Consideraciones de un conductor de Uber

(Imagen tomada de Cívico http://bit.ly/2wgzeZk)

 

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de la Revista John Galt.

 

Hoy la policía me quitó el carro. No es mío, es de mi madre. Un Volkswagen Jetta, modelo 2011, negro brillante, de 2 litros. No podría decir nada más de él. Mi conocimiento en automóviles es prácticamente nulo. Si por casualidad abriera el capó, daría igual que si entrara en la cabina de un cohete espacial; me siento como un homínido ante un monolito color negro mate: aterrorizado, desconcertado, profano. Sin embargo, sería consciente de que el contacto con este no produciría ninguna comprensión sobre su funcionamiento; es mejor ni intentar.

 

Pero mi ignorancia automotriz no viene al caso. He sobrevivido con este oscurantismo durante 30 años y no tengo ninguna intención de iluminarlo. Soy de los que saben cómo ir de un lugar a otro, sin reparar en el cómo; al igual que cualquier persona que respira sin necesidad o deseo de saber sobre el funcionamiento del sistema respiratorio.

 

Es así que, con mi feliz ignorancia automotriz, iba conduciendo el carro de mi madre -quien, en un gran acto de amor, me lo había venido prestando desde hace tiempo para hacer un dinero extra en momentos en que me encuentro sin otro medio para ‘ganarme la vida’- recogiendo diferentes pasajeros en distintos lugares de la ciudad, con la aplicación de Uber. Contento en el carro, con ganas de trabajar, sin ningún remordimiento sobre mis acciones, más bien juzgándolas meritorias (transporto a las personas de un punto a otro y estas, juzgando el servicio valioso, están dispuestas a intercambiarlo por su dinero) debí llevar a una pareja a la terminal de transportes de la ciudad.

 

Al momento en que llegamos, vemos en una curva un grupo de policías de tránsito dedicada a parar los autos que venían de frente. No había ningún cruce antes, ninguna calle alterna, solo esperar que no se fijaran en nosotros y así poder salir incólumes. No tuvimos suerte.

 

Para no aburrir con los detalles: la policía que nos ‘atendió’ pidió papeles del carro y cédula; luego preguntó por los pasajeros, les pidió que salieran, que si me conocían, que cómo me llamaba; por mi parte, otra policía me pregunto lo mismo respecto a mis pasajeros. Las respuestas no coincidían. Concluyeron que era un infractor, un transgresor de las normas y, por lo tanto, debían detener mi incesante prontuario de tropelías.

 

Aunque siempre lo negué y no tenían pruebas concluyentes, era la palabra de la mujer policía contra la mía. Se pensaría que estábamos en igual de condiciones; así sería si los ciudadanos no nos consideraran como personas de segunda categoría frente a los funcionarios públicos, mucho menos respecto a los de la fuerza pública.

 

La policía decidió entonces confiscar el carro y ponerme una multa. Me estaba quitando mi propiedad -técnicamente de mi madre- por ofrecer un servicio aceptado voluntariamente por otras personas; todo basado en que no tengo el permiso para hacerlo, como si en un mundo justo lo necesitara, como si fuera justo que unas personas decidieran sobre lo que puedo o no hacer con mi vida, mi tiempo y mi propiedad –de nuevo, técnicamente de mi madre.

 

Solo imaginen lo ultrajado que uno puede sentirse en esa situación; que le quiten a uno su propiedad y, aún más, su herramienta para poder vivir, para generar riqueza. La policía, en este caso, no se diferencia de un ladrón, solo que puede hacerlo a plena luz del día y con total impunidad. “Who whatches the watchmen?”.

 




Ni siquiera me esforcé en filosofar con la oficial: tratar de hacerle caer en la falta de coherencia de su actuar es un esfuerzo perdido. Sería como pedirle a una máquina defectuosa que decida ajustarse luego de referirle un razonamiento lógico. En otras palabras, como la misma oficial me sostuvo luego de preguntarle si mi accionar le estaba haciendo daño a alguien: ellos solo están ahí para cumplir la ley. ¿Les importa si es justa o injusta? Poco les importa. Su trabajo no es pensar, solo acatarla; así son felices: sin asumir la responsabilidad de usar su consciencia.

 

De pronto escribo en el calor de la indignación; de pronto estos funcionarios no se merecen las calificaciones que les hago. Pero hago una pregunta: ¿pueden dormir tranquilos por la noche? Luego de llegar a sus casas y pensar: “hoy agobié la vida de x número de personas que no le hacían daño a nadie y que, al contrario, se encontraban prestando un servicio que los demás encuentran valioso”.

 

Porque ¿para qué está la ley?, ¿para que las personas hagan lo que unos políticos deciden qué deben hacer?, ¿no tendrán las normas un objetivo más profundo, más moral?

 

El filósofo Frédéric Bastiat se preguntó esto hace casi dos siglos y creyó encontrar la teleología de la ley, el porqué los humanos nos imponemos marcos normativos.

 

Antes de la ley, existe el hombre, así que la primera se desarrolla en función de beneficiar al último. Para que este pueda vivir necesita de unos requisitos básicos: su libertad de actuar y su propiedad para poder actuar. En consecuencia, la ley, que está en función del hombre y su bienestar, es un instrumento para preservar y garantizar la vida, la libertad y la propiedad del individuo en sociedad. No existe otra razón para la ley; nació para esto y solo para esto, cualquier objetivo distinto hace de ella una ley injusta.

 

El corolario es sencillo: si la ley atenta en contra de la vida, la libertad y la propiedad, entonces es mala; si los fortalece, garantiza y defiende, es buena.

 

Así es como debe pensarse la ley. Lo que actualmente se hace es pasar por ella sin ninguna consideración: la ley existe, por lo tanto es buena y debe aplicarse; no existe ley para tal o tal otra acción, entonces se puede hacer. Sin pensar siquiera si ese actuar atenta contra los principios básicos para una vida satisfactoria. Nos acostumbramos a ver a la ley desde un panorama positivista, donde separamos la moral del derecho; como si fueran agua y aceite.

 

En este mundo, yo y los demás conductores de Uber seremos siempre los malos de la película; la oficial será la héroe al haber aplicado la norma y haber salvado al mundo de quienes la cuestionan. Qué importa que esta sea injusta, tal posibilidad ni siquiera está en discusión. En base a una filosofía positivista del derecho no importa la justicia en la ley, solo que esta existe.

 

Finalizo con esta frase de Bastiat: “Cuando la ley y la moral se contradicen una a otra, el ciudadano confronta la cruel alternativa de perder su sentido moral o perder su respeto por la ley.”



Autor entrada: Mateo Amaya

Mateo Amaya
Mateo Amaya es Politólogo e Internacionalista de la Universidad del Rosario. Libertario. Actual Gerente de la campaña presidencial de Juan Sebastián de Zubiría. Sus temas de interés son la economía, la política y la filosofía.