Así es como un joven pierde la vida…y una madre pierde su alma: falsos positivos

(Imagen tomada de El País http://bit.ly/2vynWij)

 

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de la Revista John Galt.

 

No tengo idea con quién pueda encontrarme, tan solo espero que la persona con que hablé por teléfono y le describí la manera en que voy vestida pueda reconocerme…

 

A lo lejos siento que me observan, decido mirar y me encuentro con una mujer delgada, de cabellos blancos, con arrugas en el rostro y que camina como si los años le pesaran más de lo que su esbelta y delicada figura pudiera soportar.

 

Me sonríe, ¿usted es la señorita periodista? –pregunta– pues periodista, periodista, todavía no, pero por ese camino voy -le respondo-. “A mí me da mucha pena con usted llevarla a mi casa, tiene que entender que nosotros somos gente humilde”, me dijo, y yo solo pude decirle “no se preocupe, yo también soy una persona humilde”.

 

Caminamos aproximadamente 10 minutos desde el centro del barrio hasta su casa: con las paredes casi que cayéndose, la pintura descolorida, los vidrios rotos y amoblada con unos pocos muebles, que a simple vista se puede ver que han pasado mucho tiempo allí. En la sala, justo encima del mueble principal, una foto de un muchacho como de mi edad, guapo y sonriente.

 

–¿Le gustó mi muchacho?, ese es mi hijo, mi Diego. Bueno, sentémonos a ver qué quiere saber, que yo le cuento todo lo que sumercé necesite, solo es que me diga.

 

La amabilidad y la dulzura que emanaba me dejaban aturdida, y a pesar de que ya sabía porque me encontraba allí, sentía miedo de preguntar lo que las dos ya sabíamos. Como quien no quiere la cosa, me lanzo con una pregunta sutil, que se presta para muchas respuestas: Doña Idalí, cuénteme un poquito de usted…

 

–Mi nombre es Idalí Garcera, madre de Diego Alberto Tamayo… mejor dicho, yo soy una de las madres de los falsos positivos de Soacha. –Suspira profundo, cierra los ojos y como una experiencia casi espiritual me conduce a otra realidad.

 

Cuando uno decide convertirse en madre, el mundo se vuelve distinto. Ser madre le agudiza a cualquiera los sentidos, porque le entrega a un nuevo ser un pedazo de su alma y todos los instantes de la vida que le quedan por vivir. Un hijo es la muestra de amor más profunda, el conjunto de cosas buenas y virtudes que su madre deposita en él, un hijo es un universo a los ojos de su creadora.

 




Agosto 23 de 2008 – Soacha, Cundinamarca

 

Diego se levantó muy temprano como todos los días para salir a busca trabajo, porque solo se tenían mutuamente y los gastos de la casa cada vez aumentaban más. Idalí lo espero en casa todo el día y aún lo espera… Diego nunca regreso.

 

Agosto 25 de 2008 – Ocaña Norte de Santander

 

¡TRES INTEGRANTES DE LAS ÁGUILAS NEGRAS, SON DADOS DE BAJA!

 

Este era el titular de la mayoría de los periódicos aquel lunes, que acompañados de una foto de los “guerrilleros” muertos fue la sensación, la noticia del día. Tanto impacto tuvo esta noticia en los diarios Ocañeros que por esas cosas del destino, que como dirían los mayores, es tramposo y culebrero, terminó en manos de Idalí.

 

“Ya sé en dónde está mi hijo.”

 

Septiembre 01 de 2008 – Bogotá

 

Habían pasado 10 días desde que Diego había desaparecido. Ese día Idalí tenía una cita que hubiera deseado jamás agendar, ese día Idalí tenía que enfrentarse a su más grande miedo en la vida. Ese día: tenía que asistir a medicina legal y reconocer el cuerpo de su hijo. Como cualquiera en su situación, no puede hacer más que pedirle a Dios que el cadáver que le pongan en frente no sea el de su amado Diego, por lo que intenta preservar la esperanza de que su hijo en algún lugar se encuentra vivo.

 

En medicina legal hay dos cuerpos, el tercero lo tiraron como basura en una fosa común por no tener documentos, intentando evadir que algún día existió. Descubren el primero y por fortuna o quizás por desgracia (porque alargaba más el dolor y la intriga), ese no era Diego Alberto. Queda un intento e Idalí le suplica a Dios con todas sus fuerzas que el ser que tomó vida en ella no la allá perdido…

 

Uno… dos… tres… abre los ojos y justo ahí, sin rastros de vida, estaba Diego.

