Los comunistas y la defensa de la propiedad privada

(Imagen tomada de La Nación http://bit.ly/2uuhszP)

 

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El Partido Comunista de Colombia es “el partido con un solo programa real: hacer un país de propietarios”. Una afirmación tan osada y atrevida que no podría venir sino de un comunista. Dicha persona es Nicolás Buenaventura. El legado de este educador y por muchos años integrante del Partido Comunista de Colombia, es recogido en una reciente reflexión del historiador estadounidense Charles Berquist, de donde he extraído la anterior afirmación. Mi sorpresa al leer el artículo del profesor Berquist está en razón, tanto de su título, como de la revista en la cual fue publicada. “La izquierda colombiana: un pasado paradójico, ¿un futuro promisorio?” Es el título que me inquietó cuando volví a revisar el último número del “Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura”, la revista del Departamento de Historia de la Universidad Nacional en Bogotá, de donde yo me gradué, precisamente como historiador. Sobre dicha sorpresa es que me voy a permitirles compartir la siguiente reflexión.

 

Cuando comencé mis estudios de Historia en la Nacional, hacia el 2008 –por cierto, año en que murió Nicolás Buenaventura–, la izquierda colombiana estaba en auge. A la recién unificada bancada parlamentaria que dio origen al Polo Democrático Alternativo en 2005, se sumaban los logros electorales de Carlos Gaviria Díaz en las presidenciales de 2006 y la victoria de Samuel Moreno en la alcaldía de Bogotá en 2007, en continuación a la adquirida en 2003 por Luis Eduardo Garzón. Paralelo a eso, el reelecto presidente Álvaro Uribe  Vélez venía de asegurar, de la mano de su ministro de defensa Juan Manuel Santos, amplios territorios del país a las FARC-EP por una sistemática ofensiva militar.

 

No se podía eludir una realidad de ese orden, más cuando se estudia una carrera humanística en la Nacional, más aún si es historia. Porque lo que precisamente atribuye Berquist como el “pasado paradójico” de la izquierda colombiana es tener que convivir con su debilidad política en términos de su tradicional poco rendimiento en términos electorales y la extraordinaria fortaleza y prolongada existencia de un proyecto de insurgencia armada.

 

Con razón de la experiencia reseñada anteriormente, dicha paradoja estaba en el centro de un debate por lo demás enormemente polarizado, porque se podía demostrar que los avances electorales de la izquierda eran inversamente proporcionales a los retrocesos de la lucha armada revolucionaria. La respuesta que se daba a la paradoja era muy evidente: solo en democracia y renunciando a las armas es que la izquierda podría triunfar.

 

La posibilidad de un triunfo político de la izquierda en Colombia desde entonces no ha dejado de ser una pregunta que invade la opinión pública nacional y a la que de hecho Berquist responde, ya que su artículo es precisamente escrito a propósito de un resultado electoral que generó una tremenda crisis de consciencia para la izquierda colombiana, como fue el plebiscito del 2 de octubre de 2016. Lo que está en duda, entonces, no es el “pasado paradójico” de la izquierda sino la posibilidad de “un futuro promisorio” para la misma, y es precisamente esa pregunta la que Berquist trata de responder en su artículo trayendo a colación un libro escrito en 1992 por Nicolás Buenaventura titulado “¿Qué pasó, camarada?”.

 

Al llegar a ese punto de la lectura pensé que un título como el del libro de Buenaventura era un recurso indirecto de Berquist para volver a preguntar eso mismo, “¿Qué pasó, camarada?” a sus colegas historiadores en Colombia, lo cual no hacía sino confirmar una sospecha que tuve al volver a leer la revista de mi carrera y es que dicha publicación se había vuelto una tribuna política más de la izquierda. Y es que para alguien que promovió la abstención a dicho plebiscito como lo fui yo, no puede ser más incómodo y provocador esa tendencia en los historiadores de mi generación de pretender que tener compromiso con el presente es ser de izquierda y dejar de publicar solo para leer entre los del gremio o, en su defecto, hacerlo pero solo si somos un gremio “comprometido”, o sea, de izquierdas.

 

Sin embargo, fue enorme mi sorpresa al encontrar que, si bien Berquist no se evade a la tendencia descrita anteriormente, su análisis cuando cita el libro de Nicolás Buenaventura resulta ser tan extraordinario que no puedo sino permitirme citarlo por extenso:

 




“[…] Empieza su narrativa (se refiere a Buenaventura) recordando un día, alrededor de 1950, cuando él acompaña a un miembro del Comité Central del partido a una conferencia clandestina en Palmira, en el Valle del Cauca. Asisten a ese encuentro varios campesinos organizados por el partido. Es, como se sabe, una época de mucha violencia en Colombia, el principio de la era que después se llamaría La Violencia.

