La barbarie revolucionaria

(Imagen tomada de GlobalPoliticsAndLaw https://goo.gl/n8uCLo)

 

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“Tener razón en política no es triunfar sino predecir desde el primer acto los cadáveres del tercero”  –Nicolás Gómez Dávila

 

Alarmado por los acontecimientos venezolanos, este artículo pretende ser directamente reaccionario.

 

En su tiempo Edmund Burke intercambió correspondencia con Francia, preocupado por la revolución, comentó lo que a la postre se convertiría en una de sus obras más representativas, “Reflexiones sobre la revolución francesa”. -No deseo extenderme explicando por qué considero que la revolución francesa  fue un acto de máxima barbarie y lejos de celebrarse debería condenarse- No obstante, aunque los personajes, tiempo y lugar hayan cambiado, todas las revoluciones modernas conservan un ethos que le ha sido legado a las revoluciones contemporáneas, este ethos es la violencia.

 

Si se desea hacer rápidamente un breve análisis de la genealogía de las revoluciones, es obligatorio definir a la revolución como aquellas actuaciones violentas encaminadas a cambiar o reemplazar la estructura política o incluso económica de una sociedad. Sería necesario anotar a continuación, que el resultado siempre será el peor posible y que el hijo de la revolución es la tiranía. Platón en La República explica lo que para su entendimiento era el ciclo de los regímenes político: monarquía, timocracia, oligarquía, democracia y tiranía. En orden descendente, producto de la decadencia de los sistemas políticos. Como se puede observar, para los antiguos, el lugar que ocuparía la revolución se encuentra siempre tras el final de la oligarquía y culmina con la tiranía -siendo la peor en lo peor. Esta sensata  observación parece haberse olvidado en el transcurso de los siglos. Pero fue el surgimiento de las revoluciones socialistas las que ampliaron el prospecto revolucionario, por lo que de ahora en adelante las revoluciones ya no se limitarían al cambio político, también incluirían un cambio ético, religioso, estético y obviamente económico. De esa manera, la más grave acusación que podía recaer sobre cualquier transeúnte incauto era la de ser enemigo de la revolución.

 

 

En el caso de la revolución francesa se llegó al absurdo de ejecutar a cualquier persona por el hecho de referirse a otro como Madame o Monsieur pues denotaba un apego al antiguo régimen estamental. El saldo de ejecutados en el régimen del terror de Robespierre fue de más de 300.000 franceses, cabe preguntarse: ¿Algún monarca francés alguna vez, tan solo se le ocurrió asesinar a tantos? ¿En realidad los franceses bajo el reinado de Luis XVI vivía tan mal?, ¿valió la pena decapitar al rey?

 

Pero la cifra de víctimas de la revolución francesa se queda corta frente a las de la revolución bolchevique. Se calcula que durante los primeros cinco años de la égida de Lenin y tras la victoria bolchevique, murieron de hambre 30 millones de personas, también se siguió persiguiendo zaristas, republicanos y se suprimió la Duma. Pero la revolución no terminó allí, eliminados los enemigos de la revolución, ésta se volcó contra sus propios artífices. Le sucedió la gran purga estalinista, donde se ejecutaron miembros  del ejército, del politburó y de la Kominterm. Más de un millón de rusos murieron por presentar posturas contrarrevolucionarias o burguesas. -Una interesante consecuencia de la Gran Purga fue el éxito militar alemán  en la blitzkrieg nazi-

 

Con estos antecedentes asombra el hecho de que en Venezuela -y en muchos países latinoamericanos- se apele a la revolución como si fuese un principio intransigible, un referente de la máxima virtud. Donde la ética fue sustituida por sumisión revolucionaria; la verdad, por verdad revolucionaria; y la libertad, por obediencia irrestricta. Se debe concluir, ¿cabe ser revolucionario?

Autor entrada: Juan Antonio Pretelt

Juan Antonio Pretelt
Juan Antonio Pretelt es estudiante de Jurisprudencia en la Universidad del Rosario. Liberal Clásico.