Sandel vs Tirole: ¿El mundo no es una mercancía?

 

Entonces, la justicia y la libertad, son valores morales objetivos porque remiten a sí mismos y no porque se necesita de una demanda creciente de interés para que adquieran ese valor.

 

(Imagen tomada de il Cambiamento https://bit.ly/2kiZldC)

 

El objetivo de este artículo es iniciar una reflexión sobre los fundamentos de nuestra moralidad según las observaciones de Michael Sandel y Jean Tirole.  A pesar de que en su razonamiento los dos atribuyen unas respuestas posibles al problema de la moral en el mercado, en ningún caso se explican unos lineamientos o marcos generales para resolver el problema, por lo que el análisis descrito en este documento es solo aproximativo a las obras señaladas de los autores y no una respuesta concreta al problema.

 

Jean Tirole: ¿Límites morales del mercado o fallas de mercado?

 

El autor ve con desconfianza la tesis de Sandel y su objetivo de responsabilizar al mercado como uno de los causantes de los problemas que atentan contra los valores morales de los seres humanos. En contraposición, Tirole entiende que Sandel desconoce gran parte de los estudios económicos de los últimos años y por eso su conclusión no es propiamente desacertada, pero sí exagerada cuando se trata de ubicar al dinero y toda transacción económica como causante de la inmoralidad en la que viven las personas actualmente, pues no se trata de un problema que se resuelva de manera filosófica, sino de un análisis más riguroso sobre el funcionamiento interno de la economía. En primera medida, existen unas fallas de mercado que tienen relación con la perdida de moralidad como lo son: la información, las externalidades e internalidades y los incentivos.

 

Los mercados son imperfectos y la competencia entre ellos puede ser estimulante para crear incentivos, bajar los costes de producción y promover la innovación, no obstante, en el terreno económico, las correcciones a las fallas de mercado se pueden minimizar por medio de la ejecución de políticas públicas que explicaría que la economía es un instrumento al igual que el mercado, pero no un fin en sí mismo.  La discusión entre Sandel y Tirole se plantea en ese caso. Para Sandel lo que está sucediendo con las personas es que minimizan los valores humanos para responder solo a incentivos que son estimulantes y utilitarios según sus necesidades individuales. Sandel quiere elevar el mercado a un absoluto donde se explica un ideal de bienestar social que, a cuenta del neoliberalismo y el aislamiento, ha perdido sus cualidades éticas para centrarse en unos objetivos puramente económicos. Por su parte, Tirole no escapa a esa discusión, pero entiende que si bien el ‘mundo no es una mercancía’ las transacciones económicas son una necesidad para que exista este mundo.

 

La indignación con características morales no son un buen indicador para explicar las fallas de mercado. Se puede decir que si existen tales fallas de mercado (monopolio, oligopolio, asimetría de información, externalidades, etc.) no es por una cuestión de una extraña perdida de esa investidura moral que los filósofos han creado cuando se trata de hablar de los valores humanos en relación con los valores económicos, sino a la falta de precisión académica en la ejecución de políticas públicas que ya no tienen en cuenta un análisis correctivo, tan solo uno de constante satisfacción con los grupos de interés. Si bien a ese fenómeno se le puede denominar corrupción o clientelismo, el aporte de la academia debe ser fundamental y buscar ese espacio para que adquiera esa representación en el diseño y evaluación de políticas que corrijan las fallas de mercado, más no entrar en la discusión punitiva de aquellos que tienen la culpa porque su ambición es superior a su interés por lo colectivo; se trata es de ampliar los marcos de análisis de las fallas de mercado, antes que elevarlos a unos niveles sagrados y absolutos de irresoluble explicación.

