De las elecciones, de Duque y Petro, de la madurez y del liberalismo

Si creen que porque alguien manifestó su voto por un candidato les da el derecho a decirle a esa persona que vuelva al colegio o a la universidad para que le devuelvan el dinero o a decirle que no le sirvió de nada estudiar; entonces son ustedes los que no comprenden para qué es la educación y son ustedes los que deberían volver al colegio o a la universidad porque, permítanme desilusionarlos, ustedes no son las únicas personas educadas del mundo, -son más bien maleducados-, y la educación no está aquí para hacer que todo el mundo piense como ustedes.

 

(Imagen tomada de https://bit.ly/2Jrm0TY)

 

Ayer Colombia fue a las urnas para la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Los resultados ya los sabemos todos: a la segunda vuelta pasaron Iván Duque con 7.569.693 votos y Gustavo Petro con 4.851.254; a Sergio Fajardo le faltaron 261.559 votos para pasar a la segunda vuelta; Germán Vargas Lleras fue el “quemado” de la jornada, ya que no alcanzó el millón y medio de votos; Humberto De La Calle a duras penas superó el número de votos que obtuvo en la consulta liberal de noviembre del año pasado; y hasta hubo gente que votó por Viviane Morales, aun cuando hace algunas semanas declinó su aspiración presidencial.

Toda jornada electoral deja mil y una cosas por decir, y me atrevería a decir que en un país como Colombia deja no mil y una sino dos mil dos. Antes de entrar en los asuntos escamosos, hay que celebrar dos cosas. Primero, el importante descenso de la abstención. Por primera vez en más de veinte años Colombia pudo derrotar al nefasto abstencionismo que nunca le aportará nada al país. Ayer, muchos colombianos dejaron el activismo del teclado en casa y salieron con su cédula a votar y hacer algo que de verdad trasciende. Expresar sus opiniones en redes sociales y salir a protestar en marchas es valioso, pero inútil si no se sale a votar, como nos lo enseñó el plebiscito del 2 de octubre de 2016. El abstencionismo no es ninguna forma de manifestarse políticamente contra un sistema, es pura y simple cobardía y apatía con el país. Segundo, por primera vez en mucho tiempo, Colombia vivió unas elecciones presidenciales tranquilas, sin la amenaza de las FARC como grupo guerrillero.

Hay varios temas que me parecen importantes para reflexionar hoy, en pleno “guayabo electoral”. Por eso, voy a dividir este artículo en varias secciones.

 

De la segunda vuelta

 

Muchos ya han anunciado con quién se van en la segunda vuelta. Yo he hecho lo mismo, y aquí lo repito: mi voto será por Iván Duque. En columnas anteriores critiqué de forma muy dura su propuesta de unificar las altas cortes, y a día de hoy sigo en contra de esa propuesta. Sin embargo, existen otros puntos de su propuesta con los que sí concuerdo. Como muchos jóvenes, durante la campaña realicé varios de los tests de compatibilidad con los candidatos, y revisé las propuestas de sus páginas en internet, y los resultados siempre fueron los mismos, al señalar compatibilidad con Humberto De La Calle y con Iván Duque.

Otra razón para votar por Iván Duque, además de la compatibilidad con algunas de sus propuestas y el hecho de que tiene, en mi opinión, la mejor fórmula vicepresidencial con Martha Lucía Ramírez, es lo nefasto de la otra candidatura. Y debo dejar claro que las razones por las que creo que Gustavo Petro no puede ser Presidente de Colombia bajo ninguna circunstancia no tienen nada que ver con esa campaña de miedo que se hace alrededor de llamado “castrochavismo”.

Gustavo Petro es un pésimo administrador, y la prueba de ello son las cifras de su desastrosa época como Alcalde Mayor de Bogotá. Prometió mil cosas, y no cumplió, sino que se dedicó a regalar cosas a costas del erario público en un populista intento de ganar apoyo, y se dedicó a defenderse cuando la Procuraduría General lo destituyó por su mal manejo de las basuras. Gustavo Petro es arrogante e intolerante: en su cabeza, aquellos que lo contradicen siempre están mal y él siempre tiene la razón. En su cabeza, él siempre es la víctima de cuanta conspiración logra inventar. Durante la campaña dijo, primero, que lo iban a matar, luego, que lo iban a arrestar y, por último, que le iban a hacer fraude. Anoche pasó a segunda vuelta, y del fraude no se volvió a hablar. Lo menos que debería hacer Gustavo Petro es retractarse de sus acusaciones de fraude; ya que claramente solo las hizo como estrategia por si perdía, y ahora que pasó a segunda vuelta ha vuelto a cambiar de narrativa. Gustavo Petro cambia de narrativa con el cambio del viento. En el último debate dijo que la justicia estaba controlada por los políticos, pero que alguien le recuerde cómo él, un político, inundó el sistema judicial con acciones de tutela de forma irresponsable para evitar su destitución cuando era Alcalde. Por momentos habla de las maravillas de la Constitución de 1991, teniendo la arrogancia de decir que “él la escribió”, -como si no hubiera habido otros 70 constituyentes-, y por momentos dice que lo primero que hará como Presidente es convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Gustavo Petro es inconsecuente: tanto que habla mal de la clase política de este país, pero olvida que él hace parte de esa clase política de los años 1990. Como dije arriba, no me como el cuento del “castrochavismo” como excusa para no votar por Petro; pero ciertamente su actitud permisiva con el régimen del fallecido Hugo Chávez y con la dictadura de Nicolás Maduro deja mucho que desear de un hombre que aspira a ser un Jefe de Estado. Lo único bueno que ha hecho Gustavo Petro en su vida política fue ser Senador de la República; eso hay que reconocerlo. Lo suyo no es administrar, y por eso no se le puede confiar la administración de todo un país. Las cifras lo dicen hasta ayer incluso: Gustavo Petro no ganó en Bogotá, no ganó en la ciudad que “administró”. Eso deja mucho que decir sobre sus habilidades en el Ejecutivo.

