La Reserva Thomas Van der Hammen: Una utopía ambientalista

 

Aquellos que defienden la Van Der Hammen realmente exigen la compra de los terrenos y la creación de un bosque que hoy no existe.

 

 

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Alcalde:

 

La Reserva Van Der Hammen no es un potrero. No es un potrero, simplemente. Es un terreno sobre el que la CAR declaró –por cuenta de un par de resoluciones del Ministerio de Ambiente- la existencia de una reserva ambiental que realmente no existe. Hoy en esos terrenos hay colegios, universidades, cementerios, floras, clubes campestres, conjuntos cerrados e incluso cementeras.

 

La Van Der Hammen, señor Alcalde, no es un potrero. La propiedad de esos desarrollos de baja densidad no es del Estado, del Distrito, la CAR, MinAmbiente o el Instituto Humboldt. El dominio de esos predios está en cabeza de cientos, quizás miles de privados que no negociarán con el Distrito con facilidad. En caso que el Distrito ejerza su poder y expropie, los litigios durarán décadas y terminarán costando lo que una línea de metro.

 

Es decir, aquellos que defienden la Van Der Hammen realmente exigen la compra de los terrenos y la creación de un bosque que hoy no existe. La reserva forestal por la que muchos se rompen las vestiduras sólo existe en un montón de papeles, que posiblemente salieron de algún árbol centenario en un extinto bosque primario. Ese sí existía y no hicieron nada al respecto.

 

Las opciones que quedan son: dejar todo como está o hacer algo. Peñalosa optó por hacer algo. Peñalosa optó, junto con el Gobierno nacional, por hacer la Ciudad Paz, un desarrollo urbano ambientalmente sostenible que ayudará a reducir el gravísimo déficit de vivienda en Bogotá, redinamizará la economía y permitirá conservar y sobre todo aumentar ese pequeño 7% de terrenos de interés ambiental que deben conservarse y defenderse a ultranza. La Ciudad Paz ayudará a conectar los cerros orientales con el río y los humedales del noroccidente; además tendrá transporte público de calidad, ciclorrutas y corredores verdes que mejorarán ambientalmente la situación actual de esos terrenos.

 

Ni hablar de los logros ambientales a largo plazo. La ciudad crecerá en población querámoslo o no. Sobre lo que podemos decidir es sobre la forma de ese crecimiento. Hoy Bogotá crece en desarrollos de baja densidad en toda la sabana depredando lo verde a 10, 15 o 20 kilómetros de la ciudad. O podemos decidirnos por un crecimiento ordenado, sostenible y con calidad de vida. La decisión parece sencilla, sobre todo cuando es evidente la hipocresía de los ambientalistas colombianos provenientes de esa élite bogotana que sólo se mira el ombligo mientras la minería ilegal hace de las suyas en el Chocó o la Orinoquía.

 

Esos billones de dólares que se gastarían en comprar terrenos y hacer un bosque en el norte de Bogotá podrían ser el presupuesto de un programa que de verdad afecte positiva y estructuralmente el medio ambiente y la construcción de ciudad en toda Colombia. Que la egolatría de los ambientalistas de élite no siga nublando nuestra visión y haciéndonos defender con leguleyadas, la más grande de las leguleyadas ambientales en la historia de Colombia, una “reserva” que no existe y cuya defensa sería la claudicación de nuestra sabana con la depredación del desarrollo urbano desordenado, improvisador e indolente.

Autor entrada: Anónimo