 

Nuestros sentimientos de repulsión son, pues, fuentes de inspiración ética poco fiables. Pueden mostrarnos un camino, indicarnos que hay algo que parece no funcionar en la organización de la sociedad o en nuestros comportamientos individuales. Pero ahí acaba su papel. A la hora de concebir las políticas públicas es necesario cuestionar esos sentimientos y optar por la reflexión. Y tenemos que comprender mejor los fundamentos de la moralidad y de nuestros temores ante la comercialización de determinados ámbitos. Algo a lo que se dedica la comunidad académica. (Tirole, 2017, pág. 60-61)

 

La asimetría de la información que hay entre cada persona lo obliga a que tome decisiones que usualmente pueden estar en contra de sus propios intereses, así, eso que Sandel llama un problema moral, según Tirole, se debe corregir explicando con claridad los incentivos que existen en cada una de las partes para que la información no se presente con asimetrías.  No es claro para el autor que las condenas del comportamiento inmoral solo se den de forma generalizada culpando a entes abstractos como el sistema financiero, o las grandes y pequeñas corporaciones que contaminan el aire y las aguas al mismo tiempo que concentran grandes sumas de capital que no se distribuye nuevamente en las finanzas de la nación, sino que profundizan la brecha social y generan externalidades como lo son la pobreza, el individualismo o la corrupción. (Piketty, 2014)

 

Cuando se usa la expresión ‘la vida no tiene precio’, se le puede atribuir una connotación metafísica. El ejemplo que Kant elabora para explicar que la dignidad humana no puede resumirse a la utilidad porque las personas tienen un fin en sí mismo y deben pensarse como un fin y no como un medio para lograr los objetivos de otros, expone una condición en la que un dilema moral del tipo utilitarista sería impensable para una sociedad y los organismos de control que la representan dado que no se podría pensar que sea viable matar una persona para salvar a cien o al doble según sea el caso, sin embargo, las situaciones en las que las personas se desenvuelven diariamente le exigen pensar en esos ámbitos. Por ejemplo, el dilema del tranvía plantea la siguiente pregunta: ¿Estaríamos dispuestos a empujar a un hombre bajo las ruedas de un tranvía para hacer que este descarrilara y evitar con ello la muerte de cinco personas que se encuentran a su paso un poco más adelante? (Tirole, 2017)

 

Los dilemas morales se resuelven con estudios académicos en donde las teorías económicas dan buenos aportes, no solo para resolver el dilema moral, sino además para crear efectos civilizatorios en las formas de pensar que tienen las sociedades.  Su postura al individualismo metodológico explica que los dilemas de Sandel y la mercantilización de las diferentes prácticas de vida de los hombres donde está fuertemente marcado el egoísmo de la sociedad moderna, se solucionan con los incentivos adecuados, donde las personas pueden elegir con qué sector comercial se pueden solucionar de mejor manera sus necesidades y demandas por bienes y servicios, en las que incluso las problemáticas más agudas para el mundo contemporáneo como la superación de la pobreza y el calentamiento global se definen por una serie de reglas claras y unos mecanismos que se articulan entre estado y mercado y no por ello aduciendo que los incentivos responden a efectos o lógicas de mercado absolutas sino a fallas que siempre son posible pensarse sin responsabilidades metafísicas y sagradas.

 

Retomando una observación que ya he hecho con motivo de la desigualdad, la conclusión que me gustaría sacar es que el mercado es en ocasiones el chivo expiatorio de nuestra hipocresía. No refuerza ni debilita por sí mismo nuestros vínculos sociales, sino que es un espejo de nuestra alma que pone de manifiesto unas realidades de nuestra sociedad o facetas de nuestras aspiraciones y preferencias que hubiéramos preferido ocultar, no solo a los demás, sino también a nosotros mismos. Podemos romper el espejo suprimiendo el mercado. Pero con ello lo único que hacemos es dejar en suspenso el cuestionamiento de nuestros valores personales y colectivos. (Tirole, 2006)

 

Michael Sandel: ¿Qué es lo que el dinero no puede comprar?

