Lo de Siria es serio

(Imagen tomada de https://goo.gl/wWX9w8)

 

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Lo primero que debo advertir es que no soy internacionalista ni experto en la situación de Siria. Me he esforzado por entender cuáles son los actores internos y externos que intervienen en ese conflicto y debo confesar que el enredo es colosal; es un conflicto permeado por distintas corrientes e intereses que van desde el fundamentalismo religioso, pasando por lo político y aterrizando en lo económico. Y es justamente en lo económico donde confluyen los intereses de las grandes potencias, porque Siria tiene una posición geoestratégica de privilegio al ser la puerta de entrada de Asia a los recursos no renovables más preciados de todo el globo.

 

Pero en esta columna quiero centrarme, más allá del análisis detallado de causas, razones y motivaciones de cada parte en conflicto, en la parte humana y en el drama que se desprende de un conflicto tan violento, devastador y doloroso como el que padece Siria en este momento.

 

Las imágenes que llegan a diario son, por decir lo menos, conmovedoras. Los niños y las niñas han llevado la peor parte de la barbarie; los misiles, las bombas, las armas químicas y los disparos no piden documento de identidad para masacrar inocentes. Además, es desconcertante la tragedia de los miles de exiliados que arriesgan sus vidas en aguas hostiles para alcanzar alguna costa en Europa de donde puedan huir de la muerte. La comunidad internacional alimenta el rechazo de un pueblo acosado por el drama humano de personas que solo quieren escapar de una guerra infame. Ello pone a prueba el paradigma del Estado Nación que sucumbe ante la necesidad imperiosa de abrir las fronteras por meras razones humanitarias. Lo que para la mayoría del mundo son noticias en la tapa de los diarios, para Siria es la agonía diaria que se ha llevado el cuerpo de, según los cálculos más conservadores, 400 mil almas.

 

Lo que se percibe en el fondo del conflicto es que la guerra, cuando es vista como un fenómeno ajeno, vuelve insensible al ser humano; algunas personas osan decir que la guerra es una forma natural de control de la sobrepoblación, que permite una administración más racional de los recursos escasos y que finalmente es necesaria porque contribuye al desarrollo tecnológico de los países. Esta, sin duda, es una forma absurda de comprender el sentido de la guerra en donde unos humanos asumen posturas de deidades frente a otros seres humanos. Porque es claro que si la guerra nos toca y nos desgarra cuando ronda nuestros afectos, la visión cambia y pasamos de ser analistas fríos y calculadores, a ser víctimas dolidas y angustiadas rogando al mundo un poco de piedad y pidiendo que el sufrimiento pase pronto para que regrese la calma. El hedonismo es inherente al hombre, querer estar bien es un derecho, no un privilegio, pero percibir el sufrimiento de los demás como algo normal, ajeno, natural y necesario, es simplemente ser un canalla.

 

El conflicto en Siria requiere de una sensibilidad especial, no solo para comprenderlo, sino para resolverlo. Siria se ha convertido en un laboratorio macabro de todas las formas de guerra: la interna, la externa, la política, la económica y religiosa, la de la democracia contra la dictadura, la de oriente contra occidente; todas las guerras están allí.

 

Lo de Siria es serio. Es la representación tangible de lo que Samuel Huntington denominó como “choque de civilizaciones” en donde los conflictos se redefinen en función de las cosmogonías de cada cultura y la tensión que ello genera con base en divisiones geográficas novedosas, artificiales y arbitrarias, lo que obliga a convivir a la fuerza a pueblos antagónicos y hasta enemigos. Definir los conflictos contemporáneos en blanco y negro con tantos matices de grises es un error. Pero evidentemente hay una crisis humanitaria de dimensiones escandalosas que el mundo tiene que empezar a atender con urgencia, prelación y astucia, protegiendo de manera especial a los infantes que han debido sufrir la mayor crudeza de la barbarie de la guerra sin siquiera comprender sus causas.

 

Las postales de esta guerra son imborrables. El pequeño Omran Daqneesh de cinco años sangrando en el asiento de una ambulancia con una carita de desconcierto infinita o peor aún, el cuerpo del bebé Aylan Kurdy yerto en una playa a la que llegó para terminar su corta vida y, solo hace unos días, las imágenes de una veintena de niños y niñas luchando por una bocanada de aire para ganarle el pulso al gas sarín, pelea que perdieron mientras sus padres los lloraban. Esto no hace parte del control de la sobrepoblación ni de una selección natural. Este conflicto en realidad está revelando lo más mezquino de la especie humana y de sus gobernantes; está desnudando la impotencia de la fraternidad y la solidaridad ante la imbatibilidad de las ideologías, las convicciones y los intereses que se toman como superiores a cualquier armonía.

 

Siria merece que los reflectores del mundo le apunten. Que las imágenes, por más duras que nos parezcan, sean vistas y reproducidas sin matices, porque es necesario generar una empatía mundial con el dolor, principalmente con el dolor de los niños y las niñas que padecen la zozobra de este crimen permanente. Siria nos debe doler a todos, el repudio frente a este conflicto se debe convertir en un clamor que conduzca a una superación pronta y pacífica de esta confrontación que rompe hasta las lágrimas cualquier sensibilidad humana. Siria es un conflicto lejano, pero no ajeno. Duelen tantos niños muriendo, amenazan con contarle a Dios todo lo que les han hecho. Y lo vamos a pagar.

Autor entrada: Andrés Felipe Giraldo López

Andrés Felipe Giraldo López
Andrés Felipe Giraldo López es Politólogo especializado en Periodismo de la Universidad de los Andes, culminando estudios de maestría en Ciencia Política y Sociología de FLACSO en Buenos Aires, Argentina. Mención Especial en los Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de Mejor Crónica en el año 2010. Escritor. @andrefelgiraldo