En defensa de lo amoral en el arte y la literatura

 

El artista, libre que es, a sabiendas de que en muchos casos un evento desastroso puede pasar inadvertido para la historia-ocultado en muchos casos por razones ideológicas o por pudor moral, como lo fueron las masacres realizadas por Stalin y denunciadas por Alexander Soljenitsin en Archipiélago Gulag-, juega con el efecto estético de cada una de sus creaciones, con el doble propósito de causar el mayor impacto posible en quien las admira y desahogar su inquietud sensible.

 

(Imagen tomada de WahooArt https://bit.ly/2jUIii1)

 

Una mirada crítica a los movimientos de censura por razones ideológicas  y morales

 

En meses recientes, y con una actitud nociva, algunos intelectuales y movimientos sociales alrededor del mundo occidental, se han alzado bajo la bandera de la corrección política con el único fin de censurar obras artísticas y literarias. Su argumentación, que ha sido variada, podría enmarcarse dentro de un campo visiblemente concreto: Tanto la obra artística, como también la literaria, al pertenecer a una sociedad determinada, dentro de un contexto delimitado, deben evidenciar un contenido moral y político, que se adecúe al canon “dominante” de la sociedad. O en su defecto, que reivindique un contenido ideológico correcto en “protección” de grupos minoritarios.

 

En este orden de ideas, toda obra de arte que refleje un contenido sexual explícito, inadecuado, incómodo, moralmente reprochable, o detallando los vicios y los infortunios humanos, no sólo se les considerará obscenas para el público. También, serán el reflejo vivo de la inmoralidad de los artistas que las crearon. Toda vez que en sus obras, ellos incitarán de alguna forma desconocida a la realización de conductas ofensivas. Ahora bien, los casos de censura han sido variados en distintos campos del arte. Pero los que más indignación han causado dentro del mundo del arte y la literatura, podrían resumirse en tres.

 

El primero de ellos, expuesto entre muchos otros medios, por El País de España el primero de febrero del 2018, puso en evidencia cómo una hermosa pintura realizada hace más de un siglo por el artista John William Waterhouse, llamada Hylas y las ninfas, tuvo que salir de la exposición de la Galería de Arte de Manchester por reacciones negativas del público. La razón del intento de censura de la pintura estaba sustentada en que el cuadro contenía imágenes de mujeres desnudas realizando actos de seducción. Imagen que en cierto grupo de personas se asemejaba más a la cosificación de la mujer dentro de la cultura, que a una representación mitológica.

 

Un segundo intento de censura, expuesto por el diario ABC de España el 14 de febrero del 2018, entre otros diarios, relata cómo dos libros hito para la literatura norteamericana fueron censurados en el distrito escolar de Duluth, Minnesota, por tener un lenguaje impropio y lleno de palabras que en el concepto de las autoridades, eran peyorativas. Estos dos libros son Cómo matar a un ruiseñor, de la escritora Harper Lee, y Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain.

 

En un tercer caso, menos sonado pero igual de preocupante, fue el artículo publicado por The Literary Hub, de la escritora Rebbeca Solnit, llamado Men explain Lolita to me. Donde la autora hace un llamado a que obras como Lolita, en vez de ser enaltecidas como obras literarias, sufran de una reforma o una crítica mucho más aguda por el hecho de mostrar una relación sexual y tormentosa entre un profesor de literatura y una colegiala. Argumentando que las obras literarias en general deben tener una estrecha relación con la moral predominante.

 

Tres casos que por más nobles que puedan resultar, es innegable que desconocen en gran medida no sólo los logros que han significado la independencia del arte, sino también la histórica labor que durante siglos los artistas han desempeñado en servicio de su propio sentir y la humanidad. Como también la importancia que han significado para los cambios sociales, el justo deseo de incomodar, de molestar y de poner de manifiesto esas verdades molestas que durante tanto tiempo algunos grupos han luchado por eliminar, con el fin de seguir ejerciéndolas, en algunos casos. Por ello, me propongo a denunciar el tribunal inquisitorio que habiendo surgido de la comprensible visión por un mundo más tolerante, desencadenó en mi parecer, en una pretensión tiránica de querer reformar y ocultar dos de las manifestaciones relativamente más libres y amorales en este mundo: el arte y la literatura. Para ello, me apoyaré en el filósofo holandés Rob Riemen con el fin de hacer más clara mi posición y responder a qué es el arte y la literatura, y cuál ha sido su servicio a la humanidad, dentro del marco de su independencia.

¿Qué es el arte y la literatura y cuál es la importancia de su independencia?

 

Son en esencia la representación de la vida y la muerte, de lo concreto y lo metafísico. Son  también una fotografía palpable de cada una de las épocas más y menos destacadas de la historia humana. En ellas, se encarnan tanto las bondades del progreso y la secularización, como también las más terribles imágenes de dolor causadas por el racionalismo exacerbado, por dar un solo ejemplo. Son y siempre serán el retrato vivo no sólo de nuestro amor por la vida, de nuestro romanticismo asiduo y amante de la naturaleza, la belleza, el erotismo o la fe, sino también el reflejo de nuestro descontento, de nuestros vicios y nuestra melancolía. En esencia representan todo lo concerniente a la condición humana y al mundo que nos rodea. Su creación, desde que se tiene recuerdo, han sido un cúmulo de memorias plasmadas mediante diversos medios, cuyo fin no sólo ha sido el enaltecer la sensibilidad estética del espectador, sino que a su vez ha servido como retrato de lo violento para dejar una denuncia disimulada a las futuras generaciones de lo terrible que era el mundo en un tiempo determinado.

 

Por ello, el campo de acción del artista no se enmarca dentro de la propia obra periodística o meramente informativa ni científica. Tampoco se puede encuadrar dentro de los imperios de la moral, o el movimiento ideológico más correcto. Al contrario, el artista, libre que es, a sabiendas de que en muchos casos un evento desastroso puede pasar inadvertido para la historia-ocultado en muchos casos por razones ideológicas o por pudor moral, como lo fueron las masacres realizadas por Stalin y denunciadas por Alexander Soljenitsin en Archipiélago Gulag-, juega con el efecto estético de cada una de sus creaciones, con el doble propósito de causar el mayor impacto posible en quien las admira y desahogar su inquietud sensible.

 

Es por lo anterior, que la obra de arte, el libro, o cualquier otra manifestación sensible debe plasmar con absoluta fidelidad y originalidad lo que ocurría en el momento, lo que se ocultaba, lo que se sentía. Y lo anterior, no es posible ni será realizable plenamente, si al artista se le condena a una creación basada en cánones morales o ideológicos. Y aun bajo la condena será rebelde, osado. Pues es sabido, que hasta los artistas más consagrados a una causa religiosa, o simplemente bajo la tutela de un monarca o una autoridad, dejaban una huella única pero crítica de la sociedad en la que vivían dentro de sus obras. Entre ellos encontramos a exponentes como Caravaggio o Miguel Ángel. Ya en el siglo XX el caso más llamativo en mi parecer, lo encontramos en el cuadro del pintor Fyodor Shurpin, llamado The dawn of our fatherland de 1949. Un cuadro donde si bien aparece una gran figura de Stalin, solicitada por encargo de la URSS, en el fondo el artista legitimó su independencia política, pintando sobre la llanura los carros de exterminio que usó Stalin para su purga política.

 

Ahora bien, en sintonía con lo anterior, Rob Riemen(2007), en su libro Nobleza de espíritu, explicando un poco los escritos de Thomas Mann, especialmente lo que Mann escribió en Consideraciones de un apolítico, nos cuenta lo siguiente:

 

Thomas Mann considera que, en un mundo politizado, el arte corre la misma suerte que la moral, al ser supeditada a una ideología. En estas circunstancias, todo arte ha de tener sus raíces en el compromiso social, en detrimento del esteticismo. Sin embargo, él está convencido de que, aun cuando todo arte revista de valor moral, no se le pueden exigir intenciones morales ni virtud. Responde a esta visión “políticamente correcta” de comienzos del siglo XX con una cita de Goethe: “una buena obra de arte tiene y tendrá siempre consecuencias morales, pero exigir fines morales a un artista significa malograrle el oficio”. El arte es una fuerza irracional que demuestra una y otra vez cómo la nueva doctrina “razón, virtud y felicidad” fracasan en su propósito de otorgar sabiduría vital al ser humano. Según Mann, el arte posee ciertamente valor ético, pero la ética no es sinónimo de virtud, decoro burgués o cualquier otra moral anhelada por la política. El arte debe su valor ético en exclusiva a su valor estético, a su condición del arte por el arte, a su independencia. Su único fin consiste en representar la belleza y la verdad. Al no ignorar lo diabólico, el arte conoce de veras el alma humana. Ayuda al ser humano a comprenderse a sí mismo facultándole de un conocimiento imposible de adquirir de otro modo (…) Degradar el arte a la categoría de instrumento moral significa destruirlo. (p. 50,51,52)

 

Preguntas sin única respuesta

 

Después de lo anteriormente expuesto, me gustaría preguntarle al lector dentro del marco de la apreciación sensible: ¿Cómo podemos ser testigos de hechos invivibles en toda su intensidad, si no es por medio de la expresión cruda e instantánea, sin censura y cobijada bajo la independencia del pincel o la pluma del artista? ¿Qué habría sido del juicio de la humanidad contra los crímenes de guerra cometidos por la ocupación francesa en España, si no es mediante la crudeza de las obras de un Goya? ¿O la decadencia de la fe religiosa y la moral pública si no es exactamente mediante la satírica obra del Jardín de las delicias del artista holandés Jheronimus Bosco? ¿O la inhibición justamente censurable de una época entregada al hedonismo, si no es por la representación gráfica de la vida sexual de la clase alta victoriana, en libros como El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde? ¿O el deseo de liberación sexual femenino reflejado en el libro del autor D.H Lawrence llamado El amante de Lady Chatterley, censurado por más de treinta años en Reino Unido? ¿Cómo no haber despertado el horror del abuso infantil que se sufría en los Estados Unidos, si no es por la hermosa prosa de Nabokov, entregada sin límites como un regalo a la sociedad, con su libro Lolita? ¿Cómo se puede pretender ocultar una obra como la de El almuerzo desnudo de William Burroughs, la cual fue censurada por mostrar en forma de denuncia justamente la decadencia de la sociedad americana, por el hecho de narrar con crudeza el descenso de un hombre al infierno de las drogas y la corrupción reinante? ¿Cómo defender la censura, la corrección política y todo lo que de ello se desprende,  justo cuando lo contrario ha causado en la humanidad un efecto tan sublime, que los ha llevado a condenar conductas, que de permanecer ocultas por no incomodar, jamás habríamos sospechado que existían? ¿Estamos ante un nuevo puritanismo en el arte y la literatura?

Referencias

 

RIEMEN, ROB. Nobleza de espíritu. Tres ensayos sobre una idea olvidada. Ed. Pértiga 2007. Pág. 50; 51;52.

Autor entrada: Juan Diego Aristizabal

Juan Diego Aristizabal
Juan Diego es estudiante de doble programa en Jurisprudencia y Filosofía de la Universidad del Rosario. Se desempeñó como periodista de la sección online de Revista Semana durante el año 2016. Sus preferencias son los temas relacionados con la literatura, el arte y la filosofía.