Patria o humanidad: contra el nacionalismo y la xenofobia

(Imagen tomada de ICASQF http://bit.ly/2uq2VZT)

 

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Si hay ideas que me resultan intrigantes por complejas, por ejemplo, el tiempo, que es en términos someros la mayor abstracción que puede hacer el hombre, sobre el cual ha creado todo un mito y ha impuesto un tiempo: el de occidente que va hacia adelante, cuando en realidad parece ser más bien estático o caótico, o circular como creían los indígenas y varias culturas del Lejano Oriente. O ideas que me resultan aburridas, como la del Dios inquisidor -representación de sus represiones y odios- ya desligada de cualquier misticismo para volverse un negocio cualquiera, como una carnicería. Siento que precisamente la idea de la patria se mueve entre esos dos lados: entre la complejidad de una abstracción y el fanatismo de una religión que es, evidentemente, productora de capital. Y obviamente al preguntarse por la patria hay que también hablar de la identidad, de aquello que nos hacen pertenecer a esa idea abstracta. Tema que lleva de moda desde hace algún tiempo en Colombia.

 




Recuerdo que Jaime Garzón decía que el problema de los colombianos era, en parte, no saber qué somos: si negros, mestizos, europeos, mulatos o indígenas. Y que en nada dentro del sistema educativo se refería a esta cuestión existencial. Siento que el problema es más complejo que eso. O más bien que Garzón -sin intención de criticarlo- lo planteaba de una manera muy simple.  Nuestro problema es que como no sabemos quiénes somos, tampoco podemos saber para dónde vamos. ¿Realmente sabe el ser humano quién es?, ¿sabemos algo realmente sobre nuestra condición, más allá de meras conjeturas y de mitos que nos dan cierto alivio? Yo creo que nuestro problema es esencialmente el siguiente. No hemos sido capaces, a diferencia de otras naciones, de construir un relato nacional -es decir un mito- que nos abarque a todos. Se trata de un problema del lenguaje. No se ha hecho un relato de la historia que logre explicarnos a nosotros mismos, pero ahora valdría la pena preguntar ¿es sensato un solo relato de la historia?, ¿vale la pena imponer solo una perspectiva sobre lo que ha pasado? Como bien lo dijo Nietzsche, de manera muy sensata y quizás anticipando algo que tontamente han llamado postmodernidad, no hay hechos en las historia sino interpretaciones, es decir, relatos. Yo creo que esa idea de multiplicidad, que conduce lógicamente a una idea de libertad, es más sensata o al menos más atractiva para mí, que pensar que existe una identidad colombiana. Es más, me parece mucho más acorde con la realidad perceptible. No hay nada más abismalmente diferente que un cachaco y un costeño, o que un llanero y un nariñense.  Esto no quiere decir nada más que lo obvio, que somos diferentes, como somos diferentes entre todos los seres humanos pese a que existen convenciones y naturalezas comunes. Intentar crear una identidad colombiana se enfrenta entonces con una homogenización imposible de hacer. Que no es solo imposible, sino que es profundamente grosera porque ignora todos los detalles hermosos y desagradables de nuestra cultura.

 

Se puede suponer -como en general se hace- que existe una identidad colombiana, una patria y unos valores que son universales y que se inventan cada vez que hay un triunfo de cualquier clase. Si gana la selección, si Nairo triunfa en alguna competencia, si Shakira se hace con un Grammy o con nuestro poco leído Nobel de Literatura o nuestro poco pacífico Nobel de Paz.  El vacío de ese patrioterismo es evidente para todos, no vale la pena reflexionar mucho al respecto. El peligro que se esconde detrás de ese patrioterismo es el germen del nacionalismo, que se nutre de la xenofobia y el racismo y que en general parece estar renaciendo en el mundo. Creo además que preguntarse simplemente por la identidad es muy poco ambicioso, o más bien, es una pregunta que no vale tanto la pena hacerse. Hay que ir más allá de esas fronteras que son ante todo imaginarias y arbitrarias. Si hubiera nacido en Francia o Ecuador me preguntaría por la identidad que me hace francés o ecuatoriano, no me interesaría qué hace a alguien colombiano o surafricano. Yo creo que la humanidad ya está lista, por ello el temor de algunos sectores retrógrados -inmensamente poderosos, porque son quienes ha acumulado riqueza que se traduce en poder político- de mirar más allá de esas identidades nacionales que no son más que relatos, entre toda una colcha de retazos en la que hay muchos más. Siento que existe la posibilidad -mínima, por cierto- de comenzar a tratar de escribir y de pensar una multiplicidad de relatos, que logren ser más convincentes. o al menos más cercanos, que las historias y las identidades oficiales impuestas. Es hora de tratar de pensar un poco más en grande y dejar de preguntarnos qué significa ser colombiano, latinoamericano o europeo; habrá entonces que preguntarse -como se ha venido haciendo, de todas maneras- sobre qué significa ser humano y estar en el mundo. Ante esto, me temo, no hay una respuesta sino muchas y creo que allí puede surgir algo hermoso. O al menos eso espero. O puede que nos quedemos en la nada, pues entonces, habría que aprender a mirarla y a entender su vacío. Finalmente, yo elijo, quizás de manera pretenciosa, algo que a mí me parece mucho más grande y a su vez importe; preguntarme por mi lugar en cuánto ser humano en el mundo, no por mi lugar en mi patria, que cada día siento menos mía, quizás porque en realidad no existe. O más bien, porque existen muchas patrias pequeñas, diversidad de identidades distintas y resulta mejor tratar de verlas a todas en su complejidad y belleza, en vez de reducirlas a una sola. Eso no hace que la pregunta sea menos difícil de contestar, tampoco logra resolver el problema, pero al menos amplia el campo de visión. Mejor mirar a lo lejos que quedar mirándose los pies.




Autor entrada: Matías Montaña

Matías Montaña
Matías Montaña es estudiante de Estudios Literarios en la Pontificia Universidad Javeriana. Anarquista, por convicción intelectual y por tedio tanto de la derecha como de la izquierda, pese a que muchas veces simpatizó con ella y sus causas. No cree en Dios, pero no sabe si pueda llamarse ateo aunque por mucho tiempo lo hizo. Monta en bicicleta. Ama el arte en todas sus formas.