Los gobernantes son los nuevos reyes

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El advenimiento del liberalismo cambió definitivamente el mundo: el Estado de Derecho, las libertades individuales, la independencia de las colonias americanas de las coronas europeas, la Declaración de los Derechos del Hombre, la Revolución Francesa, la Constitución de los Estados Unidos de América, y con todos estos sucesos el progreso y el desarrollo económico que desembocó en el nivel de riqueza actual, que si bien es cierto no es suficiente, otrora era impensable, o así lo admitía Carlos Marx y Federico Engels en su célebre Manifiesto Comunista:

 

“La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?”.

 

Ya más nunca el mundo sería igual…. ¿o sí?

 

Los guardias trataron de atarle las manos, pero se negó indignado: Haré lo que me han ordenado, pero no me ataran nunca-exclamaba el monarca exigiendo libertad- No obstante tuvo que ceder, y finalmente fue guillotinado. Un miembro de la Guardia Nacional recogió la cabeza ensangrentada que yacía separada del cuerpo y la mostró al pueblo. Se oyó un rugido que proclamaba ¡Viva la República! mientras la mayoría de los espectadores comenzaban a entonar La Marsellesa.

 

Ese fue el triste y sangriento final de Luís XVI de Borbón, último monarca absoluto del Antiguo Régimen francés.

 

El periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII fue una época de verdadero cambio, un periodo que significaría para todo Occidente algo similar a lo que significó en su momento para Roma el establecimiento de la República, tal vez más revolucionario. El pueblo enardecido gritaba exaltado su única consigna: “¡Libertad!”. Sin embargo, difícil fue advertir que, a pesar de que el “Establishment” de aquella época sería fuertemente golpeado, los pilares que lo sostenían seguirían existiendo hasta nuestros días, investidos ahora del poder que les otorgan las instituciones Republicanas.

 

Los adeptos y codiciosos del poder siguen más vivos que nunca, ahora respaldados por el poder que les confiere, no Dios, sino el pueblo en mayoría, cuya voluntad parece ser más virtuosa y más justa a la hora de actuar y de decidir que la providencia, así en nombre de la justicia, la igualdad social y la reivindicación de los derechos de las clases menos favorecidas, se captura el poder del Estado para imponérsele a la minoría lo que es justo para la mayoría, y aquella máxima sobre la historia, en la que el vencedor impone su verdad, se ha visto presente una vez más. Los principios democráticos se han tergiversado de tal forma que se valida; social, política y legamente: acciones propias de los regímenes de antaño. No obstante son ya muchos los que abren los ojos ante la realidad, que no es más que la lucha de la masa dividida en izquierda y derecha luchando contra sí misma, representada por un puñado de burócratas acaparadores de poder.

 

Los gobernantes son los nuevos reyes…

 

Unos exclaman beneficios para un sector de la población, y otros para el otro, ese es el delirio en el que se han visto envueltas las masas, la lucha de un grupo que defiende algunas libertades pero apoya otras restricciones. Su contraparte parece reflejar en cada punto a discutir la posición exactamente contraria, ¿es que no pueden coincidir en nada?, ¿es que unos siempre tienen que representar todo y en cada aspecto lo opuesto al otro? Cuando no entran en conflicto por los fines –que generalmente son unánimes para la masa– no se ponen de acuerdo con los medios; pero no hay que preocuparse, si no se llegan a sentir totalmente representados por ninguno de los partidos, siempre habrá lugar para otro nuevo, o cuando menos para un candidato independiente dispuesto a captar todo el poder del Estado para imponer sus ideas.

 

El frenesí, la locura política, ese es el camino al que ha acudido la población cuando el Estado se ha venido abajo, el pueblo mismo ha estado allí para sostenerlo y mantenerlo de pie con el sueño de ser ellos los que capten ese mismo poder que los ha subyugado, para así convertir al Estado en aquello que por naturaleza no puede ser -su salvador- y dictar lo que se debe y lo que no se debe hacer. Incautos éstos, claro está, pero ya lo advertía el Libertador Bolívar el 15 de febrero de 1816, en su célebre discurso en el Congreso de Angostura:

 

“Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad”.

 

El linaje de la nobleza continúa…

 

Hoy en día, todavía siguen existiendo un considerable número de naciones consolidadas como monarquías, algunas rigen como tal, otras se mantienen apartadas de la acción de gobierno. Naciones que fueron colonia en su momento, también han creado su propia clase de gobernantes, con características propias a las del Ancien Regime; EEUU, por ejemplo, tiene en la práctica su propia dinastía de gobernantes, y su modelo político republicano se ha degradado a lo que parece ser una plutocracia.

 

Los partidos políticos se han convertido lo que en otrora era el linaje de sangre real -con sus diferencias claro está- Pero lo cierto es que los partidos, a pesar de no colocar la corona sobre la cabeza del candidato –aunque probablemente eso quisieran–, le facilitan en suma el camino y se confieren a sí mismos, respaldados por un sector de la población, la garantía de gobernar de acuerdo a una ideología en particular, ya no en nombre de Dios para todo el pueblo, sino en nombre del pueblo para sí mismos. Ya no hay coliseo ni gladiadores en estas Repúblicas, puede haber pan o no, pero la función del circo es más necesaria que nunca, porque no la cumplen los deportes ni los teatros, como muchos creen, sino que es desempeñada, exclusivamente en los medios de comunicación, por los políticos en su quehacer diario, y por supuesto en sus campañas electorales, ya que, ese el momento en el que a todos lo único que les importa es que gane el candidato o los candidatos de su partido político gritando imposiciones vestidas de ideología, culto o el dogma, para así, una vez más, imponer a los otros, por un lapso de tiempo, hasta que llegue la hora de la siguiente elección “democrática”.

 

El Estado es solo un monopolio más -el de la fuerza-, no un salvador

 

La cuestión social es en suma muy complicada, pero hacer que una sociedad cambie la cultura o forma de pensar, no puede ser la labor de un Presidente de Estado escogido democráticamente, ya que el titular de este órgano tan preponderante, cae en el problema fundamental da las democracias modernas; cien hombres corruptos nunca escogerán a uno honesto para dirigirlos. El Presidente, electo democráticamente, nace del seno de la sociedad, representando los valores más incipientes de esta, por ende, sus acciones serán un claro reflejo de lo que la nación ya es, cometiendo el pecado de agudizar aún más las carencias sociales que la sociedad ya arrastra consigo.

 

Si se quiere un cambio, uno genuino, debe ser individual, cada quien debe primeramente tomar el control de su vida, hacerse responsable de sí mismo y de su educación, y gritar la única consigna que no pierde valor ni desvirtúa su significado con las circunstancias, que no reconoce fronteras, que no cree en razas, ni culturas, etnias, edad o género, que no distingue entre reyes o gobernantes “democráticos”, una consigna que le es indiferente si ha pasado un segundo o más de doscientos años: ¡Libertad! Y que llegue el día en el que se entone La Marsellesa nuevamente.

Autor entrada: Jose M. Vieira

Jose M. Vieira
"Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír".