¡Odio la pobreza!

Entiendo como dependencia cuando una persona siempre está esperando la mano salvadora de alguien, dejando de lado la capacidad propia de mejorar su vida.

 

(Imagen tomada de https://bit.ly/2JQgvh1)

 

Así es: ¡Odio la pobreza! Me produce las sensaciones más indeseables.

 

Quisiera aclarar dos cosas: primero, que no odio a los pobres, pues la gente muchas veces no tiene la culpa, otras veces sí, pero no siempre; lo que me molesta en realidad es la pobreza, y no los pobres con todo y la muy delgada línea que separa la una de la otra; segundo, ser pobre no significa tener poco dinero, es más bien, la incapacidad de suplir unas necesidades básicas. En consecuencia, odiar la pobreza significa básicamente dos cosas: uno, rechazar las dinámicas de la pobreza que la propagan por todos lados; y dos: los costos sociales que esta nos cobra a todos.

 

Por una parte, las dinámicas de la pobreza que encuentro más complicadas son: la apatía, la ignorancia y la dependencia. Casualmente, todas son resultado de estados paternalistas, pero en eso haremos énfasis más adelante.

 

En cuanto a la apatía, esta se define como la falta de interés en cambiar una situación desfavorable, o la falta de esfuerzo y constancia para cambiarla. Sin duda, una dinámica que perpetúa la condición de pobreza, pues la falta de voluntad o interés de cambio hace que el individuo y su descendencia continúen viviendo bajo las condiciones que sea, quizás ignorando que estas pueden mejorar con una transformación de su comportamiento. Tal vez si dejan de gastar medio sueldo en trago cada que reciben la paga, tal vez si dejan de comprar cosas a cientos de cuotas que no van a poder pagar, tal vez si toman una consciencia sobre el valor del dinero y el trabajo, tal vez si dejan de tener de a 4 y 5 hijos sin planificar el costo que esto tiene, tal vez si consideran que los actos tienen consecuencias, solo entonces, podrían transformar su realidad. Ahora bien, la apatía no solo afecta al individuo y a sus cercanos, también afecta a aquellos que dentro de su entorno quieren cambiar su situación de pobreza, pues las personas que se sienten incapaces de mejorar, en muchas ocasiones sienten envidia y rechazan a aquellos que intentan convertir su mundo en algo mejor. En otras palabras: la apatía genera más apatía o genera rechazo.

 

Por su parte, la ignorancia estimula la pobreza por dos razones: porque limita la capacidad laboral de la gente, y porque está ligada a la incapacidad de resolver conflictos sin recurrir a la siempre costosa violencia. En cuanto a lo laboral, una persona ignorante tiene una capacidad limitada para desempeñar ciertas funciones, lo que la hace apta para algunos trabajos de paga reducida, pues al requerir una persona poco capacitada, la oferta de fuerza laboral aumenta, reduciendo así el salario ofrecido para cumplir con este tipo de funciones. Aunque lo anterior pareciera obvio, las personas en “condiciones económicas desfavorables” no parecen interesadas en mejorar su capacidad laboral a través del conocimiento. Por otra parte, considero que la ignorancia está ligada a la violencia. Conocer el comportamiento humano desde otras perspectivas reduce la violencia de manera considerable, dado que se aumenta la capacidad de conciliación, de entendimiento del otro y da a la persona la capacidad de comprender que la violencia sólo genera más violencia. Consecuentemente, es más probable que una persona que comprenda las 3 razones mencionadas no recurra a la violencia ante una situación inesperada (conflicto), y a su vez, va a buscar soluciones ajenas a la agresividad. Muchas veces, la violencia no es resultado del carácter o el estrés; es resultado de la falta de conocimiento sobre cómo actuar ante una situación inesperada o adversa.

 

Finalmente, lo que en este artículo llamo dependencia es quizá la dinámica de la pobreza que más me molesta de todas. Entiendo como dependencia cuando una persona siempre está esperando la mano salvadora de alguien, dejando de lado la capacidad propia de mejorar su vida. Muy parecida a la apatía descrita anteriormente, la dependencia es esperar que alguien (el Estado, Dios, la gente, o el que sea) le ayude a suplir sus necesidades básicas apelando a la caridad. Esto me recuerda un fragmento de la película “La Virgen de los Sicarios” de Fernando Vallejo. En esta escena, Fernando (sí, el mismo director de la película se hizo una película sobre él mismo) va caminando por la calle y una señora con sus hijos se le acerca pidiendo limosna. Fernando, sin detenerse, la mira despectivamente y le dice: “vaya pídale a mi Dios que es tan bueno, o al papá de los niños, al que la preñó” a lo que la señora responde: “viejo hijuepu–a”. Fernando Vallejo se detiene, saca un billete y se lo entrega. La señora, humillada, lo recibe, y se va. Es un claro ejemplo de la dependencia: no importa qué, ni quién, ni cómo, pero que me den para sobrevivir. Sin duda, esto tiene un costo para la persona dependiente y sus cercanos, pues es un estilo de vida muy fácil de aceptar, tan fácil, como ignorar que este estilo de vida también nos cuesta a todos como sociedad.

 

Como educador, veo estás dinámicas presentes en el sistema educativo público que desestimula el esfuerzo a la vez que fomenta la ignorancia. ¿Qué podemos esperar, entonces, de estas generaciones educadas bajo un modelo que estimula las dinámicas de la pobreza? Pues más pobreza, y los costos que esto tiene para todos. Costos como la violencia, la inseguridad, y hasta falta de estética nos toca pagarlos a todos, por culpa de Estados que estimulan estas dinámicas. Las estimulan desde la pésima educación que regala, en la coerción del emprendimiento, y hasta la excesiva “subsidiadera” de gente que no ve las consecuencias de sus actos. Basta ya de discursos políticamente correctos en donde ver al pobre con buenos ojos es aceptado y ver al rico triunfador es malo, especialmente cuando todos en nuestro interior deseamos parecernos más al rico que al pobre. Basta ya de disimular tolerancia con un problema tan incómodo como la pobreza. Empezar mirando el problema a la cara es un gran paso para solucionarlo, dejar de educar a la gente para ser dependientes o poco capaces y empecemos a estimular el esfuerzo. Ya dejemos de dar limosna -en la iglesia o en la calle- para creer que estamos ayudando. Eso no ayuda a nada ni a nadie, solo estimula a la gente que encuentra en esto un estilo de vida fácil  y barato para ellos, pero costoso para el resto de la sociedad.

Autor entrada: David R. Guzmán G.

David R. Guzmán G.
David R. Guzmán G. es Licenciado en lengua castellana, inglesa y francesa de la Universidad de la Salle, y Máster en la enseñanza del inglés como lengua extranjera de Southern New Hampshire University. Consultor académico y profesor universitario con preferencia por la investigación sobre Economía y su relación con la potencialización de la educación.