Indígenas en la selva de cemento: sabiduría ancestral y mendicidad

 

Colombia, un país con una gran diversidad cultural, étnica y lingüística pasa por uno de los momentos más críticos en relación con la movilización de comunidades indígenas a las ciudades capitales donde se exhiben choques culturales, falta de oportunidades y falta de empatía por el bienestar del prójimo.

 

(Imagen tomada de https://bit.ly/2JF1vmO)

 

Transmilenio, el nicho central de la movilización diaria de un gran número de colombianos, se ha convertido en el esquema de una realidad aparentemente imaginaria, pero cargada de un significado doloroso del diario vivir colombiano: mendicidad, indígenas, pobreza, desplazados. Es común llegar a portales y encontrar una gran cantidad de indígenas postrados en el suelo pidiendo dinero y vendiendo sus artesanías; ni hablar al momento de subir a los buses donde la diáspora venezolana se ha mimetizado en el trabajo informal por medio de la venta de productos alimenticios o de ocio. A este grupo se ha de sumar las personas con algún tipo de enfermedad, empoderados religiosos, exdrogadictos, artistas y cualquier otro que encuentra en este medio la forma de subsistir y desarrollar una economía “sustentable”.

 

Esta visión del mundo, de la Colombia que muchos ignoran, da cuenta de los cambios sociales que se deben realizar durante los próximos cuatro años. Sin importar quién sea el presidente, se debe trabajar por dichas poblaciones, brindarles un seguimiento y acompañamiento para que esa pequeña Colombia que se vive en el caótico sistema tenga una vida digna, si es que algo como ello existe.

 

Aquí nos centraremos en las comunidades indígenas, en aquellas que han sufrido el desplazamiento forzado más que otros, y que tristemente, se han invisibilizado para el ciudadano de pie. Actualmente, según el Ministerio del Interior, en Bogotá conviven 14 comunidades indígenas, muchas de ellas en situaciones deplorables y con la violación de derechos fundamentales como la educación y la salud. Dentro de las comunidades predominantes se encuentran los embera katio y los embera chami, comunidades que tienen su desarrollo cultural en la zona pacífica. Muchos de estos se han desplazado de su lugar de origen con sus familias completas, algunos se han dedicado a la comercialización de artesanías, y otros más a la mendicidad como forma de subsistir en la selva de cemento.

 

La realidad que viven estás comunidades, y muchas más en capitales como Medellín y Cali, se ha desarrollado por más de una década, lo cual expone la falta de políticas y trabajo con dichas comunidades, que han pasado de ser poseedores de sabiduría ancestral a simples mendigos en una selva de cemento, que ignora sus necesidades. Los semblantes boca acabo, las escenas de niños llorando en un estado de higiene lamentable, las mujeres descalzas y los hombres tocando algún instrumento exponen que la riqueza cultural que enorgullece a muchos pensadores está en juego y decadencia. Los indígenas, poseedores de cultura y enseñanzas, han subvertido su identidad.

 

Dentro de las políticas y organismos de control que han estado pendientes de estos grupos minoritarios étnicos se ha establecido diferentes realidades, como aquella dada en la sentencia C-464 del 2014, donde prohíbe separar a los niños de dichas comunidades, teniendo en cuenta que se vulneran más derechos en la población infantil. Esto puede ser catalogado como inhumano, pero a la vez como un elemento de resistencia para que los valores de identidad de las comunidades permanezcan, sin importar si se transforman con el contacto de la población “occidental”, o no indígena. Además, se destaca que muchas de las ayudas dadas no cumplen con los requerimientos necesarios, por lo que muchos indígenas continúan en el oficio de la mendicidad para poder subsistir.

 

Otras comunidades, como los huitoto, nasa, yanacona, wounan se han movilizado a las grandes ciudades a buscar también un sustento, a que sus voces se han escuchadas y sus territorios protegidos; pero lamentablemente la discriminación por la lengua y la raza, aquella que sucedía en épocas coloniales, prevalece dentro de nuestro sistema moderno. Se han establecido solicitudes para establecer cabildos indígenas urbanos y asociaciones de cabildos, donde se reconozca que, por cuestiones ajenas a su sentir, los indígenas tienen derecho a partir del territorio donde estos conviven y se desarrollan. Claramente, dar este paso implicaría problemas en temas de urbanidad, ya que se haría uso de mecanismo de consulta para las obras, algo no muy viable para las grandes elites de nuestro país.

 

Tanto indígenas como afros que se han movilizado a las grandes ciudades buscan más allá de un sustento, buscan la ayuda de un gobierno que se ha hecho el de la vista gorda, en demostrar que los pueblos indígenas hacen parte de la Colombia en la que muchos vivimos, y que la invisibilización, como mecanismo social, puede sacrificar el patrimonio cultural y lingüístico de nuestro país. Es necesario que se establezcan políticas públicas orientadas a procesos multiculturales donde la identidad indígena prevalezca y los derechos de estas minorías, que poco a poco son mayorías en las capitales, sean cumplidos.

 

Hoy en día en Colombia se desarrolla un censo, el cual demostrará la cantidad de indígenas que viven en las grandes capitales (en Bogotá habitan cerca de 15.032 indígenas, según el censo de 2005), a partir de ello se debe cumplir derechos educativos, donde las lenguas indígenas rompan esquemas escolares y se establezcan dentro de las realidades de todo el pueblo, ya que se deben crear escuelas para el desarrollo de la identidad indígena, y procurar que la enseñanza de su lengua se establezca en ambientes bilingües. Será extraño, será problemático, ya que la mirada globalizada no concibe que se enseñe una lengua indígena en las escuelas. Tristemente, los colombianos hemos olvidado las raíces de nuestro territorio.

 

Los indígenas seguirán en pie de lucha, sin importar su transformación de poseedores de sabiduría a simples mendigos o artesanos, que ven en dichos oficios la única forma de subsistir y ser visibilizados. Colombia, la que posee 65 lenguas indígenas, 2 criollos, una lengua romaní y una lengua de señas, además del español, debe dar cuenta de la protección de las mismas sin importar el territorio o las circunstancias. Esto quiere decir que el reto para el nuevo gobierno va más allá de fortalecer y seguir consolidando la paz en nuestro país, es de apoyar las minorías y establecer que el conocimiento indígena es patrimonio inmaterial que debe ser preservado tanto en sus territorios de origen como en los nuevos territorios de desarrollo.

Autor entrada: Miguel Ángel Montáñez Pardo

Miguel Ángel Montáñez Pardo
Miguel Ángel Montáñez Pardo es Lingüista de la Universidad Nacional de Colombia.