Una gran divergencia para Colombia

(Imagen tomada de Kruse Kronicle http://bit.ly/2jt7bnh)

 

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La gran divergencia es un término usado comúnmente para describir el ascenso estratosférico que experimentó Europa occidental sobre otras partes del mundo a partir del inicio de la edad moderna y hasta bien entrado el siglo pasado. Hoy en día, el ejemplo dado por países como China, los cuatro tigres asiáticos, Israel y Brasil -este último tal vez de forma temporal- hace pensar que los tiempos de la gran divergencia están terminando. Es un pensamiento esperanzador, que bien puede ser verdad dado la extraordinaria capacidad que ha demostrado el capitalismo para producir prosperidad. Sin embargo, solo basta con ver por la ventana para concluir que Colombia está lejos de exhibir niveles de desarrollo equivalentes a los del primer mundo. Al ver el éxito de países como Corea del Sur, que hace solo cincuenta años se parecía a nuestro país y al resto de Latinoamérica en muchos aspectos, solo puedo preguntarme, ¿qué salió mal para Colombia?

 

Como muchos otros procesos complejos, la explicación no es sencilla ni se limita a una sola variable y, como si fuera poco, es posible que los factores clave varíen en función del tiempo. A la izquierda siempre le ha gustado culpar a otros por nuestros problemas; primero a España y después a los Estados Unidos. No niego que factores externos puedan tener alguna influencia, pero sí creo que deberíamos mirar hacia dentro primero, pues es ahí donde probablemente tenemos más posibilidades de hacer cambios que importen.

 

En este punto me viene a la mente la sugerencia que Goethe hizo alguna vez a un amigo: ve a países extranjeros y podrás ver las buenas cosas que uno tiene en casa.  Es un consejo sabio pero existe otra cara de esa moneda, ya que vivir en otro país hace evidentes las carencias de la tierra natal. Hace unos años viví en Alemania y allá me encontré con, lo que estoy seguro, es uno de los factores que explican la gran divergencia entre ese país y el nuestro en términos de desarrollo: la mentalidad de su gente.

 

Los ejemplos de esta gran divergencia son muchos. En las estaciones de tren no hay torniquetes y nadie supervisa que los pasajeros que se suben a un tren tengan un pasaje válido; simplemente se espera que las personas hayan comprado su tiquete en las máquinas que están disponibles para ello. Aunque es posible que, una vez dentro del vehículo, los pasajeros deban mostrarle el pasaje a una persona que pasa por los asientos, es perfectamente posible que alguien se suba en un tren sin pagar y realice su trayecto sin consecuencias. A pesar de esto, la compañía de trenes confía en sus usuarios y, a partir de esto, he visto que esa confianza no es en vano, pues nadie entra a un tren sin haber adquirido un pasaje. Es divertido imaginar cómo reaccionarían los muchísimos usuarios que incluso arriesgan sus vidas por no pagar los $2200 que cuesta subirse en un Transmilenio, si ese sistema empezara a funcionar como en Alemania.

 




Este comportamiento es endémico y se extiende a todos los aspectos de la vida: los conductores no necesitan de un semáforo para detenerse ante una cebra, las personas respetan los asientos para discapacitados en el transporte público,  los residuos se separan y clasifican en las casas, nadie toma lo que otras personas han dejado olvidado en sitios públicos y le sigue un extenso etcétera. Si bien es cierto que  existen fuertes penalizaciones para aquellos que rompan estas reglas, los alemanes las cumplen porque son parte de su cultura, y no realmente por miedo a un castigo.

 

Sin la intención de hacer aquí un análisis sociológico riguroso, me parece claro que existen dos diferencias fundamentales entre las mentalidades de los colombianos y los alemanes. La primera está en que en Alemania las personas guardan un estricto respeto por el otro, lo que las hace evitar hacer cosas que podrían molestar o afectar a otros individuos. Si los colombianos aplicáramos este sencillo principio, tal vez no habría cientos de accidentes causados por la imprudencia de los conductores o no existirían muertes por lo que los medios llaman intolerancia.

 

La segunda diferencia está en la ausencia de facilismo entre la mayoría de los teutones. En Alemania los peatones se toman el trabajo de caminar hasta las esquinas para pasar las calles, las personas saben que si quieren calidad, deben pagar por ella, los trabajadores son conscientes de que de sus méritos depende un aumento en sus sueldos, los estudiantes  aceptan que si quieren ingresar a una buena universidad, deben presentar buenos resultados académicos, etc. Ya que este país se levantó dos veces después de haber sido destruido en las guerras mundiales y hoy es la más grande economía de Europa, juzgo que es altamente probable que estas mentalidades hayan ayudado en algo al éxito alemán.

 

Ahora bien, es claro que existen personas en ese país que botan basura en la calle o que viajen en tren sin pagar, pero la diferencia es que, en Alemania, este grupo se ve fuertemente rechazado por la sociedad. Pasa lo contrario en Colombia, en donde aquel que se salta las normas es el vivo y es admirado mientras que aquel que exhibe cultura ciudadana y respeta a los demás solo es un güevón. Muchos en nuestro país suelen refunfuñar en contra del primer mundo y tienden a culparlo de todos nuestros problemas. En vez de esto, tal vez deberíamos hacer algo más productivo y aprender de él.



Autor entrada: Juan Pablo Gallo

Juan Pablo Gallo
Juan Pablo Gallo es Ingeniero Químico e Ingeniero Ambiental de la Universidad de los Andes. Investigador y estudiante de maestría en Ingeniería Química. Admirador de la civilización occidental.