El proyecto de Constitución del Libertador

 

En vez de educar al latinoamericano en los principios universales para que tuviera una herramienta al momento de juzgar ideas, se le siguió adoctrinando con las mismas ideas muertas de siglos de sometimiento.

 

(Imagen tomada de El Tiempo https://bit.ly/2ImugQN)

 

El proyecto de Constitución presentado por el Libertador de América, Simón Bolívar, ante el Congreso reunido en Angostura en 1819, proponía la creación de un “Poder Moral”, que residiría “en un cuerpo compuesto por un Presidente y cuarenta miembros que, bajo la denominación de Areópago, ejercería una autoridad plena e independiente sobre las costumbres públicas y la primera educación”. Sus integrantes serían “personas sagradas” (sección I, art. 7). El censor que cumpliese fielmente sus obligaciones, recibiría “el honroso título de catón” (sección II, art. 10). (Fernández 2000: 185).

 

¿Por qué el código moral radicaba en un colectivo, y no en los individuos latinoamericanos? “Yo tengo muy poca confianza en la moral de nuestros conciudadanos, y sin moral republicana no puede haber gobierno libre”, dijo Bolívar en Angostura a Guillermo White (Fernández 2000: 201). ¿Qué impedía que Bolívar delegara la ética en los particulares, en vez del Estado, como terminó haciéndolo? “Para afirmar esta moral, he inventado un cuarto Poder que críe a los hombres en la virtud y los mantenga en ella”, complementó.

 

“El desarrollo moral del hombre es la primera intención del Legislador”, reconoció en el “Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia”, el 25 de mayo de 1826, en Lima, de acuerdo a Romero (1995).

 

Pero la respuesta filosófica la encontramos en el pensador que puso fin a la Ilustración y sentó las bases para el siglo XX, Immanuel Kant (Peikoff 2013: 523), específicamente en su teoría deontológica, centrada en el deber.

 

A lo mejor Bolívar nunca oyó de Kant, pero propagó su visión de la moralidad, mientras el pensador alemán le proporcionaba un prestigio formal y académico.

 

Ya no vale actuar a instancias de un código de mandamientos religiosos que se aplican acríticamente por fe o por costumbre; ya no vale identificar un objetivo exterior al que el ser humano adapte y dirija sus juicios y acciones, sea la consecución de la felicidad o cualquier otro (Solé 2015: 91). Como la ética aristotélica se aplica al ámbito de la acción humana, Kant le roba al hombre su virtud por cuenta propia al secuestrarla y vendernos el deber como voluntad buena. Un hombre virtuoso no es aquel que obtenga logros en la vida, es quien actúa exclusivamente por deber.

 

Kant da contenido de voluntad buena al definirla como aquella voluntad que actúa por el deber, y que así se constituye como conciencia moral (Solé 2015: 97).

 

De esa forma el filósofo alemán desafía a John Locke y a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, quienes establecieron que los derechos individuales fueron concebidos al hombre por “el omnipotente e infinitamente sabio Creador”. Kant corrige y afirma que los “derechos” son principios morales, una condición a priori (influencia de Wolff) para la constitución de la sociedad o el Estado, una convivencia de seres humanos bajo la ley derivada de lo que es moralmente correcto. Al definir lo que es moralmente correcto falla estrepitosamente al sostener que es lo que debe hacerse tan solo por el deber, sin ningún interés personal alguno.

 

Una acción es moral, según Kant, solo si uno no tiene el deseo de llevarla a cabo, sino que la hace por un sentido del deber y no recibe por ella beneficio de ningún tipo, ni material ni espiritual; un beneficio destruiría el valor moral de una acción. (Así, si uno no tiene el deseo de ser malo, uno no puede ser bueno; si lo tiene, puede) (Rand 2009).

 

“El deber”, Kant afirma, es el único criterio de virtud; pero la virtud no es su propia recompensa: si hay una recompensa involucrada, deja de ser virtud. La única motivación moral, afirma, es la devoción al deber por el deber; solo una acción motivada exclusivamente por tal devoción es una acción moral (es decir, una acción realizada sin ningún atisbo de deseo o interés propio) (Rand 2009: 32).

