En defensa del individualismo

(Imagen tomada de Obra Social https://goo.gl/LEaXc4)

 

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de la Revista John Galt.

 

Hoy en día, se considera al individualismo como una característica negativa de la personalidad de un ser humano, equiparable con el egoísmo; se considera que una persona individualista es necesariamente ególatra, que tiende al desprecio del resto de la humanidad. Lejos está esa concepción de individualismo, en la que el individuo es la pieza más importante a la hora de configurar una sociedad, de esa visión que considera que una persona -individuo-, debe ser apenas superado por otro; que todos los individuos deben tener los mismos derechos y libertades, y que estos no deben ser amenazados por ningún colectivo, en especial, por el Estado.

 

Pero el problema actual no es solo conceptual; la discusión política ya ha pasado del individuo y se concentra en la visión enfrentada de colectivismos. Ya se toma como verdad que el individuo debe renunciar a sí mismo por un supuesto bien común, aunque ese bien común nunca termine de llegar.

 

La derecha, o los conservadores, consideran que su visión de moralidad -normalmente la católica, de valores tradicionales-, debe prevalecer para todos; aquellos que riñan con esta, por ejemplo, en su identidad sexual, deben ser o re-educados, o apartados de los beneficios de la sociedad; en la visión más extrema de la derecha, el individuo debe ser eliminado para privilegiar una sociedad religiosa, tradicionalista o patriótica.

 

Por otro lado, la izquierda tiene su propia visión de moralidad; su visión de redistributiva de la riqueza, que se basa en una idea moral en la que el Estado debe forzar a una persona a utilizar los recursos ganados de una forma específica, llamando a esto solidaridad; por esto la izquierda se opone a la exención de impuestos por iniciativas privadas de caridad; solo el Estado es bueno para decidir de qué forma se utilizan los recursos ganados por los individuos. En la visión más extrema de la izquierda, el individuo debe ser eliminado para privilegiar el imaginario del pueblo.

 

Discusiones más cotidianas también son enfrentamientos de colectivismos; el feminismo moderno dice querer liberar a la mujer de las garras del patriarcado, pero esa liberación solo es válida para un tipo determinado de mujer; la que se supone que es la mujer liberada. En la otra esquina se grita por los roles tradicionales.

 

De esta manera, unos y otros desdeñan decisiones personales e individuales; las trabajadoras sexuales, por ejemplo, no son aceptadas ni aquí ni allá, de un lado por degradar a la mujer, y del otro por pervertir la moral. La decisión individual de la mujer que ha decidido hacer del sexo una forma de ganar dinero no suele ser defendida; en el mejor de los casos se dice que ella ha decidido llevar su vida de esta manera porque ha sido alienada, o forzada por circunstancias externas.

 

Entre morales divergentes -ninguna de las cuales considera el valor del individuo- está también la discusión acerca de los LGTB; mientras los tradicionalistas claman con furia en las calles de Latinoamérica para que sus hijos no sean transformados en homosexuales (como si tal cosa fuera posible), del otro lado se clama por el respeto y por obligar a privados a hacer negocio con personas con las que no quieren; véase, por ejemplo, el clamor por forzar a negocios que se negaban a hacer pasteles de bodas para matrimonios homosexuales, a realizar estas transacciones. Se quiere negar al individuo homosexual, y se quiere negar la potestad de un comerciante de negar hacer negocios con quién no le place.

 

Otra batalla actual se da donde los colectivismos más gustan atacar, en el último y más sagrado bastión de la individualidad; en la expresión. La libertad de expresión se ve cada vez más atacada para que se articule a la visión colectiva de los sueños húmedos de absolutistas en potencia; por un lado se clama porque las expresiones de todos se articulen a lo políticamente correcto, nadie puede ser retratado de una manera que alguien pueda considerar degradante; véase por ejemplo como pueden colectivos enteros gritar de furia por considerar que el reggaetón denigra a la mujer. Del otro lado tampoco se quedan callados; por una representación homosexual en una película de Disney, gritan con la misma fuerza pidiendo que sus hijos no sean expuestos a la realidad de la existencia de la homosexualidad.

 

Lo que no ven es que su clamor es idéntico al del contrario; no son distintos, son el mismo grito herido de quienes piden que su visión particular sea respetada y adoptada por todos; son el clamor de un derecho que no existe, de peligroso cumplimiento cuando intenta ser incluido en el ordenamiento legal: Nadie debe ser ofendido; en otras palabras, la muerte de la expresión, la muerte del individualismo.

 

Ejemplos hay miles, pero en el fondo, los grupos enfrentados son iguales, buscan un colectivismo, una visión de sociedad donde todos piensen igual, y donde el disidente deba ser reprimido, censurado, forzado a esconderse o, directamente, eliminado.

 

 

En la arena política y social de hoy ya nadie clama por el individuo, por el derecho a pensar diferente al resto; por ese individualismo que, cuando es protegido, es la última y más poderosa fuerza cuando toda la sociedad se dirige al colapso social. El chavismo no podría haber destrozado la sociedad venezolana, llevándola a niveles distópicos, si el individualismo siguiera siendo un valor importante; Trump, y algunos de sus colaboradores, no serían un peligro si el individualismo, tipo de pensamiento que llevó a la fundación de EEUU, siguiera siendo la mayor directriz de la sociedad. No se dan cuenta los izquierdistas que no hay campo más fértil para la ultraderecha que el estado que el chavismo dejó montado en Venezuela. No se dan cuenta los derechistas que Trump puede montar un poder ejecutivo tan poderoso que será de gran provecho para los colectivistas de izquierda que ya arañan las esferas del poder.

 

El colectivismo es uno solo, y los valores individualistas, perdidos, considerados en desuso absoluto, son, como ya lo fueron alguna vez, la salvación que le queda al mundo. Contra el individualismo, la idea de que cada individuo, sea como este sea, vale tanto como el siguiente, y vale más que cualquier otra cosa, es la salvación contra el comunismo, contra el nacionalismo, contra el islamismo, contra el tradicionalismo cristiano, etc.

 

Si usted considera que su forma de ser no debería ser tocada por nadie, ni siquiera por mayorías en el poder, si no le hace daño directo a otra persona, y considera que usted no es ni menos, ni más, que cualquier otra persona, entonces usted es un individualista, y solo defendiendo ese individualismo contra todo lo que lo contravenga se logrará salvar al mundo del colectivismo.

Autor entrada: Juan Serrano

Juan Serrano es estudiante de Estudios Literarios. Editor del PanAmPost. Miembro del Movimiento Libertario de Colombia. @juan_ss15