Las cataratas del soberbio: Enrique Peñalosa

(Imagen tomada de El Espectador https://goo.gl/C9vu5r)

 

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Si hay algo que me parece recurrente en las declaraciones del alcalde Enrique Peñalosa es su soberbia. Un tono arrogante, despótico, que nunca resuelve las preguntas que le plantean, sino que agrede de una manera tan pasiva que nadie se lo ha reclamado. Quizás nadie lo denuncia porque de alguna manera esas formas de agresión ya están implícitas en nuestros actos diarios. Sin embargo, el problema no es ese. El problema es que es un alcalde soberbio, e, inepto por soberbio. O, soberbio por inepto. La cuestión se puede invertir, dará siempre el mismo resultado.  Esos dos serían los grandes calificativos que yo le pondría al año y cuatro meses que lleva Peñalosa como alcalde de Bogotá.

 

Ahora, habría que decir que eso no es raro en nuestra política nacional. Petro, por no ir mucho más atrás, era tan terco e incompetente como Peñalosa. Pero su arrogancia no iba dirigida hacia la gente que gobernaba, sino a la que trabajaba con él. En cuanto su ineptitud, siempre me hace caer en una ambivalencia, quizás porque Petro me es de algún modo simpático. Petro no era inepto por sí mismo -o al menos no del todo- sino lo era porque tenía a los medios, a los ricos y la procuraduría inquisidora detrás de él. Cada palabra, cada propuesta, cada caída en falso era razón para que los ya mencionados sacaran sus afilados dientes y lo atacaran. En eso radica la diferencia de ambos gobernantes.  Peñalosa es de la clase poderosa de este país mientras que Petro no. Por eso mismo, Peñalosa no es tan perseguido, ni tan censado, ni tan criticado pese a lo mal que ha gobernado.

 

Pero se le sale de las manos. El primer escándalo que me parece digno de mención es respecto a sus títulos de doctorado y maestría. Sus explicaciones a los medios fueron más bien vacías, torpes. Que no había ninguna universidad en Colombia que homologara sus títulos, que él había puesto otra cosa en su hoja de vida. La cuestión no es esa. El problema es que decía tener un doctorado y una maestría de las cuales no tiene pruebas, él no es un experto, como se presentaba en debates y en sus propios libros. Por arrogante no ve lo sin sentido de esas respuestas.  La mejor respuesta, que por supuesto al alcalde no se le ocurrió, era decir que no hay que ser un académico para ser un buen gobernante. Sí, sin duda. Pero hay que ser honesto, Peñalosa no lo es. Hay que saber oír, pero Peñalosa tampoco lo sabe hacer. Personalmente, creo que Peñalosa habría podido dar una lección de decencia si renunciaba. No lo hizo, precisamente, porque no ve ningún delito, ni ningún mal en sus mentiras. Que sí son malas y que sí son delictivas.

 

 

Otro de los grandes escándalos, que le han hecho salir mal parado, es alrededor  a la reserva Thomas Van Der Hammen. Decir que son simples potreros, que ya se ha construido, que no son caminables porque le pertenecen a privados, etc. no son más que subterfugios. El problema de fondo es el siguiente: dijo Peñalosa en el congreso hace poco -yo lo vi hace poco, al menos- que los expertos que la habían declarado reserva no eran tan expertos. Por un lado, esa afirmación es irrespetuosa, y por el otro, tan absolutamente arrogante que da rabia.  Thomas Van Der Hammen -en quién honor se nombró ese enorme pedazo de terreno en el norte de la ciudad- fue el primero en avisar e investigar lo importante que era cuidar ese pedazo de la sabana de Bogotá. Él sí que era un experto, y le dedico gran parte de su vida a la defensa de esos potreros como despectivamente los llama Peñalosa. Julio Carrizosa, otro experto, también la defiende. La CAR también. Quizás Peñalosa no ha leído los informes que hablan de la importancia de ese sector, pero decir que no eran tan expertos, porque el experto es él, es de una ceguera increíble. Él no es biólogo, ni geógrafo, ni científico.  Pero claro, él no ve eso, de nuevo, porque el que sabe no es otro que él.

 

También se evidencia su arrogancia en un enfrentamiento con Carolina Sanín, sobre el cercamiento hecho por la policía para cuidar las corridas de toros.  En ese vídeo se ve una respuesta frecuente del alcalde siempre que alguien lo confronta. “Usted sí sabe…” Claro que lo sabe, y aun así no lo supiera, las preguntas no fueran esas.  Ese Usted sabe no es muy distinto, ni en la soberbia, ni la estupidez del famoso “usted no sabe quién soy yo” tan popular en este país de don nadies.

 

Pasó lo mismo con un muchacho ciego que le reclamaba a su salida del Politécnico, que el Esmad hubiera gaseado una manifestación de discapacitados.  El mismo tono, las mismas evasivas. Que no era un policía del Esmad el responsable, -pese a que el vídeo evidencia que sí- que no era una manifestación de discapacitados, otra mentira del alcalde.  Este suceso en particular me hace pensar en Edipo, precisamente cuando este discutía con Tiresias, otro ciego sabio.  Edipo lo mandó a llamar para resolver un problema, Tiresias, desganado le dice que de él no saldría ninguna palabra. Edipo continúa preguntado, atacando, hasta que Tiresias se ve obligado a responderle. Que él, asesino de Layo, el culpable de la peste que asolaba la ciudad, no era otro sino él. Que en su ceguera no había podido ver que portaba el desastre que asediaba su ciudad. Lo mismo pasa con Peñalosa. Su soberbia no lo deja ver el desastre que él mismo ha creado. De manera muy inteligente lo dijeron quienes promueven la revocatoria: el mejor promotor de ella es el alcalde.  Por necio, por incapaz. Soberbio al no ser capaz de oír los justos reclamos de los ciudadanos, inepto por su desgana de repensar la ciudad. Bogotá ha cambiado, sus problemas se han amplificado, diversificado. La solución no es cemento, ni persecución policial, tampoco sirve de nada odiar a los pobres. Como lo demuestran sus declaraciones clasistas sobre Soacha recientemente, o con su lucha casada contra los vendedores ambulantes por afear el espacio público.

 

Peñalosa no debería seguir insistiendo en esas luchas tontas, vacuas. Debería ocuparse -como dice que hace, pero no lo hace- en trabajar por hacer una mejor ciudad. Para todos, incluidos los pobres, a quienes evidentemente odia. De modo que no hay peor ciego que el que no quiere ver, y más si es por pura necedad.

Autor entrada: Matías Montaña

Matías Montaña
Matías Montaña es estudiante de Estudios Literarios en la Pontificia Universidad Javeriana. Anarquista, por convicción intelectual y por tedio tanto de la derecha como de la izquierda, pese a que muchas veces simpatizó con ella y sus causas. No cree en Dios, pero no sabe si pueda llamarse ateo aunque por mucho tiempo lo hizo. Monta en bicicleta. Ama el arte en todas sus formas.