 

Y actuar por deber Kant lo dejó establecido en el Apéndice II de La paz perpetua: “En la ley del Estado (ius civitatis) o la legislación nacional, hay una pregunta que muchos sostienen que es difícil de responder, sin embargo, se resuelve fácilmente por el principio trascendental de lo público. La pregunta es: “¿es la rebelión un medio legítimo para que un pueblo la emplee en quitarse el yugo de un presunto tirano?” Los derechos de las personas han sido lesionados; ninguna injusticia acontece al tirano cuando él es depuesto. No puede haber ninguna duda sobre este punto. Sin embargo, es en el más alto grado de ilegitimidad para los súbditos buscar sus derechos de esta manera. Si ellos fallan en la lucha y luego son sometidos a la pena más severa, no pueden quejarse sobre la injusticia más que el tirano podría si lo hubieran conseguido. Si uno desea decidir esta cuestión por una deducción dogmática del fundamento jurídico, puede haber mucha discusión en pro y contra; solamente el principio trascendental de lo público de la ley pública puede liberarnos de esta prolijidad. Según este principio, un pueblo debería preguntarse antes del establecimiento del contrato civil si se atreve a publicar la máxima de su intención de rebelión en la ocasión dada. Está claro que si, en el establecimiento de una Constitución, la condición es que la gente puede en ciertos casos emplear la fuerza contra su jefe, la gente tendría que pretender un poder legítimo sobre él, y entonces él no sería el jefe. O si ambos son la condición de la creación del Estado, ningún Estado sería posible, aunque establecerlo haya sido el propósito de la gente. La ilegitimidad de tal rebelión es así clara en el hecho de que su máxima, si se reconoce abiertamente, haría su propio propósito imposible. 

 

Según Kant, no puede existir un derecho a la rebelión: actuar por deber es acatar la ley y tolerar al dictador. Un planteamiento en clara contraposición con los ideales de Locke.

 

La dicotomía “Yo a priori – causal- universal – científico”, el hombre de ciencia en el conocimiento teórico, y el “Yo trascendental – no causal – no universal – no científico”, el hombre común del conocimiento moral, equiparable al “Yo libre” (fenomenal) y el “Yo obediente” (noumenal o cosas-en-sí), respectivamente. En una misma persona habitaba la razón y la sinrazón “moral”, un ser humano científico y común, un individuo libre y sometido a órdenes arbitrarias de siempre. Un verdadero esperpento delirante al servicio de deberes incomprensibles.

 

En vez de educar al latinoamericano en los principios universales para que tuviera una herramienta al momento de juzgar ideas, se le siguió adoctrinando con las mismas ideas muertas de siglos de sometimiento.

 

No pudo existir una evidencia más elocuente de la violación de los principios de causalidad y no contradicción para dar paso expedito mediante el sufragio universal a las opiniones establecidas del individuo común sometido por siglos de hambruna, sacrificios inmerecidos y pobreza como estándar moral en  las sociedades industriales. No pudo existir una canallada mayor para los pueblos de Occidente que esta “genialidad” de este filósofo alemán: el “monstruo coronado” que describía don Justo Arosemena de las épocas precapitalistas, se legitimaba por el voto popular bajo la creencia que representaba su “sentir” en el nuevo régimen industrial, convirtiendo a los pueblos en cómplices de crímenes de lesa humanidad en el siglo XX. Del feudalismo al neofeudalismo: de los homenajes feudales a las hipótesis constitucionales.

 

A través de Kant el neoplatonismo emergió nuevamente como estándar ético: las demostraciones científicas no contradictorias no tenían ninguna justificación moral, solo las opiniones establecidas contradictorias (platónicas) del individuo común.

 

A pesar de reconocer que el ser humano es “activo y libre, autor y responsable de sus pensamientos y elecciones” en la epistemología, en el mundo “noúmeno también se halla en un espacio de leyes no acatadas pasivamente, sino adoptadas y elegidas, no conciernen a lo verdadero y a lo falso ni pueden usarse para hacer predicciones o explicaciones, no son científicas. Son leyes prácticas (éticas) que atañen a lo que hay que hacer, el deber”, explica Solé (2015).

 

Y cuando el nuevo enfoque de Kant tomó control total de la filosofía occidental, como hizo en unas pocas décadas, ese deber al mundo “noumenal” (inalcanzable para el hombre, pero la verdadera realidad) se convirtió en un deber al grupo o al Estado de las opiniones probables no científicas. La revolución copernicana de Kant reafirmó las ideas fundamentales de Platón. Esta vez, sin embargo, las ideas no estaban moderadas por ninguna influencia pagana. Estaban enteras, sin diluir, y fueron por lo tanto incomparablemente más virulentas (Peikoff 2013: 523).

