Una escéptica en el Festival Rusia Romántica

(Imagen tomada de El Comercio https://goo.gl/evBzKS)

 

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Preludio

 

Tengo que reconocer, no soy fanática de los festivales de música organizados por el Teatro Mayor. El primero (Bogotá es Beethoven) me pareció interesante, mi afinidad hacia el compositor me llevó a ir a un par de conciertos. El segundo (Bogotá es Mozart) lo consideré un retroceso en el tiempo, Mozart tiene obras maravillosas, pero es la apuesta a lo seguro, a los hits de la música clásica, y seguramente a la venta de la boletería, lo que me incomoda. El festival de este año, dedicado a algunos compositores de la Rusia del siglo XIX me pareció más interesante (al menos no fue Bogotá es Bach, que era mi apuesta), la música rusa es más apasionada, el hecho de tener no uno, sino varios compositores, me da la sensación de variedad, porque lo que menos quiero es ir a escuchar tres o cuatro días de diferentes versiones de lo mismo. Sin embargo, no planeaba ir a ningún concierto del festival, sobre todo porque los que me parecían interesantes estaban en el Teatro Julio Mario Santodomingo, que es lejos de donde vivo, en el centro de Bogotá, y el tema del transporte no me motiva mucho. Dicho esto, quiero aclarar que este relato de mi experiencia en el festival está completamente sesgado y se trata solo de MÍ experiencia, algo parecido a si tiene un amigo que fue y le cuenta su versión de los hechos. Además, dado el poco espacio, sólo hablaré de los conciertos que fueron más relevantes para mí.

 

 

Tema con variaciones

 

Mi interés en el festival se dio completamente por azar: el martes recibí un correo de la Fundación Salvi en el que hacía una invitación abierta al ensayo de la Orquesta Sinfónica de Lucerna para el miércoles a las 10 am. La verdad es que desde mi perspectiva de compositora es mucho más interesante ir al ensayo de una orquesta que al concierto, y no todos los días tengo una orquesta de ese calibre en mi ciudad para ir a ver un ensayo. Tendría que ir hasta Europa, confiar en que la orquesta esté en su ciudad y no de gira, hacer toda la labor de inteligencia para que me dejen entrar a un ensayo, y un largo etcétera de complicaciones para ver a los músicos en acción, así que no dudé un segundo en aceptar la invitación.

 

Increíblemente mi trayecto desde el centro de Bogotá hasta la 170 con Boyacá no duró más de una hora, gracias al cielo mucha gente salió de viaje y el Transmilenio era transitable. Llegué con emoción a ver a la orquesta y lo primero que recordé fue la pregunta de un amigo unos años antes para saber si en Juilliard ensayaban e iban a clase en frac. La verdad es que no, aunque la parte que el público ve es el ritual majestuoso de la orquesta en frac, en los ensayos el director, al igual que todos los músicos, están en jean y tenis, hacen chistes, se cansan, hay que callarlos con un gran shh… Sí, ellos también son humanos. Me impresionó el sonido de la orquesta, el cuidado de cada detalle, por supuesto en un ensayo hay errores (mínimos, por cierto), pero la orquesta respondía inmediatamente a cualquier indicación del director. Me impresionó que, desde el primer hasta el último atril de las cuerdas, todos estaban absolutamente concentrados y tocaban todo lo que estaba escrito, nada de cucarroneo, una práctica orquestal que consiste en que solo los primeros atriles tocan todo lo que está escrito y desde el tercer atril hacia atrás tocan una versión simplificada y sucia de la partitura… nada de eso, toda la cuerda estaba completamente clara y unificada. Eso es algo que no se ve todos los días.

 

En el ensayo tocó el pianista Kirill Gerstein, hace mucho no veía tanta claridad técnica, la preocupación por el detalle y por ser uno más de la orquesta, no solo el solista, sino ser parte de la orquesta. A pesar de que repetían secciones de las obras, cambiaban detalles de la interpretación, creo que el ensayo fue la experiencia musical más relevante para mí en estos días, y a pesar de mi escepticismo, decidí darle una oportunidad al festival. Rogué al cielo porque aún quedaran boletas, revisé la programación, mi bolsillo y mi capacidad mental para tanta música y armé mi plan.

