Al interior de Transmilenio

(Imagen tomada de La Vibrante https://goo.gl/VgJfjQ)

 

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Estación de Transmilenio, Bogotá, 6 de la tarde. Un diverso grupo de estudiantes y trabajadores espera con ansias la llegada del transporte público que los retornará a su casa, después de un día extenuante. Alrededor solo hay miradas caídas de cansancio y frustración, atenuadas por el horror de la rutina. No obstante, esas miradas, imposibles de sorprender, están a punto de atestiguar un acto mágico, que podría ser propio de la imaginación de Frank Baum. El gran coloso rojo se acerca desde lo lejos, mientras, poco a poco, los ojos de los ciudadanos empiezan a retomar el brillo que parecía haberse perdido hace ya mucho tiempo. Los estudiantes se aferran a sus maletas, las ancianas empiezan a sacar los codos, la gente se pone en posición -como si una maratón fuera a empezar dentro de la estación- y el acto mágico toma lugar. El enorme monstruo rojo escupe humo, acaba de llegar, y en cuestión de segundos las personas se convertirán en hecatónquiros furiosos. La batalla por la silla ha comenzado.

 

Desde ese momento, la multitud pierde, de forma instantánea, el respeto por sus congéneres, se olvida de su humanidad y, como si se tratara de un instinto natural, el conseguir una silla es lo único que ahora puede ocupar sus mentes. Mientras tanto, los que continúan aún en la estación empiezan a sufrir un drama similar: otro grupo de personas se ha aglomerado en la puerta de entrada al autobús. Sin ninguna consideración para con el resto, estas personas se apropian de su posición, sin la opción de moverse hasta que llegue su ruta. No importa cuántos buses pasen antes, no importa cuánta agente se encuentre detrás, de cualquier modo, ellos no se moverán. En este contexto, la multitud empieza a enardecer y la típica exclamación multifuncional que expresa rabia, tristeza, enojo y frustración empieza a emerger, acompañada de algunos imperativos como respeten o dejen pasar. De manera similar, otro ciudadano, impactado por la barbarie que acaba de contemplar, empieza a sentir dentro de sí la necesidad de autoridad: ¡Policía, hagan algo!, empieza a gritar desesperado.

 

 

Este hombre no se percata de lo que pide. A fin de cuentas, ¿qué puede hacer un solo policía contra la horda enardecida? Y, por otro lado, ¿qué le puede exigir ese policía a la horda que paga su pasaje y acepta sumisamente las condiciones que el sistema le impone para la prestación del servicio? Nada, nada sucede. El bus se va y la efervescencia, que había dado paso al acto mágico de transformación, se empieza a desvanecer. Las personas vuelven a encontrar la calma, y los más optimistas empiezan a comentar las graciosas anécdotas que les dejó tan particular suceso. Poco a poco, las miradas de enfado se van convirtiendo, de nuevo, en expresiones vacías y cansadas. Así, continuará pasando el tiempo, y la situación parecerá haberse olvidado hasta que el próximo ruta fácil se vuelva divisar en el horizonte.

 

Sin embargo, aún queda una cuestión, ¿realmente tiene este policía la culpa? Nos hemos acostumbrado a dejar nuestros problemas cotidianos ante la potestad de una figura de autoridad. Pero, ¿qué más autoridad tiene esta figura que la que nosotros mismos le hemos dado? Ninguna, se podría decir. En este sentido, se plantea recuperar la autodeterminación propia del ciudadano. ¿Qué mejor solución para el Transmilenio que empezar a hacer una fila ordenadamente e invitar a los demás para unirse? Gandhi una vez dijo “Un cambio en lo general requiere un cambio en lo particular”.

Autor entrada: Jhon Jairo Vargas

Jhon Jairo Vargas
Jhon Jairo Vargas es estudiante de Ciencia Política y Gobierno en la Universidad del Rosario y fue columnista de la Revista CiudadBlanca.