 

No tengo palabras, ni puedo imaginar alguna vez el dolor que esta pobre mujer tuvo que sentir, ni cómo sus ojos se tornan turbios y casi por un instante muestran el interior de su alma, en la que se enciende nuevamente el dolor y la desesperación de aquel momento. “Si necesita parar o tomar un respiro, hágale, tranquila, que yo espero”, pronuncié esas palabras casi de inercia. Como si no me hubiera escuchado o tal vez como quien necesita desahogarse, continúa.

 

El dolor, la melancolía y por sobre todo la soledad, son sentimientos que abruman el alma y rompen hasta el último rincón del ser. Justo ahí, en ese momento, Idalí perdió lo único que tenía en la vida, lo único que le daba fuerzas de salir adelante, lo único que la había hecho ser quién era. Como si de un pacto final se tratase y como si este fuera ahora su motor, Idalí se propone saber, por más doloroso que sea, ¿cómo?, ¿por qué?, y ¿de qué forma? le habían arrebatado el amor más grande de su vida. Y así fue.

 

Intentando aparentar una manera frívola, me narra detalle por detalle cómo fue que su hijo tomó un viaje sin regreso y conoció a la muerte:

 

A Diego le ofrecieron un trabajo en la costa. Supuestamente, él le había dicho unos días atrás, a regañadientes: “Mamá, me llevan a conocer el mar”, a lo cual Idalí respondió que cómo era eso posible, que de ninguna manera, que Diego Alberto no salía a ningún lado desconocido sin su mamá. Así quedo esa conversación. El día 23 de Agosto, Diego y otros dos muchachos del barrio se habían quedado de encontrar con los empresarios que los iban a contratar, para que así pudieran llevar platica para la casa y ayudarles a sus mamás. Ninguno le dijo nada a nadie, porque esa era la condición del trabajo (porque la gente con la que iban a trabajar era muy importante y les gustaba mantener un bajo perfil).

 

El viaje para conocer a los empresarios se alargó más y más y cada vez más, hasta llegar a Ocaña – Norte de Santander, allí los reciben en la vivienda de una de las personas que les había vendido la idea del trabajo. Allí les ofrecen licor, comida y drogas, hasta que estos tres jóvenes pierden totalmente la conciencia. Hacía las 3 o 4 de la mañana del día domingo, son llevados los tres jóvenes al monte y son entregados por los reclutadores al Ejercito Nacional de Colombia, en donde son ejecutados y posteriormente presentados al Gobierno, al pueblo y a la prensa como guerrilleros muertos en combate.

 

Desde ese momento, empezó una etapa que parece interminable en la vida de Idalí: la lucha y la búsqueda de la justicia en el caso de su hijo; el proceso ha sido duro, muchas veces ha tomado una tonalidad oscura, como cuando cierto presidente de la República salía a decir en ruedas de prensa que todo era falso, que efectivamente estos pobres muchachos eran guerrilleros y de los peores. Pero, afortunadamente, han existido momentos en los que ha salido el sol, como cuando por fin se comprobó y no hubo ninguna duda de que sus muchachos, eran pelaos sanos, no delincuentes.

 

Como si se tratara de una historia interminable, llena de tragedias, Idalí enfrenta un cáncer de piel con el que ya no sabe cuánto tiempo más pueda lidiar, ni siquiera sabe si se puede curar, piensa que puede ser la acumulación de estos nueve años sin obtener justicia, está segura que eso es lo que la tiene tan delgada y como si fuera un cadáver en vida. Y si en realidad uno se pone a pensar, lo es, es entendible cuando un alma carga tanto dolor, tanta angustia, tanta soledad.

 

Termino con una pregunta: ¿qué le diría a su hijo Diego Alberto? Me mira, me sonríe y como si un Ángel hablara en lugar de ella, me responde:

 

“Allá en el cielo está bien, no está en este mundo corrupto, allá está bien acompañado… Nunca lo olvidaré, sigo con él para siempre hasta que Dios se acuerde de mí, allá nos vamos a encontrar los dos, allá nos vamos a ver, esta es una herida que nunca se cierra.”

 

Así es como una mujer que a primer impacto parece normal, cuando abordamos su vida, nos muestra toda una realidad diferente que a simple vista no aparenta, pero que en su realidad tan distante a la nuestra la hace ser un ser único, de esos que, por más viejos o jóvenes que sean, logran enseñar y adentrar en nuestro ser características y partes de su alma… Así es como la violencia del país, de la cual todos somos participes, convierte a una persona normal, en el rostro del dolor y la tragedia, así es como un joven pierde la vida…y una madre pierde su alma.



Autor entrada: Valentina Guerrero

Valentina Guerrero
Valentina Guerrero es estudiante de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Externado de Colombia. IG: Valentinaguerrerob