 

El jueves no podía esperar para escuchar una de mis obras favoritas, y creo que también un hit de la música orquestal rusa: Sheherazade de Rimsky-Korsakov en la interpretación de la Staatskapelle Halle de Alemania. Durante varios años he estudiado y escuchado distintas versiones de esa obra, así que tenía unas expectativas muy altas sobre la interpretación de esta orquesta.

 

La primera parte del concierto tuvo como protagonista al cellista Daniel Müller, y desde el primer sonido hasta el último estuvo impecable. La mayoría de músicos estamos muy pendientes de las habilidades técnicas de los solistas, de sus errores, de sus aciertos, de la forma en que interpretan. Cuando Müller estaba tocando se me olvidó estar pendiente de esas cosas, y no por falta de neurosis sino porque musicalmente transmitía tanto, que era completamente irrelevante fijarse en las cuestiones técnicas. Cuando un músico te transporta y te afecta con los sonidos que produce, uno sabe que está ante un gran interprete, y eso fue lo que ocurrió allí.

 

Luego del intermedio inició la obra que me había llevado al concierto. Desde el primer acorde de la orquesta fue un viaje por diferentes caracteres, dinámicas, colores. Cada detalle de la obra estaba perfectamente cuidado. El diálogo del violín solo con el arpa, en medio del absoluto silencio del auditorio, los crescendos y las acumulaciones del tema en la orquesta, los tuttis contundentes, la delicadeza de la cuerda en los pianos, la afinación y claridad en las maderas. En fin, después de años de estudiar la partitura de esa obra, la interpretación de la Staatskapelle fue como darle vida a cada una de las indicaciones del compositor. Ninguna versión grabada reemplaza en ningún nivel la escucha en vivo de esta obra con todos los colores y matices que presenta; describir cada detalle de la interpretación me tomaría una columna entera, y creo que no hay palabras que describan emocionalmente la experiencia de escuchar tantos músicos en perfecto diálogo para producir la música. Toda la pasión que asumía de la música rusa estaba reflejada en el trabajo de cada músico de la orquesta.

 

Una de mis sorpresas fue ver trombonistas y percusionistas colombianos completando las filas de la orquesta alemana. La verdad es que sólo los reconocí porque los conozco en persona, si no, no me habría dado cuenta que no eran parte de la planta orquestal, y eso habla muy bien del nivel de los intérpretes colombianos.

 

Ese día, apenas salí del concierto, me fui para la Alcaldía Mayor, en la plaza de Bolivar, a  ver al trio Wanderer interpretando otro de los hits de la música clásica, el trío Elegiaco de Rachmaninov. La experiencia con la música de cámara fue fascinante, en este trio las tres personalidades de los músicos se atraen y se repelen al mismo tiempo y la fuerza gravitacional de la música es la que los mantiene juntos, desde la primera respiración hasta el final de la obra. Creo que incluso, si uno no entendiera lo que pasa musicalmente, es divertido e interesante ver cómo los tres son capaces de leer los gestos de los otros, identificar cuándo es el violín, el cello o el piano es  el que está jalando a los demás, cuándo van los tres en sincronía y cuándo importa sólo uno de ellos. La interpretación del trio fue un acto muy íntimo de comunicación del que generosamente nos permitieron ser partícipes.

 

Esa noche también fui a ver a la Sinfónica de Lucerna con el violinista Julian Rachlin. De nuevo me encontré con la pasión y la fuerza interpretativa que había escuchado en la mañana. ¿Será por las orquestas europeas o por los compositores rusos? Impresionante la entrega de todos los músicos en el concierto para violín de Tchaikovsky, el virtuosismo del violinista no era producto de su técnica impecable sino de su necesidad de transmitir a través de la música. Además, luego de una interpretación intensa, toca un bis igual de intenso y virtuoso, y al final puede salir sonriente. No sé si el público tiene la dimensión de cuánto trabajo y preparación necesita un músico para hacer ese esfuerzo monumental y salir sonriendo (y respirando) del escenario.