 

Las observaciones de Sandel lejos de ser solo prejuicios idealistas de una moral que se ha perdido por cuenta de las trampas del mercado, expone que lo injustificable de que el mercado condicione algunas de las conductas de los seres humanos, es pensar que la exclusión entre derechos en actividades de la vida practica ahora pasan por el filtro de cuánto es posible pagar para obtener lo que quiero o necesito, poniendo en desventaja no solo aquellos derechos que han sido privatizados sino ahora bajo condiciones que expresan las acciones humanas con el supuesto de cuánto vale lo que quiero y que si puedo pagarlo, lo tendré.

 

Conforme los mercados y el pensamiento orientado al mercado van invadiendo esferas de la vida tradicionalmente regidas por normas no mercantiles —salud, educación, procreación, política de refugiados, protección medioambiental—, este dilema se plantea cada vez más con mayor frecuencia. (Sandel, 2013, pág. 84)

 

La pregunta que se hace el autor es: ¿Qué debemos hacer cuando la promesa de crecimiento económico, o de eficiencia económica, significa poner precio a bienes que consideramos no tienen precio?  En la interpretación de Tirole, los precios no son justos, solo son la representación de una serie de procesos que en la cadena de producción adquieren más o menos valor dependiendo de la demanda. Por eso la relación entre cuál es el precio justo es ineficiente para explicar el porqué se producen los precios. En efecto, todo puede ser comercializado, y Sandel no minimiza esa discusión, sino que pone su esfuerzo en explicar que una sociedad de mercado no es lo mismo que una economía de mercado. A eso se pregunta: ¿Cuál debería ser el papel de los mercados en la vida pública y en las relaciones personales?  

 

Si bien para Tirole la ejecución de políticas públicas corrige esas asimetrías que contagian la vida pública, la falta de argumentos morales sobre el diseño de esa política y el supuesto de que la utilidad, la eficiencia, y el coste-beneficio corrige automáticamente las fallas de mercado no es una razón suficiente para que se evalúe desde juicios morales las acciones económicas.  De ahí que se hace necesario un debate sobre los límites morales del mercado.

 

Vientres de alquiler de mujeres indias: 6.250 dólares. Derecho a cazar un rinoceronte negro en peligro de extinción: 150.000 dólares. Derecho a emitir a la atmósfera una tonelada de dióxido de carbono 13 euros. Hacer cola toda una noche ante el Congreso de Estados Unidos para guardar un sitio 15 -20 dólares la hora. Si estás en un colegio de bajo rendimiento escolar, leer un libro 2 dólares. Estos son solo algunos de los ejemplos por los que el autor explica de manera alarmante la sociedad de mercado. De alguna manera el argumento está expuesto en que hay cosas que no se pueden comprar porque tienen un valor en sí mismo, ese valor en sí mismo es aquel que refleja la dignidad de las personas, y evita que se caiga en la desnaturalización de confundir valores económicos con valores humanos.

 

En ese contexto, el concepto que subyace es el de valor moral sobre el de valor económico. Sheler clasificaría los valores entre sensibles, útiles, vitales, estéticos, intelectuales y morales, sin embargo, cuando explica los valores morales los relaciona directamente con justicia, libertad e igualdad. (Cortina, 1999) De alguna manera, el énfasis de Sandel está en que la sociedad de mercado pone precio a esos valores morales que, en su imposibilidad de comprensión como valor humano, terminan mercantilizándose a los intereses de quien posea la capacidad de comprarlos.  La pregunta entonces es: ¿Por qué no se puede comprar? ¿Por qué no se puede comprar la justicia o la libertad? La dicotomía se establece entre si los valores son objetivos o subjetivos. (Seijo, 2009) En el primer caso, el valor está desligado de la postura personal, intenta limitar el relativismo del que el sujeto trata de poner en evidencia que las cosas no tienen un valor en sí mismo, sino que es el ser humano quien les da valor. Y en la segunda que los valores son representación de ideas entre personas o culturas. El vacío que va desde lo subjetivo a lo objetivo es por donde se fracturan las bases de una sociedad que preserva a los demás en valores en sí mismos respaldados por unas instituciones que los defienden, y otra en la que las instituciones públicas se comercializan para lograr objetivos que pueden ser naturales al mercado como la oferta y la demanda.

