¿Aguacates? ¡Sí, pero transgénicos!

El proceso usual consiste en agregar un trozo de ADN -los genes nuevos- en el genoma de las células embrionarias del organismo a modificar, para luego transferir dichas células al medio en que normalmente desarrollaría su crecimiento.

 

(Imagen tomada de https://bit.ly/2JWRiSo)

 

Cuando se menciona la palabra transgénico a una persona que no pertenece al mundo científico, es muy probable que se dé una asociación casi directa con una plétora negatividad. Es la típica palabra extraída del mundo académico: obscura y casi etérea. No ofrece realmente muchas pistas de sus implicaciones pero, en las últimas décadas, innumerables movimientos se han encargado sistemáticamente de satanizarla y hacer publicidad a favor de su prohibición. Publicidad que ha logrado poner al público mundial (especialmente el europeo) en su contra. Lamentablemente, hay una brecha gigantesca entre las aseveraciones que frecuentemente lanzan los grupos que están en contra de los transgénicos y el conocimiento científico. Esto es relevante en Colombia, en donde el candidato Gustavo Petro ha puesto al tema agrario en primera plana y ha dicho explícitamente que quiere convertir al país en uno donde ese sector sea preponderante en la economía.

 

Antes de empezar, es conveniente recordar al lector qué es un transgénico. Según la RAE, es un organismo vivo al que se le han adicionado genes externos a él, con el objetivo de darle propiedades que normalmente no exhibiría. Los métodos requeridos para producir uno de estos organismos son relativamente complicados pero, a diferencia de lo se tiene en el imaginario colectivo, no implican la inyección de líquidos de colores brillantes a animales o plantas adultas. Por el contrario, el proceso usual consiste en agregar un trozo de ADN -los genes nuevos- en el genoma de las células embrionarias del organismo a modificar, para luego transferir dichas células al medio en que normalmente desarrollaría su crecimiento. Esto puede realizarse mediante microinyección o por medio de virus inocuos que introducen los genes nuevos en las células embrionarias.

 

Ahora bien, existen muchas razones para modificar genéticamente plantas y animales. Por ejemplo, es posible hacer que el ganado produzca más leche y de mejor calidad o que nazca con características deseables para su aprovechamiento; práctica que se ha estado realizando por miles de años a través de la reproducción selectiva y que solo está siendo acelerada por la ingeniería genética. Otra aplicación común es la introducción de genes que hacen que los cultivos rechacen plagas fúngicas y bacteriológicas, lo que reduce e incluso elimina automáticamente la necesidad de utilizar pesticidas químicos; ventaja que debería atraer a los ecologistas que aman la comida ‘orgánica’ (palabra secuestrada por la izquierda, pues en química simplemente se refiere a los compuestos basados en carbono). Una última aplicación a mencionar aquí es la posibilidad de dar a los cultivos resistencia ante condiciones climáticas extremas -como sequías-, lo que es muy relevante en vista del cambio climático.

 

Es verdad que existen compañías con prácticas empresariales reprochables que pueden estar haciendo un uso debatible de sus patentes relacionadas con organismos genéticamente modificados. Sin embargo, esto no convierte a los transgénicos en el enemigo. Los grupos que no están de acuerdo con las formas de ganar dinero de esas empresas, deberían luchar contra ellas y no contra una tecnología que puede beneficiar a la raza humana. Para empezar, la investigación que se ha realizado en este campo no solo ha permitido que las aplicaciones descritas puedan ser implementadas con viabilidad financiera, sino que su seguridad ha sido estudiada y comprobaba numerosas veces. Esto, por ejemplo, se puede revisar en el informe publicado por el Directorado General para la Investigación y el Desarrollo de la Comisión Europea, en el estudio realizado por las Academias Nacionales de Ciencia, Medicina e Ingeniería de los Estados Unidos y en numerosos artículos publicados en prestigiosas revistas indexadas y sujetas a revisión por pares (por ejemplo,  el estudio de Pellegrino y colaboradores sobre el maíz transgénico).

 

Hay todavía más: existe evidencia de que el uso de cultivos modificados para resistir a las plagas es en realidad beneficioso para el medio ambiente, pues la reducción en el uso de plaguicidas evita la desaparición de ciertas especies que normalmente morirían a raíz del uso de esas sustancias. Esto, a su vez, puede favorecer a los agricultores ya que las especies que permanecen tienen el potencial de ejercer labores de bio-control, es decir, ayudan a luchar contra otras especies que afectan los cultivos. La prestigiosa revista Nature publicó en 2012 un artículo que prueba esta ventaja de los transgénicos a gran escala en cultivos de algodón.

 

Un último punto a tener en cuenta es el hecho que una buena parte de la población humana no cuenta con seguridad alimentaria ni está en capacidad de elegir qué quiere comer. A diferencia de los contradictores de los alimentos transgénicos, quienes suelen tener acceso a supermercados con opciones virtualmente ilimitadas y a alimentos ‘orgánicos’ mucho más costosos, existen especialmente en África, pero también en Asia y Latinoamérica, cientos de miles de personas en riesgo de morir de hambre. Es inadmisible que se bloquee el desarrollo de una tecnología que puede ayudar a solucionar su situación, creando especies alimenticias baratas de obtener y mantener y resistentes a las pestes y condiciones climáticas. Tal como lo afirman más de 20 destacados científicos que hacen investigación en transgénicos en una carta abierta, la evidencia no permite justificar la prohibición (ni la mala imagen) de los transgénicos. Si Petro gana y realmente quiere impulsar la agroindustria nacional, debería buscar hacerla competitiva con transgénicos y otras tecnologías, pero algo me dice que ser progresista realmente no se trata de buscar progreso.

Autor entrada: Juan Pablo Gallo Molina

Juan Pablo Gallo Molina
Juan Pablo Gallo Molina es Ingeniero Químico e Ingeniero Ambiental de la Universidad de los Andes. Investigador doctoral en Ghent University, Bélgica. Admirador de la civilización occidental.