 

De la inmadurez política

 

Como dije arriba, es positivo ver el incremento en la participación electoral, sobre todo entre los jóvenes. Sin embargo, aún falta mucha madurez entre algunas de las personas que ayer fueron a votar. Todavía hay muchas personas que, durante la campaña, hablan de debatir sin insultar al contrincante y tolerando la diferencia de opiniones, -que es como se debería debatir siempre-, pero que anoche, cuando vieron que su candidato no pasó a la segunda vuelta o que algunas personas conocidas por ellos manifestaron que van a votar por una u otra opción en la segunda vuelta, sacaron a relucir la inmadurez, la arrogancia y la pretensión de superioridad moral típica de muchos millennials o centennials. Empezaron a aparecer de nuevo en redes sociales las publicaciones con expresiones como: “país de mierda”, “país estúpido”, y los calificativos de “estúpido”, “huevón”, “hijueputa” y similares para describir a quienes dijeron que votarán por Duque o por Petro.

Muchos jóvenes parecen creer que la democracia solo sirve cuando gana el que ellos quieren, y que si no gana el que ellos quieren, entonces tienen derecho a insultar a los demás y decir que el país es una mierda y que la democracia no sirve. Creen que son mejores o especiales. Creen que tienen el derecho de ridiculizar y deshumanizar a quienes van a votar por el candidato que no les gusta. Han surgido todo tipo de memes con contenido que denota la falta de coherencia y madurez de muchas personas en redes sociales. Si creen que porque alguien manifestó su voto por un candidato les da el derecho a decirle a esa persona que vuelva al colegio o a la universidad para que le devuelvan el dinero o a decirle que no le sirvió de nada estudiar; entonces son ustedes los que no comprenden para qué es la educación y son ustedes los que deberían volver al colegio o a la universidad porque, permítanme desilusionarlos, ustedes no son las únicas personas educadas del mundo, -son más bien maleducados-, y la educación no está aquí para hacer que todo el mundo piense como ustedes. Ustedes no son perfectos, es más, son tan malos como los que critican porque se rebajan a su nivel.

Nadie entre nosotros tiene la verdad revelada, y votar por una opción u otra no hace a nadie moralmente superior a nadie. Yo ya he dicho que votaré por Duque, y eso no me hace ni “paramilitar”, ni “uribista”, ni “asesino”, ni “enemigo de la paz”, ni temeroso del “castrochavismo” u otros calificativos que algunos me han impuesto por manifestar mi opinión. He visto desde anoche muchas personas que estimo manifestar que van a votar por Petro, y si bien estoy completa y rotundamente en desacuerdo con ellos porque creo que la Presidencia de Gustavo Petro sería lo peor que le podría pasar a Colombia, eso no me da derecho a decirle a esas personas que son “guerrilleros”, “castrochavistas”, “estúpidos” o “ilusos” o ninguno de los insultos que mencioné antes

Una cosa es ejercer su derecho a la libertad de expresión y decir las cosas como uno las ve y hacerlo de forma directa, y otra es caer en la intolerancia, la arrogancia, la inmadurez del mal perdedor y el infantilismo de creerse moralmente superior y con autoridad de juzgar a las demás personas. Yo no voté por Sergio Fajardo, -creo que tenía la peor fórmula vicepresidencial posible y ciertamente no iba a apoyar una campaña en la que militara Jorge Enrique Robledo, otro doble moral de la élite política-, pero si hay algo que le reconozco y le aplaudo es que, a diferencia de muchos de sus seguidores en las últimas horas, él si se mantiene coherente con su discurso de respeto y tolerancia, y lo primero que hizo anoche en su discruso fue reconocer los resultados y no objetarlos. Eso es de caballero, y ojalá más “fajardistas” hubieran seguido el ejemplo de su candidato.

 

Del liberalismo

 

Muchos me han acusado de “voltearepas” o “incoherente” por describirme siempre como liberal y anunciar que en segunda vuelta votaré por Iván Duque. Ciertamente hay un desacuerdo aquí sobre lo que significa “ser liberal”. Yo soy liberal porque creo que la libertad individual es lo más importante, porque creo que el Estado no es todopoderoso y no lo puede hacer todo por nosotros, porque creo que los demás pueden pensar, -y votar-, distinto a mí; cosa que ni los hace inferiores a ellos ni me hace a mí superior, porque creo que uno tiene el derecho a cambiar de opinión en los casos en que las circunstancias lo demandan, porque creo que hay que ser realista sin perder de vista la ideología, porque no creo tener la verdad revelada sobre todos los aspectos como sí lo hacen muchas personas, -petristas y muchos uribistas incluidos. Y es precisamente ahí donde recae la belleza del liberalismo: es una ideología política en la que existen más desacuerdos que acuerdos entre quienes la profesan, es una ideología en la que más debates hay sobre qué es y qué no es la propia ideología, es una ideología política en la que se parte de unos principios básicos, y a partir de ahí se es libre de construir su propia versión del liberalismo. Esto puede traer problemas prácticos algunas veces, pero son problemas que vale la pena afrontar. Por eso, hay liberales de centro-derecha-derecha, como yo; pero también hay liberales de derecha, liberales de centro, liberales de centro-izquierda…

 

Autor entrada: Jordi Enrique Buitrago Soetendal

Jordi Enrique Buitrago Soetendal
Estudiante de Derecho y Economía con Opción en Periodismo de la Universidad de los Andes, egresado del Liceo Francés Louis-Pasteur. Interesado en Derecho Constitucional y Derecho Penal Internacional.