El falso problema de clases en la movilidad de los Bogotanos

 

Es evidente que todos quieren mejor tecnología al menor costo, pensar lo contrario y apoyar con vehemencia e impuestos la construcción de troncales, es equivalente a preferir la tracción de un animal sobre la de un avión.

 

(Imagen tomada de Blu Radio http://bit.ly/2zPUgn0)

 

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Se evidencia que la emblemática carrera séptima, la cual siendo la segunda vía que conecta el norte del país con la ciudad de Bogotá, y con un flujo vehicular y turístico de toda la nación que representa más o menos 24.000 pasajeros hora-sentido, ha sido el caballito de batalla del populismo político, que con una serie de medidas regresivas como el biarticulado y el defectuoso SITP, han descartado sistemáticamente modelos limpios existentes en el mercado global, y en Latinoamérica, con endeudamiento estatal, y utilizando la bandera de los menos afortunados, que cansados del transporte público disponible, han aumentado la compra de motocicletas de 8 millones en 2006 a 30 millones en todo el país.

 

En el siglo XXI, un modelo de movilidad pública no dependiente de la rueda para una ciudad como Bogotá, debe ser el núcleo de la discusión de cualquier proyecto de renovación urbana, más aún el de Transmilenio -que en franca lid reconociendo las bondades que tuvo con las condiciones hostiles de la ciudad en su momento llevó a empresarios de buses a importar toda una flota y hacer un sistema de carriles exclusivos-, se denota como un medio de transporte atrasado, y desfavorable para el país, por obsoleto, contaminante, generador de barreras imaginarias que dividen la ciudad, por estar en quiebra, por la saturación, y por la escabrosa regla que deja gente muerta, herida y contribuye al 4.1% del PIB que cuesta la contaminación a la Nación.

 

Ver que el llamado cívico a la alcaldía de Peñalosa por democratizar la movilidad, respetar el urbanismo, la vida, el ambiente, y la cultura plasmado en diferentes protestas, y en las redes, ha sido recibido por algunos funcionarios bienintencionados –estancados en su versión de modernidad-, con desdén, y con uso de calificativos, “clasistas, hipsters, nostálgicos petristas, mitómanos” o reduciendo la oposición del macroproyecto a una ciudadanía anticuada, antidemocrática, e incapaz de reconocer los beneficios a largo plazo de Transmilenio. Es desafortunado.

 

Me confieso incapaz de conocer todas las virtudes del sistema. Vivo en frente de una Troncal y aún no veo el beneficio, como algunos países (ver ejemplo de Transantiago) y muchas personas de todos los credos, edades y barrios, me opongo al incentivo estatal del problema de movilidad llamado Transmilenio, entre muchas cosas, porque promete que se invertirán más o menos $2,3 billones en un producto que hoy produce 200.000 toneladas de CO2 y 20 toneladas de material particulado, y porque el sistema amenaza ruina. No hay que ser un genio para darse cuenta que un carril de sobrepaso con buses grandes no supera el problema ni, menos, democratiza el transporte.

 

El 80% de los Bogotanos ya no creen en cuentos. La premisa divide y vencerás, cuando toda la ciudad está colapsada dentro de una fábrica de hollín,y se ve un apoyo tiránico habido por agrandar el mercado de biarticulados impulsando la premoderna revolución de la rueda y el bus en un lugar donde, sin importar donde se habite, se palpa el caos de buses varados, atracos, heridos, muertes y uno de los peores niveles de calidad de vida, resulta por no decir más, ingenua.

 

A muchos bogotanos, sino a todos, nos urge y angustia el transporte masivo de pasajeros. Más cuando se ve que al albur del capricho del ego de los alcaldes, los billones que se han invertido para alcanzar sobrediagnosticada tecnología del subterráneo existente en la humanidad desde 1863, se nota que ya no hay espacio de superficie urbana en la Bogotá de hoy, ni en la economía de la ciudad, y aún así dogmáticos dicen que el Transmilenio es bueno porque gusta en las clases populares y obedece al interés general.

 

El interés de quién consiste en que en el siglo XXI en una ciudad como Bogotá, el medio de Transporte principal sea BRT, omitiendo lo que se oye en todas las estaciones, inundadas de gente y agua, llenas de cucarachas, con olor a orines, sin baños y fabricadas de espaldas al siglo XXI, y de espalda al flujo de personas que a diario se movilizan en el espacio urbano.

