conciencia de sí, también constitución de sí, en la que el sujeto debe circunscribir una parte de sí mismo, aquella que constituye el objeto de la práctica moral en particular. Paralelamente, se fija un modo de ser determinado como modo de ser que se consolidará como cumplimiento moral de sí, por esto el sujeto actúa sobre sí, quiere conocerse, controlarse, ponerse a prueba, transformarse y perfeccionarse. Por lo tanto, no hay acción moral que no se refiera a la unidad de una conducta moral, ni conducta moral que no reclame la constitución de sí misma como sujeto moral, ni constitución del sujeto moral sin modos de subjetivación que lo sustenten. Consecuentemente, la acción moral no puede desprenderse de las formas de acción sobre sí.

De modo que parecería evidente asegurar que la concepción moral de Foucault está mediada por la concepción socrática, sin embargo, ha de tenerse en cuenta que la primera de ellas puede resultar esclarecedora a la hora de explicar la aporía socrática, ese saber que este posee a pesar de asegurar que no sabe nada. ¿Cómo las acciones morales pueden ser consideradas un tipo de conocimiento si se tratan de simples actos puestos en práctica por los individuos? Frente a este pregunta, es posible advertir que con base en lo expuesto por Foucault las acciones morales están mediadas por un contexto, por reglas y por valores que deben acapararse, pero que no se trata de un simple seguimiento, es necesario que el sujeto sea consciente de la acción a realizar y de las consecuencias que esta implica, incluso, más que de consecuencias, podría hablarse de lo que el sujeto mismo desea dar a entender a los demás con la acción que realiza. Por lo que el sujeto ha de conocer las reglas que median el contexto en el que se encuentra con el fin de determinar qué es considerado bueno y malo, y así podrá realizar el mismo ejercicio en lo que respecta a su acción. De aquí viene ese conocimiento interior al que hace alusión Sócrates y que determina si la acción de un individuo debe considerarse como parte de las conductas moralmente aceptadas, teniendo en cuenta que solo aceptarían acciones encaminadas a hacer el bien, a conducir hacía el bien al individuo en cuestión.

Finalmente, en lo que respecta al examen y la superación de la individualidad, Foucault señalaría que el primero de ellos puede tratarse de aquellos ejercicios mediante los cuales el individuo se ve a sí mismo como objeto de conocimiento y así conoce las prácticas que le permitirán transformar su propio modo de ser. En lo tocante a la segunda, las prácticas mismas ejecutadas por el individuo lo harán participe de una sociedad que juzgará si sus acciones y su conducta son o no realmente morales. Por lo tanto, la moral y la práctica de sí que propone Foucault resultan claves para la comprensión de la concepción de la vida filosófica como arte de vivir, en la medida en la que presentan un marco contextual de lo que Sócrates, en la Antigüedad, quería instauran como vital para que los individuos llevaran una vida mediada por la búsqueda del bien y el rechazo de un conocimiento particular. En conclusión, tomando como punto de partida la necesidad de la sociedad actual por la consolidación de prácticas que deriven en el bien común, la filosofía debe ser rescatada, pues, ¿de qué otra manera podrá los sujetos actuar de manera adecuada y con conciencia de sí si se dejan por fuera las enseñanzas de pensadores tales como Sócrates y Foucault, entre otros? Es menester tener conocimiento de causa, —al igual que conocimiento teórico—, conocimiento que puede ser encontrado en teorías y prácticas filosóficas.

 

 

 

Referencias

Foucault, M. (2012). Historia de la sexualidad: Vol. 2. El uso de los placeres. México: Siglo XIX Editores.

Hadot, P. (1998). ¿Qué es la filosofía antigua? (E. C. Tapie, Trans.). México: Fondo de Cultura Económica.——-, (1978). Apología de Sócrates. México.