 

Entonces, la justicia y la libertad, son valores morales objetivos porque remiten a sí mismos y no porque se necesita de una demanda creciente de interés para que adquieran ese valor. Adquieren valor solo en el momento en que explican la esencia de una sociedad porque tienen políticas cada vez más justas para sus habitantes o una persona individual que le permiten desarrollar habilidades y vivir en un contexto donde pueda experimentar la libertad. Siendo así, no puede reducirse necesariamente al cálculo de mercado en el que la justicia y la libertad se hacen de acuerdo a la cantidad de dinero que se ofrece y que deja en desventaja a quienes no cuentan con igualdad de oportunidades para que la sociedad de mercado les permita vivir de manera justa y libre.

 

El razonamiento mercantil es utilitario y por eso no puede explicarse a través de argumentos metafísicos o morales, que en el caso de maximizar la riqueza siempre ponen la balanza a favor de quienes tienes más capital. Para Tirole las personas responden a incentivos y si existe desigualdad o cualquier otro problema moral que sea producto de una falla de estado es porque los incentivos con los cuales se está pensando el mercado no han sido bien aplicados, pero no dice que aplicarlos de una u otra manera sea una razón para usar palabras como justo o injusto. No hay una reflexión sobre el bien o el mal. Los incentivos para Sandel pueden llevar a que se corrompan los valores humanos.

 

Corrompemos un bien, una actividad, o una práctica social siempre que los hacemos descender a un nivel inferior al que les es propio. Así, y para poner un ejemplo extremo, tener hijos para venderlos y obtener un beneficio es una corrupción de la paternidad, pues trata a los niños como cosas que pueden ser usadas en vez de seres que deben ser amados. (…) El sistema de pagar por estar sano puede fracasar porque cultiva los valores que sustentan la buena salud. Si eso es cierto, la pregunta del economista (¿Funcionan los incentivos económicos?) y la pregunta del moralista (¿Son objetables?) están más cerca una de la otra de lo que parece a primera vista. Que un incentivo funciona, depende de su objetivo. Y el objetivo propiamente dicho puede incluir valores y actitudes que los incentivos económicos socaban. (Sandel, 2013. Pp, 51,52,65)

 

Pero entonces, ¿por qué no seguir usando el dinero como un incentivo? La primera conclusión es que el razonamiento mercantil se queda incompleto sin el razonamiento moral. Y de hecho, en las bases sobre las cuales se construye una política económica debe existir un razonamiento moral. Así, no es que la economía deba pensar siempre en función filosófica a través de supuestos morales para realizar sus objetivos en el bienestar de la sociedad, sino que en los últimos años ha dejado de lado esta pregunta por cómo mejorar el nivel de vida de las personas para enfocarse en la producción, distribución y consumo de bienes materiales. El concepto de incentivo no puede ser el mecanismo por el cual se moviliza a las personas a tomar decisiones, sino el medio para que ese incentivo adquiera una justificación, además de económica, también moral.

 

Referencias

Sandel Michael, Lo que el mercado no puede comprar. Los límites morales del mercado, Traducción de Joaquín Chamorro Mielke, Barcelona, Debate, 2013

Tirole Jean, La economía del bien común, Traducción de María Cordón Vergara, Barcelona, Penguin Random House, 2017.

Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI. Fondo de cultura económica. 2014.

Seijo Cristina, Los valores desde las principales teorías axiológicas: Cualidades apriorísticas e independientes de las cosas y los humanos. Universidad de Magdalena. 2009. Nº6. Pp 152-154.

Cortina, Adela, El mundo de los valores. 1999. Ed. El Buho.

Autor entrada: Julio López

Julio López es Licenciado en Filosofía, Magíster en Estudios y Gestión para el Desarrollo, Especialista en Políticas Públicas. @Corbatto