 

Ahora, ¿qué van a pensar los propietarios del metro cuadrado más alto en Colombia con la obra?, ¿serán socialistas del siglo XXI ellos?, ¿personas que imaginan mucho? El problema de la Troncal es grave, y se tiene que dar un debate más profundo.

 

Las troncales no son la solución del futuro, los usuarios lo sabemos, ni arriba en los puentes, ni abajo en los deprimidos, nadie se quiere bajar otra vez a Transmilenio. Es evidente que todos quieren mejor tecnología al menor costo, pensar lo contrario y apoyar con vehemencia e impuestos la construcción de troncales, es equivalente a preferir la tracción de un animal sobre la de un avión.

 

En la séptima dividir las calzadas con la barrera virtual que crea la troncal en la mitad de la calle tiene un efecto económico incalculable, y se ha visto en toda la ciudad, como más allá de contribuir con la alarmante contaminación que actualmente dobla lo que un ser humano puede resistir según la OMS, y producir altos impactos sociales como la calle del Bronx, no da abasto, en la superficie tan saturada, tan llena de carros, personas, bicicletas, edificios, seres humanos, y fronteras, no solo de metal, sino urbanísticas y socioeconómicas.

 

Total, no es la discusión de Peñalosa como innovador urbano de la modernidad o como farsante, ni la del metro por los aires o abajo, esos son distractores convenientes. La movilidad nos pertenece a todos, y en el mercado se debe buscar premiar a sistemas de movilidad más eficientes para los usuarios, y más baratos baratos o gratis, como un metro no fósil-dependiente como alternativa estructural de movilidad, ¿gratis?, pues no solo desde China se ha ofrecido a 10 años, sin pagar un peso, sino que actualmente existe la solución de emisión de bonos de infraestructura, ya se hizo, por ejemplo, en el macroproyecto parques del río Medellín, donde todo pudo financiarse con muy poco esfuerzo de los contribuyentes, ya se ha hecho con la infraestructura del metro en Japón y Hong Kong. En fin, ¿por qué no premiar la innovación y el mercado?

 

Queda uno con preguntas como: por qué en la actualidad, que se ha logrado conectar ciudades por debajo del mar, existe la energía magnética, hay carros voladores, y hasta Norcorea aislado del mundo “civilizado” tiene sistema de metro urbano tipo metro, aquí se descarta avanzar al siglo XXI insistiendo en el transporte tipo Transmilenio?, ¿corrupción?, ¿Bogotá a la penúltima moda? No, seguramente los menos favorecidos y las clases medias quieren un darle su dinero a un sistema en quiebra, ineficiente y obsoleto como Transmilenio.

 

¿Mermelada? No, abramos los ojos, los habitantes de Bogotá usamos Transmilenio al ser el único producto de movilidad que impone el distrito, no porque sea actualmente el mejor sistema, sino porque es el que quiere el distrito, y !no es mermelada!, se hace abiertamente y por medio de actos de gobierno, se llama ¡monopolio! ¡Y sí!, en algún momento fue deseable y bueno, es innegable que descongestionó, pero hoy no estamos en la Caracas de los 90s, y pensar el futuro de espaldas a la tecnología existente en el mercado arriesga más de lo que beneficia.

 

A 2017 seguir proyectando ese medio de transporte y la construcción de esta faraónica obra en tan saturado corredor, amenaza urbanística, y financieramente, la ruina en toda la ciudad. Por lo que, existiendo tantos sistemas de transporte como sistemas de financiación que podrían hacerlo de manera funcional, es un embeleco con un impacto irreversible el hecho de usar el nombre de los menos favorecidos para llenar la ciudad de más biarticulados.

 

En fin, si no se quiere matar el septimazo que han conocido más de 7 generaciones, el agrado caminable de la vía, y condenar a la civilización bogotana a la contaminación y al atraso en infraestructura disponible en la industria, abramos el debate sobre el plan maestro de movilidad, y propongamos de forma seria alternativas viables, como: el corredor verde con metro ligero, el tranvía, o el subterráneo. Nadie nos va a robar el derecho a oponernos a ser condenados al atraso. La dignidad en el transporte no es cuestión de clases, castas o políticos, nos pertenece a todos, tiene relación directa con nuestros impuestos.

Autor entrada: Francisco Rodríguez

Francisco Rodríguez
Francisco Rodríguez es egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana. Abogado independiente. Columnista.