El caso de la salud belga

 

(Imagen tomada de Buendía Tours https://bit.ly/2KcQc1i)

 

Bélgica: país medio artificial del norte de Europa occidental -su nombre proviene de la antigua provincia romana de Gallia Belgica-, núcleo de las instituciones colectivas del antiguo continente: la Unión Europea y la OTAN; capital de la socialdemocracia europea y de innumerables movimientos socialistas, ambientalistas y colectivistas; jugador importante en el origen de la teología de la liberación -inspiración de Camilo Torres-. Dadas las complejidades introducidas por la presencia de tres comunidades lingüísticas y su enrevesado contexto histórico, el funcionamiento del país solo puede ser descrito como un embrollo en todos los niveles. A pesar de su heterogeneidad, Bélgica en donde, por cierto, me desempeño como investigador, se puede caracterizar con suficiente seguridad por la prominencia de tendencias socialdemócratas en su panorama político. El país es, por supuesto, respetuoso del libre mercado y los derechos de los individuos (como los países escandinavos, no es ningún ejemplo del éxito de algún tipo de socialismo), pero convive con la constante tensión impuesta por el colectivismo asociado con la presencia de lo que se conoce como Estado de bienestar.

 

Parte de este Estado de bienestar es, naturalmente, un sistema de salud gratuito y pongo la palabra en cursiva porque nada en la vida es gratis; especialmente cuando se trata de un servicio prestado por el Estado. Quienes vivimos en Bélgica debemos pagar abultados impuestos para financiar los subsidios que provee el gobierno. ¿Estamos, entonces, viviendo en la realización de los ideales de izquierdistas como Gustavo Petro? No es mi intención abordar ese debate en este texto, pero la gran diferencia entre los programas de redistribuidores de la riqueza como el mencionado candidato y la realidad de la aplicación de un Estado de bienestar en los países ricos del viejo continente es esa misma: los países ricos de Europa son ricos. El libre mercado ha permitido la creación de riqueza y los ciudadanos se pueden permitir pagar elevados impuestos. Habiendo dicho eso, quisiera regresar al sistema de salud belga.

 

Si bien no soy muy amigo de que estemos esperando que el Estado nos subsidie todo, si aceptamos eso como un fait accompli, creo que lo que ocurre en Bélgica es una buena forma de subsidiar la salud. El sistema de salud de este país es complicado, por lo que no entraré en mucho detalle para no aburrir al lector.  De acuerdo con los estudios que la think tank sueca Health Consumer Powerhouse ha realizado desde 2005, este sistema se ha encontrado de forma consistente entre los mejores de Europa y, para el 2017, se ubicó en el octavo lugar; superando a países como Francia, Suecia y el Reino Unido. De forma similar a la colombiana, los empleados están obligados a contribuir una parte de sus sueldos al sistema, mientras que los empleadores deben aportar una cantidad considerable por cada empleado. Por defecto, cada persona pertenece al fondo público de salud, pero tiene la completa libertad de asociarse a una de las Mutuelle (similares a una cooperativa, pero con la particularidad de que muchas están asociadas con religiones o ideologías) y/o una aseguradora privada.

 

Hasta aquí, parecería que la única diferencia de importancia entre el sistema colombiano y el belga es que este último cuenta con la adecuada financiación que un país del primer mundo es capaz de proveer. Sin embargo, existe otra que refleja la gran diferencia de percepciones que existe entre muchos países latinoamericanos y Europa occidental: en Bélgica el sistema de salud gira alrededor de sus usuarios y por tanto, éstos deben pagar la totalidad de los servicios cuando acceden a ello. La anterior afirmación puede parecer paradójica pero lo que ocurre es que se tiene en este país algo similar a un subsidio a la demanda en la salud. Cuando una persona se siente enferma, considera que requiere de un especialista, necesita servicios odontológicos,  etc., puede agendar libremente una cita en la clínica o práctica privada de su elección. Una vez haya recibido los servicios sanitarios (cuyas citas llegan en pocos días o menos), el paciente debe pagar de su bolsillo el costo total y luego enviar por correo al fondo de salud un voucher firmado por su profesional de la salud para, finalmente, recibir un reembolso.

 

Entonces, tenemos que los usuarios belgas tienen la capacidad de decidir quiénes les prestan servicios de salud cuando los requieren. Como consecuencia, los prestadores primarios de salud están obligados a ofrecer un servicio de primera calidad pues las entradas de dinero simplemente no están garantizadas y el subsidio ofrecido por el Estado llega directamente a las manos de los pacientes. Si una persona va a un consultorio de una clínica pública y siente que sus necesidades no son atendidas, simplemente puede ir a una práctica privada (el caso contrario, por supuesto, también aplica). Como mencioné antes, el sistema funciona y, a diferencia de las usuales soluciones estatistas propuestas por gente como el candidato Petro, es verdaderamente humano.

 

Es claro que en Colombia, al no contarse con la misma riqueza de un país europeo, no se puede trasladar directamente un modelo del primer mundo sin asfixiar más a los ciudadanos o empresas con impuestos. Sin embargo si, como sociedad, vamos a pagar comunalmente por algo, no hay razón para ver al sector público y al privado como enemigos. Tiene menos sentido en nuestro país, donde el Estado se ha caracterizado por prestar pésimos servicios y estar plagado por la corrupción. Para tener un servicio de salud decente, hay que dejar el capitalismo de amigotes que impera en Colombia y huir de la mentalidad de que el Estado es la solución a todos nuestros problemas. Si logramos que haya competencia real por los usuarios, la calidad pasará a ser la primera prioridad del sistema.

Autor entrada: Juan Pablo Gallo Molina

Juan Pablo Gallo Molina
Juan Pablo Gallo Molina es Ingeniero Químico e Ingeniero Ambiental de la Universidad de los Andes. Investigador doctoral en Ghent University, Bélgica. Admirador de la civilización occidental.