 

Antes de empezar la conferencia, uno de los campesinos invitados confronta al miembro del Comité Central y lanza la siguiente pregunta: ‘camarada, dígame usted, ¿es verdad eso que dicen, que después de la revolución toda la tierra va a quedar en manos del Gobierno?’. El dirigente, según Buenaventura, trata primero evadir la pregunta, pero el campesino insiste y al fin tiene que contestar. Explica que lo que ha oído el campesino es parte de una campaña anticomunista insidiosa y que, en el socialismo real, como en la Unión Soviética, por ejemplo, hay tres formas de propiedad en el suelo. ‘En primer lugar, camarada, usted tendrá derecho a la propiedad de su parcela. Allí podrá ordeñar a una vaca si quiere o criar cerdos o sembrar. Esa es cosa suya. En segundo lugar tenemos la propiedad cooperativa’. Y sobre este punto desarrolla una discusión extensiva. ‘Finalmente’, termina diciendo, ‘existe la propiedad del Estado. ¿O usted no cree que debe haber también, camarada, una propiedad del Estado?’.

 

El campesino no responde la pregunta y vuelve a su propio interrogatorio: ‘pero camarada, si yo quiero vender la parcela de tierra que usted dice, ¿puedo venderla? Dígame sí o no’. ‘Pero, ¿por qué la va a vender?’, le pregunta el dirigente. ‘No, es un ejemplo que le pongo; es un caso, camarada’. ‘Porque supongamos que, por ejemplo, hay un ‘antojado’, que se enamoró de mi tierra y me la repaga más de lo que vale y yo puedo comprar una mejor que tengo ya vista. Es un caso, como le digo, camarada’.

 

El dirigente ya está en apuros y trata de salir de nuevo de la situación, pero en últimas tiene que admitir que la parcela de tierra de la que se trata no se puede vender. El campesino prosigue a ampliar el punto extrayendo del dirigente la admisión que tampoco la gente en las cooperativas pueden vender su tierra o cambiarla por tierras mejores o añadir otro lote a ella con las ganancias que han realizado. Concluye el campesino diciendo: ‘lo que pasa es que va a resultar cierto lo que me decían a mí. Que toda la tierra, en el socialismo, será del Gobierno’. ‘Pero el Gobierno va a ser usted mismo, camarada’, le dice el dirigente. Y eso fue todo. Buenaventura cierra la escena con la siguiente frase: ‘recuerdo que, cuando oyó esta última explicación, el campesino comenzó a dar vueltas a su sombrero de paño con las dos manos sin decir una palabra’.

 

Con la misma sospecha que aquel campesino, yo me pregunto si hoy todavía las FARC y el resto de izquierda del país no querrán que todo quede en manos del gobierno. Y me basta preguntármelo a mí mismo porque yo fui de dicha izquierda. De aquellos que, desencantados, creen que la izquierda no ha estado a la altura de sus ideales, pero que con respuestas como la de aquel campesino hace décadas han hecho entender, más bien, que los ideales de la izquierda son no solo irrealizables sino indeseables, o más aun, imposibles, si no reconocen la importancia de garantizar la propiedad privada para vivir en paz.

 

No sé entonces si la izquierda en Colombia tenga o no un futuro promisorio. Ya en su momento, otro historiador mucho más famoso y que de hecho escribió también sobre el conflicto armado de nuestro país, Eric Hobsbawm, decía que el partido más grande del mundo es el de los excomunistas. Si muchos de tales excomunistas, como Nicolas Buenaventura, quien precisamente escribió el libro citado por Berquist en 1992 como reflexión ante el fracaso de la Unión Soviética, empezaron a desistir de sus ideales en el momento mismo en que le empezaba a ir mal políticamente a las izquierdas, a mí me tomo menos tiempo y desistí de dichos ideales precisamente en el momento en que les empezaba a ir mejor políticamente a las izquierdas, como es el momento actual en Colombia. Porque a pesar la victoria del “NO” en el plebiscito y de su abrumadora abstención, los acuerdos de paz con las FARC-EP se siguen implementando y con ello abriéndole campo a políticas con las que siempre han soñado y luchado las gentes de izquierda de este país –como el comunista interrogado por el campesino–, como son una reforma agraria, sin lograr un respectivo mandato democrático para ello.

 

Para una organización como las FARC-EP, que pasó de pretender ser la “vanguardia del proletariado” a volverse la “retaguardia de los colonos”, es crucial que aprendan a valorar la importancia de la propiedad privada con todos sus consecuencias. Y es que como pude constatar al hablar con un guerrillero de las FARC-EP en visita a uno de sus actuales campamentos provisionales, quien criticaba a la experiencia de las parcelaciones porque luego los campesinos vendían esas tierras para comprar una mejor y volvía a insistir en la creación de cooperativas, definitivamente y a pesar de la invitación de Berquist, si los comunistas han defendido la propiedad privada es a pesar de sus ideas, no gracias a ellas. Esperemos que así ocurra con las FARC-EP y que ya como excomunistas, y no como comunistas, sean capaces de defender la propiedad privada; de lo contrario, no sobraran los campesinos, que como en la anécdota de Buenaventura citada por Berquist, la sigan defendiendo.



Autor entrada: Gilberto Ramírez

Gilberto Ramírez
Gilberto Ramírez es Historiador de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Geografía de la Universidad de los Andes.