El fracaso de la política antidroga desde una visión neurobiológica

(Imagen tomada de Vox http://bit.ly/2wSfQBj)

 

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Es un hecho, nuestra política de control de drogas es, al menos, tan nociva como las drogas mismas. Hemos intentado luchar durante años una guerra que desde su concepción, está pérdida. Desde las bases hasta la implementación de una política prohibitiva antidrogas, genera más problemas que beneficios: violencia relacionada con el comercio ilícito, saturación del sistema de justicia penal por condiciones de hacinamiento en cárceles y, además, la promesa, ya caída, de una sociedad más saludable.

 

Buscar  desaparecer las drogas, es no solo utópico sino, además, contra natura. El ser humano desde su origen ha tenido el deseo de alterar sus sentidos, por lo que ha buscado, a través de la historia, formas de hacerlo. La gran mayoría de culturas han empleado, en algún grado, sustancias exógenas para acompañar sus rituales, tratar sus enfermedades e incluso, como enlace con su cosmovisión: tabaco, alcohol, opio, hojas de coca, por nombrar algunas. Siendo tanto su impacto e importancia, que el cigarrillo y el alcohol han sido incorporados a nuestras costumbres, formando parte de fiestas y reuniones en la actualidad, llevando a una normalización del consumo. Es así como estas sustancias poseen no solo un sustrato social, sino a su vez, histórico.

 

Adicional al argumento sociológico, poseemos como humanos, una configuración estructural neurobiológica que nos hace afines al consumo. El sistema nervioso central humano, tiene una excelente respuesta a la administración de diferentes sustancias nocivas gracias a que cuenta con receptores que interactúan de forma exacta con las moléculas de algunos compuestos específicos. Ejemplos de esto, los receptores cannabinoides siendo afines al cannabis, tal y como su nombre lo indica y el transportador de dopamina en las neuronas, que tiene preferencia para unirse a la molécula de cocaína antes que a la misma dopamina.

 

Lo anterior, también relacionado al famoso circuito de recompensa que, en palabras sencillas, libera sustancias que nos proveen el placer ante los actos que nos llevan a la supervivencia como beber, comer y la actividad sexual, haciendo parte de nuestra configuración más primitiva y, posteriormente, desencadenando adicción. Entonces, no es muy descabellado postular una relación natural entre el ser humano y el consumo, lo que de entrada se presenta como un obstáculo para el sueño antidrogas.

 

Por otro lado, algunos países europeos, entre estos Holanda en 1976, comprobaron estadísticamente la asociación causal entre la prohibición de las drogas y el aumento del consumo. Fenómeno que durante años causó confusión y ha dado origen a múltiples teorías en distintas áreas, donde la neurociencia ha logrado incluir los fundamentos biológicos principales. Para hablar de la adicción, es primordial entender que es una enfermedad que requiere de la cohesión de varios factores para su presentación; factores genéticos, ambientales y relacionados con la personalidad, siendo los últimos, base para comprender el fenómeno.

 

Estudios psiquiátricos en pacientes con trastornos de uso de sustancias, han revelado que un alto porcentaje de los consumidores son compatibles con rasgos de personalidad antisocial, siendo caracterizados por impulsividad e incapacidad para la adaptación a normas sociales, que genera en ellos la tendencia al desacato de normas, convirtiéndolos en el blanco perfecto de un comercio ilegal que busca consumidores a cualquier costo.

 

A través de la evolución de los estudios de adicciones, se ha encontrado una alta prevalencia de entidades psiquiátricas más comunes y, asimismo, problemáticas como lo son la esquizofrenia y el trastorno afectivo bipolar. Es decir, es frecuente la coexistencia de enfermedades mentales y adicción, lo que se conoce en psiquiatría como ‘patología dual’. Por lo anterior, se aumenta la necesidad de tratar a los adictos de forma multidisciplinaria en el área de la salud.  Teniendo en cuenta esto, es claro que la vulnerabilidad hacia el consumo está dada por elementos no modificables con los que el paciente e incluso, la raza humana, ha nacido.

 

En resumen, la prohibición lucha contra la naturaleza y, por consiguiente, lleva las de perder. Al comprender esa desventaja, Europa ha dejado atrás la ilusión de eliminar por completo las drogas y ha comenzado a trabajar con un modelo que se basa en la reducción del daño y la capacidad de dependencia asociada a sustancias. Dicho modelo es representado por instituciones conocidas como clínicas de consumo, que suministran los implementos para la administración de drogas, en un ambiente controlado, con consumidores informados, educados y conscientes de su decisión y sus consecuencias. Minimizando los riesgos y produciendo una redistribución de los recursos públicos, antes destinados para la fuerza pública antidrogas, a programas de desarrollo social que hoy en día muestran resultados satisfactorios.

 

Es así como la despenalización ha sido el comienzo de políticas eficientes, sociedades menos violentas y disminución de la morbimortalidad asociada a sustancias. Sin embargo, es evidente que la despenalización no afectaría la disponibilidad de drogas, puesto que toneladas atraviesan las fronteras aún con normas estrictas, pero sí influiría en las condiciones en las que está dada esta disponibilidad. Es decir, se daría paso a la regulación de sustancias, en cuanto a sus niveles de potencia, lugares de expendio, edades mínimas para la compra, tal y como sucede con el cigarrillo y el alcohol en la actualidad. Simultáneamente, llevaría a la reducción en la evolución de las drogas, que no es más que la respuesta a la búsqueda de mayor efecto en menor cantidad, que desencadena sustancias cuya composición es incierta. Todo esto haciendo parte del elevado riesgo vigente de consumir, sin dios ni ley.

Autor entrada: Daniela Romero

Daniela Romero
Daniela Romero es estudiante de Medicina en la Universidad del Rosario. Apasionada por la salud y la política. Feminista.