La decadencia del amor

Es por este panorama ya expuesto, que el amor debe ser libre y espontáneo. Guiado por la voluntad única de enaltecer los sentimientos trascendentes que produce. Sin afanes ni intenciones que lleven al control o la posesión plena del ser amado.

 

(Imagen tomada de Illusions Gallery https://bit.ly/2IW4R4L)

 

Una aproximación crítica a la idea del amor a partir de la filosofía y la literatura.

 

Desde que era muy joven, y comencé a sufrir los primeros golpes del amor, el interés que sentí por este tema me llevó por caminos insospechados. En los cuales, ya no solo era la vivencia personal lo que nutria mi experiencia, sino también las múltiples lecturas que me acompañaron. Pero a medida que me acercaba a su encuentro, lejos de ver una exaltación ideal de lo que significaba el sentimiento amoroso, encontré una serie de inconvenientes, cuya reflexión me exigía una crítica más mordaz al concepto popular del amor.  Del amor entendido socialmente, como un sentimiento trascendente, que todo lo puede; cuyos alcances cambian la percepción de las cosas, y pueden, quizá, alterar las circunstancias más adversas, las ideas más pesimistas. Del amor visto como un fin correspondido y libre, producto del tiempo y la paciencia, reforzado con las vivencias y el conocimiento mutuo.

 

Por lo tanto, el propósito de esta aproximación es mostrar esas otras verdades que me enseñaron ese recorrido. Esa otra cara, esa realidad oculta que le rodea. Y eso es, el  haber visto el amor como un signo trágico; como síntoma de una decadencia producto de la posesión, que inicia desde el mismo momento en que dos seres expresan la perpetuidad de su sentimiento, hasta que deciden consumar su unión, representada simbólicamente con una relación o incluso, el matrimonio. Para este fin, expondré las reflexiones de varios escritores, entre quienes podremos encontrar a personalidades controversiales, pero cuyos pensamientos ahondaron de forma lúcida en este concepto, como lo fueron Pierre Drieu La Rochelle, Raymond Radiguet, Gonzalo Arango o Pascal Quignard; y filósofos que a este tema en particular dedicaron varias hojas dentro de sus ya reconocidas obras, como lo fue Friedrich Nietzsche.

 

¿Qué es el amor?

 

La complejidad que tiene la palabra amor, la hace muy difícil de definir y clasificar. En primer lugar, debido a las múltiples definiciones que varios escritores le han otorgado. Como bien puede ser el caso de Julia Kristeva en su libro Historias de amor, que lo describe como “esa súbita revolución, ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después”(Kristeva, p. 3). En un sentido más sobrio, filósofos como Kierkegaard, en su libro Diario de un seductor, definen el sentimiento amoroso como “algo absoluto, ante el cual cualquier otra cosa pierde importancia” (Kierkegaard, p. 86), donde solo cobra vida cuando “dos seres se sienten nacidos el uno para el otro” (Ibid., p. 86). Ya, en un contexto más romántico, el escritor francés Pascal Quignard, en Vida secreta, lo expresa como “la primer aurora que nos descubrió la luz y nos deslumbró [donde] sólo amamos una vez. Y no somos conscientes de la única vez que amamos, porque lo estamos descubriendo” (Quignard, p. 8).

 

Para otros escritores más mundanos, como el dandi francés, Pierre Drieu La Rochelle, en su libro Diarios de un hombre engañado, el amor solo puede ser definido como “esa aventura completamente arrebatadora” (Rochelle, p. 44), donde “viendo una época de divorcios, la idea de matrimonio pasional y sin consecuencias, entra en los ingredientes con que componen la fuerza explosiva del amor” (Ibid., pág. 44). Finalmente, el poeta colombiano Gonzalo Arango hace, en mi concepto, la definición más acertada y concreta del amor, cuando lo describe como “la posibilidad compartida y desesperada de los amantes” (Arango, p. 176).

 

Sin embargo, como se pudo evidenciar, los elementos que componen este concepto son casi ilimitados, y enriquecidos en gran parte por la percepción individual que cada quien se ha forjado. Por tal razón, es necesario hacer un cerco a lo que representa esta noción para la cultura occidental; y cuyos elementos más comunes, -que pudimos ver en algunas de las definiciones dadas-, los  resumiremos de la siguiente manera: el desenfreno y la infinitud del sentimiento; esa locura momentánea o arrebatadora, valiente y sesgada; la incertidumbre y finalmente el deseo de posesión que se desprende de aquello que se ama. Excluyendo así, por lo inabarcable del tema, el amor que pueda resultar hacia los objetos, terceros, e incluso hacia fenómenos místicos o religiosos.