 

Intermedio

 

Es inevitable comparar a la orquesta cuando la ves en ensayo y en concierto. A mí me gusta más la situación de desenfado y confianza que hay en un ensayo, pero es innegable la magia que ocurre en el ritual del concierto, todos con frac, ante la ansiedad y la expectativa de tener a cientos de personas escuchando, y el poder que tiene eso en la comunicación de la orquesta y en la fuerza de la interpretación.

 

El ballet

 

El viernes fui al Teatro Colón para ver la Bella y la Bestia de Tchaikovksy. Me intrigaba cómo iba a interactuar una compañía de ballet francesa y una orquesta colombiana con director español interpretando una obra rusa. Al igual que mi experiencia con Sheherazade, faltan las palabras para describir ese montaje. La Orquesta Sinfónica de Colombia estuvo a la altura de las orquestas europeas, incluso en algunos momentos olvidaba que se trataba de una orquesta colombiana (de nuevo, eso habla bien de nuestros músicos). La puesta en escena fue muy sutil en su contenido y daba espacio a la interpretación que cada espectador pudiera darle. Me encanta cuando, sin importar el programa de la obra, uno puede imaginarse la historia que quiera e interpretar la obra a su antojo. En un arte tan clásico como el ballet, ese tipo de apuestas lo acerca al público y permite que sin importar si alguien sabe o no de ballet, pueda disfrutar la obra y armarse su propia película.

 

Coda

 

El sábado fui al concierto de clausura, a ver a la Orquesta Nacional Rusa, un obligado si queremos saber cómo sienten los músicos rusos su propia música. Lo que encontré fue una reafirmación de los conciertos orquestales a los que fui, una pasión desbordada y controlada al mismo tiempo (en la música las contradicciones son lo natural), el cuidado por los detalles y la preocupación por transmitir. Creo que al final del festival eso es lo más importante, el poder transmitir y comunicar a través de la música, la importancia de las raíces y las tradiciones para crear cultura. No hay que olvidar que toda la música que escuchamos estos días está permeada por el folclor ruso, y que la riqueza musical rusa y europea se deben a la música campesina.

 

Con cada concierto mi escepticismo iba desapareciendo y la música misma me convencía cada vez que la mejor manera de escuchar la música es en vivo, sobre todo si tenemos la oportunidad de ver orquestas de primer nivel en el mundo a precios relativamente accesibles. Incluso si uno no tiene dinero, los conciertos gratuitos son una excelente opción, y creo que es tiempo de que vayamos más a ver a las orquestas colombianas, que igual que los rusos apostaron por su cultura y su legado, también le apostemos nosotros a la riqueza que tenemos a nivel musical (y no hablo solamente del folclor).

 

Creo que vale la pena seguir haciendo y seguir yendo a este tipo de festivales. Si cada vez somos menos los escépticos, de repente un día logramos tener una escena cultural tan rica como las de los países desarrollados.

 

Bis

 

Sobre la programación: Ramiro Osorio, en su discurso de clausura, destacó la apertura del público a acoger iniciativas arriesgadas. Sería maravilloso, un sueño hecho realidad (no es broma) que en futuros festivales miraran hacia este continente. En América hay compositores, solistas, grupos de cámara y orquestas maravillosas, dignas de reunir en un festival, incluso, si uno se pone más arriesgado, en el siglo XX y XXI hay repertorio increíble… ¡qué emoción sería ver al Kronos Quartet en el marco del festival! Pero por favor, que no sea cuando el repertorio europeo se haya acabado, sino como una decisión y un reconocimiento a la música que se hace en América y a la música que se hace en la actualidad.

Autor entrada: Eliana Echeverry

Eliana Echeverry
Eliana Echeverry es Músico (compositora), Productora y Psicóloga. Interesada en todo tipo de música, las artes plásticas, el cine, el teatro, el diseño y la ilustración. Considera que todo tipo de actividad creativa es en el fondo la misma, y que su diferencia radica en las herramientas que se utilizan.