 

Influenciado por las ideas de los ilustrados, Kant no pudo desarrollar las implicaciones políticas de su filosofía, pero Comte, Hegel, Bismarck y Marx no tuvieron ningún problema: el “deber” significa el deber sin cuestionar a los dictámenes contradictorios de las autoridades. Las enseñanzas éticas de Kant condujeron irremediablemente a las guerras mundiales, aunque sus primeras implicaciones políticas implícitamente alcanzaron a Estados Unidos y a la Gran Colombia durante su formación como naciones independientes.

 

Estas aperturas históricas que permitía el enfoque kantiano se reflejaría en Estados Unidos. En 1798, las cámaras del Congreso, cuya mayoría provenía del partido gobernante, el Partido Federalista, al cual pertenecía el presidente John Adams elegido en 1796, sancionarían la Ley de Sedición, cuya vigencia fue prevista hasta el 3 de marzo de 1801. Una ley que limitaba el derecho de libertad de expresión.

 

Aunque el pensador alemán reconocía que las acciones de los hombres estaban limitadas moralmente por la ley de una sociedad política constitucional (los jueces federales, que respondían políticamente a Adams, sostuvieron que toda crítica expuesta bajo las condiciones previstas en la ley se presumía falsa, a menos que el acusado probara la verdad de sus expresiones), y que el individuo la obedecía por cuestión de deber (a pesar de limitar el absoluto derecho a la libertad), su teoría deontológica  aportó las ideas para que el padre del positivismo, August Comte, señalara sin temor a ser desafiado, que lo que quiso decir Kant por derechos, eran realmente deberes.

 

Su sistema ético fue bautizado con el nombre de “El Catecismo de la Religión Positivista”, desapareciendo la ilusión del derecho de la política, sustituida por el deber. Comte no pudo ser más explícito sobre este punto, que en la “Explicación del régimen o sistema de vida”, la tercera parte de su obra sobre el catecismo positivista.

 

Todos los derechos humanos entonces son tan absurdos como son inmorales. Como el derecho divino, ya no existe, la noción debe desaparecer totalmente, como referente únicamente al estado preliminar y directamente incompatible con el estado final, que admite solo deberes, como consecuencia de las funciones” (Comte 1886).

 

Fruto de la intolerancia y del autoritarismo político, la Ley de Sedición pretendía cercenar toda crítica dirigida al gobierno bajo el pretexto de resguardar la vigencia del orden constitucional. El derecho a la libertad sustituido por el deber al Estado. De vuelta a las leyes tiránicas.

 

A pesar que no fue la idea de la razón de Estado, sino la idea de la libertad lo que iluminaba la mente de Bolívar y daba fuerza a su corazón y sus músculos (Pineda 1983: 152), terminó siendo víctima de esa nueva corriente nihilista que comenzaba a contagiar a los mejores intelectuales de su época.

 

Los latinoamericanos, en vez de convertirse en “hombres libres” racionales e individualistas, como quiso y era el propio Libertador, el elemento intrinsicista del “Rayo de la guerra” hizo que quedaran sometidos por “deber” a las exigencias del Estado: estatismo. Y el Estado, en vez de ser “sirviente” de los derechos individuales inalienables, culminó siendo su opresor (el miedo que tanto tuvo Montesquieu), no solo en Latinoamérica, sino en los Estados Unidos. “Estatismo” significa cualquier sistema que concentra el poder en el Estado a expensas de la libertad individual (Peikoff 2013: 424). Por ende, estatismo y libertad son mutuamente excluyentes.

 

Bibliografía

 

  • Fernández, Antonio, 2000. 1.000 Preguntas 1.000 Respuestas sobre Simón Bolívar. Júpiter Editores. Caracas, Venezuela.
  • Romero Martínez, Vinicio, 1995. Diccionario del pensamiento bolivariano (misivas y discursos). Editorial Panapo. Caracas, Venezuela.
  • Peikoff, L., 2013. Objetivismo. La filosofía de Ayn Rand. Buenos Aires: Grito Sagrado.
  • Solé, Joan. 2015. Kant, el giro Copérnico en la filosofía. Editorial Bonalletra Alcompas, S.L. España.
  • Rand, Ayn. 2008. Filosofía ¿Quién la necesita? Buenos Aires. Grito Sagrado.
  • Comte, Augusto. 1886. Catecismo Positivista. Dirección y Administración.
  • Pineda, Mantilla. 1983. Fuentes del pensamiento político y jurídico de Simón Bolívar. Estudios de derecho UDEA.

Autor entrada: Mauro Zuñiga Saavedra

Mauro Zuñiga Saavedra
Mauro Zuñiga Saavedra es periodista y docente de la Universidad de Panamá. máster en periodismo económico por la Universidad Rey Juan Carlos, autodidacta en Objetivismo.