 

El nacimiento y la muerte del amor

 

Ahora bien, para muchos de los escritores que hoy acompañan esta indagación, el amor está condenado a su propia destrucción desde el momento en que nace. Y contrario a lo que se pensaría popularmente, es la convivencia, la formalización, la pérdida de libertad, el reconocimiento pleno del otro y, en definitiva, todo aquello que derive en una posesión, lo que le da muerte. Porque el nacimiento del amor está condicionado al descubrimiento del otro. Pues es el misterio, aquello que está oculto y sin opciones de poseerse plenamente, lo que alimenta nuestro espíritu de amar. Y ahí radica su tragedia, su inevitable fin.

 

Pues amar, -sin consciencia de sí-,  genera un impulso por poseer. Poseer no solo en un sentido estricto y restrictivo hacia la otra persona. También implica el conocer, el descubrir en exceso, el acabar con todo el misterio que existe en el ser amado; el querer absorberlo por entero; conociendo sus secretos, sus manías, sus gustos, sus defectos y virtudes. Y en esencia, todo cuanto compone la esencia individual de una persona. De ahí a que escritores como La Rochelle afirmen que el amor solo dura en cuanto “dura la sorpresa”(Rochelle, p. 12). Pues como bien dicen sus diarios “llegará un día en que ya se lo haya dado todo, todo lo que yo podía darle. [Y] pronto se sentirá el desequilibrio que engendra el movimiento. (Ibid., p. 12)

 

Con una tesis similar, Pascal Quignard afirma que el amor dura en cuanto dura el descubrimiento del otro. Pues una vez muere el amor, debido a la saciedad que nace de la convivencia y el tiempo, solo se logra reconocer al otro. Reconocerlo más como un recuerdo, que como un ser amado. Y para él, ya ni siquiera se añorará a la persona amada, sino más bien, se anhelará lo que se sintió en el momento mágico del descubrimiento. Lo anterior lo vemos cuando dice: “descubrir y reconocer no determinan regímenes semejantes. Descubrir y reconocer son como nacer y envejecer. A partir de ese instante de máxima altura que imagino como el desbordamiento de un rio, todo lo que está a punto de ocurrir ya nos desvela nada, pero lo recuerda todo” (Quignard. p. 8).

 

Esa es la razón que llevó a Quignard, en Vida secreta, a construir un personaje apático del ejercicio común del amor en la modernidad. Así, en ella,  la amante del protagonista, consciente del mal que implicaba el dejarse conocer por entero, decidió mantener su vida privada y sus gustos en absoluto misterio. A pesar del fuerte deseo de ser descubierta por su amante, mediante breves diálogos íntimos con ella: “[M]e habría gustado entrar en su vida secreta. Conocí mejor su cuerpo y sus reacciones, e incluso sus sensaciones, que el eco que ella prestaba en su alma  o que estábamos viviendo. Nunca supe nada de su infancia. Nada sobre los motivos de esa pobreza que la había vuelto tan compleja, tan inexplicablemente retirada y modesta, tan imperiosa y, a la vez, tan inhibida”. (Quignard. p. 27).

 

En ese mismo sentido, el escritor francés Raymond Radiguet, al ver el tedio que se produjo en su vida amorosa, producto del excesivo conocimiento y control de su amada, se propuso a escribir su novela más famosa, El diablo en el cuerpo, con la intención de expresar, con absoluta sinceridad, cómo el diablo, representado en el aburrimiento y la falta de misterio, terminaron por destruir la relación de convivencia que tenia con su único gran amor: “[A]hora que ya no me quedaba nada que desear, sentía que me volvía injusto. Me afectaba que Marthe pudiera mentir a su madre sin ningún escrúpulo y mi mala fe le reprochaba esa facilidad para mentir. Sin embargo, el amor, que es egoísmo en partida doble, sacrifica todo a sí mismo y vive a base de mentiras. […] Hasta entonces había podido dominar mi despotismo, pues no me sentía con derecho a renunciar a Marthe. Mi dureza pasaba por periodos de calma. Y entonces me lamentaba –pronto me aborrecerás-” (Radiguet. p. 106).

 

Es por lo anterior, que varios de los escritores llegan a la necesidad de condenar la posesión en el amor, y propender por un sentimiento libre, sin ataduras, sin tiempos establecidos ni formalismos. Uno donde sea el conflicto ocasional, el misterio y el desenvolvimiento libre del sentimiento amoroso, lo que guie una relación. Claro está, si la intención de los amantes es que ese desenfreno dure. Argumento que en su momento fue compartido por el poeta Gonzalo Arango, materializándolo en el poema llamado “Un seductor diario” dentro de su libro Obra Negra, cuyo fragmento más significativo dice: “Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. / Tiene que ser necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. / Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. / Poseer plenamente un ser es destruirlo. / Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. / La posesión es mortal al deseo” (Arango. p. 179).

 

Por otro lado, consciente de la decadencia por la posesión en el amor, y del peligro que este sentimiento produce para sí mismo cuando no se tiene plena consciencia de sus alcances,  Nietzsche  le dedica una larga reflexión dentro de su libro La ciencia jovial con el fin de explicar este fenómeno: “codicia y amor: ¡cuán diferente sentimos ante cada una de estas palabras!- y sin embargo, podría ser el mismo instinto nombrado dos veces, una vez vilipendiado desde el punto de vista del que ya tiene, en el que instinto se ha tranquilizado algo y que ahora teme  por su haber; la otra vez, desde el punto de vista del insatisfecho, del sediento, y que por eso es enaltecido como bueno. Nuestro amor al prójimo – ¿no es un impulso hacia una nueva propiedad? ¿E igualmente nuestro amor por el saber, por la verdad? ¿Y en general todo aquel impulso por las novedades? Paulatinamente nos volvemos hartos de lo antiguo, de lo poseído con seguridad, y extendemos nuevamente las manos. […] El que ama quiere la posesión exclusiva e incondicionada tanto sobre su alma como sobre su cuerpo, quiere ser amado con exclusividad y habitar y dominar en la otra alma como lo más alto y valioso del ser deseado” (Nietzsche. p. 39).

 

Una última consecuencia inesperada de la posesión, y muy común dentro de la literatura amorosa, puede resumirse en la infidelidad. Ya que a raíz de las normas sociales, que en gran medida alimentan los vicios propios del amor, buscan limitarlo a una cuestión formal y posesiva -como lo es el matrimonio, o una relación por conveniencia o costumbre. Dado que  a las personas desde que son pequeñas, se les enseña a sacrificar su libertad, a durar años enteros sumidas en la tristeza dentro de una relación, en aras de evitar la crítica, la pobreza, la falta de status social y en el peor de los casos, la soledad.

 

En ese orden de ideas, frente a la imposibilidad de muchos amantes por liberarse de sus cargas sociales, la infidelidad ha representado, –en la literatura-, una doble liberación, al alimentar de nuevo el deseo de descubrimiento, y servir como disculpa para violar las normas sociales, sin que ello lleve a una ruptura radical de las convenciones morales predominantes, mediante el divorcio o la huida por amor.

 

Es por este panorama ya expuesto, que el amor debe ser libre y espontáneo. Guiado por la voluntad única de enaltecer los sentimientos trascendentes que produce. Sin afanes ni intenciones que lleven al control o la posesión plena del ser amado. Donde sea el conocimiento, pero también la prelación por la privacidad, por el secreto, lo que guie la aventura propia del amor. Y que permita el dinamismo necesario, -a veces alimentado bajo la sana existencia de pequeñas rupturas o conflictos-, para  mantener su fuente aún viva.  Y ahí radica su consciencia, su límite. Pues como bien lo evidenció  Nietzsche en su reflexión, el primer enemigo del amor reside en la propia naturaleza humana, que en cuanto comienza a amar, nace en él  ese deseo egoísta por dominar, por poseer la novedad; o en palabras de Quignard, por el afán de agotar el descubrimiento, con el fin de terminar en el reconocimiento vacio del ser que era amado, y sentir la necesidad de buscar un nuevo amor, tal y como si fuese un producto.

 

Y esa libertad implica también un desacato de la norma social. Un ejercicio de rebeldía frente a ese imperio moral, –o a esa cultura burguesa decadente como la definió La Rochelle-, que guía y rige el destino de los enamorados en muchos casos; y cuyas exigencias han causado, -incluso de forma inconsciente-, que las personas deban alinearse bajo los nuevos valores como lo son el dinero, el status, la convivencia, la acumulación y la formalidad. Dejando, en un plano antagónico, la figura del amor.

 

Referencias

 

Arango, G. Obra Negra. Ediciones Triangulo. Págs. 176-179.

Drieu La Rochelle, P. (1985) Diarios de un hombre engañado. Editorial Bruguera. Págs. 12-44.

Kierkegaard, S. (1977) Diarios de un seductor. Editorial Libros Rio Nuevo. Pág. 86.

Kristeva, J. (2000) Historias de amor. Siglo Veintiuno Editores. Pág. 3.

Nietzsche, F. (1985) La ciencia jovial. Monte Avila Editores. Pág. 39.

Radiguet, R. El diablo en el cuerpo. Lourdes Carriedo, Ed. Ediciones Cátedra. Pág. 106.

Quignard, P. (2004) Vida Secreta. Editorial Espasa. Págs. 8-27.

Autor entrada: Juan Diego Aristizabal

Juan Diego Aristizabal
Juan Diego es estudiante de doble programa en Jurisprudencia y Filosofía de la Universidad del Rosario. Se desempeñó como periodista de la sección online de Revista Semana durante el año 2016. Sus preferencias son los temas relacionados con la literatura, el arte y la filosofía.